Círculos

Publicado: 2 septiembre, 2012 en Sin categoría

Entraron donde yo estaba. Queriendo hacer un estudio social les ofrecí asiento. Me costó conseguir que lo aceptaran; pero instando conseguí que se sentaran.

L.V.M

 

Querido diario,

Dentro del perímetro que los indios denominan aula los civilizadores, o profesores o ad honorems como Imagetambién los llaman, mantienen alguna serie de atribuciones que el idioma se sonrojaría de decirles autoridad. El civilizador ha dejado, hace tiempo, la autoridad en la puerta de Parque Centenario. No hay una lista definitiva de aquello que el civilizador puede, puesto que todo suceso en la choza de Sociales, y más cuando refiere al poder, es impugnable, es contingente, es materia de discusión, trabajo práctico, asamblea y puesta en común.

Puede decirse que el civilizador es capaz de escoger las formas de evaluación, y eso sería, casi, cierto. Puede, de manera verosímil, asegurarse que se conserva aún la potestad de tomar asistencia al indio, y no incurrir en una falacia, aunque se choque con el espíritu festivo y anárquico del indio. Puede el civilizador maniobrar sobre la bibliografía, exigir el silencio de algún indio fuera de lugar y alberga aún la capacidad de terminar su clase (aunque dicho poder ha mermado con la atribución del indio de levantarse y retirarse del lugar, como quien concurre a un cinematógrafo).

Pero conserva el civilizador, sobre todo, un poder fundamental, un poder sobre el que se apoya la piedra nodal de la civilización occidental en la choza de Sociales, la escribanía en la que descansa una copia certificada del contrato social. Se trata de una atribución del orden de lo arquitectónico y estamos hablando, muchos lo habrán notado ya, de la disposición geográfica de los asientos.

Ellos le dicen bancos y, ciertamente, la estética los emparenta más a aquellos que se encuentran en el espacio público, las plazas, de una ciudad. Reemplazadas las jóvenes declaraciones de amor cinceladas a navajas por consignas de agrupaciones pretéritas que hoy duermen el sueño de los justos; las manifestaciones de odio por pequeños ayuda memoria previos a una evaluación; los desechos de las palomas por esa pasta industrial y definitiva que empostra, al mobiliario, stickers con consignas de aquello que pudo haber sido. Los bancos son la arboleda en el horizonte de la llanura efesockiana, obturan el paso, brindan la posibilidad del descanso y, como hemos visto, de la expresión artística.

La pedagogía moderna ha dispuesto geográficamente los bancos de manera rectilínea, uno detrás de otro, observando y siendo observados, por el civilizador. Indios y civilizadores vivieron por décadas con tal ordenamiento con consecuencias aceptables. La disposición favorece, hay que decirlo, al civilizador, que tiene el control visual. Las hileras le permiten – acaso le permitieron en algún momento – deambular entre los asientos. Dicha potestad resultaba fundamental en días de examen. Los años y el acumulamiento de mobiliario fueron entorpeciendo la recta perfecta. Bancos que antes eran dos se transformaron en uno. Fronteras inexpugnables dividen a la mitad el aula. De allí, hacia atrás, queda a responsabilidad del indio o el civilizador pasar. Leyendas sobre aquellos que se atrevieron y no regresaron jamás pueblan, entre árabes de jamón y queso, el bar La Barbarie.

Con terror en mi rostro asistí a una clase, del orden de lo práctico, de aquellas donde el civilizador trata de “poner en común” una serie de conocimientos adquiridos, en la que voluntariamente se decidió modificar el ordenamiento natural del mobiliario. Y era una metáfora sobre algo, pero también era más, era el ruido de esos bancos formando un círculo infernal, un anillo que pudo haber sido cualquiera de los dantescos apartamentos del Infierno. Un círculo.

La formación en círculos es propuesta por el civilizador, muestra suficiente de que la propia civilización occidental lleva en sí su propio germen de destrucción. Civilizadores, quebrados por la choza del Social, entregando al indio la última bandera de la verticalidad. En el círculo no hay principio ni fin, hay arriba o abajo, norte o sur y esa ausencia es el paraíso indígena. El círculo es la continuidad geográfica de la filosofía de la contingencia y es la circular entrada a los dominios del relativismo donde todo puede ser y nada es. El trabajo grupal, la puesta en común, la opinión como fuente de sabiduría. He ahí los ingredientes del cóctel orgiástico del indio.

Con tristeza por cederle al indio el último bastión civilizatorio he abandonado algunas de esas clases circulares. Bajo estas consideraciones metafísicas también he escondido la timidez, puesto que la circularidad también implica una forma de desnudez, el inevitable uso de la palabra, el contacto visual.

He tenido pocas valentías y una ha sido esta. Manteniendo mi tarea de observador neutral me crucé con un civilizador, acaso uno de los que más respetaba, para buscarle una explicación a este abandono. Me refirió, mientras mi cara transmitía incomprensión, la historia de la Conquista española, el arribo de las carabelas y el intercambio de la riqueza indígena por los sencillos espejos europeos. Seguí sin entender mientras caminaba por los pasillos sociales. Allí vi al civilizador, con el espíritu tranquilo, formando otro círculo infernal.

Entendí entonces que los espejos de colores de los que hablan la historia de la Conquista no existieron como objetos sino como metáforas. Que los espejos eran los propios conquistadores. Que la llegada de un invasor obliga como nada a verse a sí mismos, a los propios indios, como Otros. Un civilizador que arma un círculo en el aula enfrenta al indio a su propia imagen, se ve a sí mismo en pulóver, ve sus cacharros para tomar mate, ve sus árabes de jamón y queso, se ve incluso a sí mismo, en el Otro, abandonando el aula.

Porque los círculos infernales de la choza del Social son, acaso, una forma de los espejos.

Silencios

Publicado: 17 octubre, 2011 en Sin categoría


Se viaja por instruirse.

Se viaja por hacerse notable.

Se viaja por economía.

Se viaja por huir de los acreedores.

Se viaja por olvidar.

Se viaja por no saber qué hacer.

Vamos, sería inacabable el enumerar todos los motivos por qué se viaja;

como sería inacabable decir para qué se viaja.

L.V.M

Querido diario,

Observé, durante mi estancia con los indios Sociales, un tipo de indio particular. Contaba estética y actitudinalmente con todas y cada una de las características del indio medio: usaba extraños tejidos de tela a la manera de una mochila, llegaba sistemáticamente tarde al inicio de las cursadas, vestía religiosas ojotas y pantalones cortos luego de octubre, perdía la concentración luego de unos escasos treinta minutos de cursada, era incapaz de cumplir una tarea asignada si la misma no tenía como sanción la pérdida de la regularidad…en fin, un indio Social con todas las letras. Había algo, sin embargo, que me llamaba poderosamente la atención.

Una clase de indios similar al resto de los indios en cada uno de los detalles. El mismo rostro de la impunidad cuando llegaban a cursar materias a las seis de la tarde luego de haber dormido la siesta. La misma voluntad de formar «grupos de estudio», esos antros de ineficiencia académica que se reúnen en bares. Pero había algo, en ellos, que los diferenciaba. Una ínfima falta que sólo podía notar quien, como yo, realizaba un estudio de campo, alguien que sistemáticamente los observara. Estos indios caían en todas las tentaciones del indio medio, excepto por una que, por singular, no merece menos atención: eran indios que no opinaban durante las clases.

La aparición de esta nueva clase de indio albergó en mi un nuevo temor. Un indio capaz de no manifestarse cotidianamente acerca de todo contradecía los cimientos de mi trabajo. Esos indios, tan parecidos a los otros, representaban para mi una amenaza. Los observé, durante meses, repetir todos los comportamientos del indio Social. Los vi sentarse en el suelo aún con disponibilidad de sillas; los vi levantarse en medio de una explicación, a la busqueda desaforada de un café en vaso de telgopor y un sanguche de pan árabe; los vi asumir como axioma que el tiempo de espera a un profesor es de cuarenta minutos y los vi huir como ratas de un barco que se hunde, cuando el minuto cuarenta y uno se cumplía. Y, sin embargo, estos indios entraban a la cursada y no emitían una sola opinión. Pasaba Marx, pasaba el post-estructuralismo, pasaba la teoría del Estado, se discutían tópicos que al indio común le provocaban unos deseos irrefrenables de expresar su opinión, y estos tipos nada.

Caí en una profunda depresión. Mi trabajo de años encontraba un contra ejemplo que me obligaría a desarrollar una hipótesis ad hoc, a convertirme en un sofista de la ciencia social. Estuve cerca de abandonarlo todo, de dejar de visitar los reductos infernales del Parque Centenario. Fue una tarde como cualquiera, un día soleado que se prestaba a la costumbre incivilizada de cursar en pantalones cortos, cuando vi venir a uno de ellos. Lo tenía marcado, era mi sujeto de prueba C y llegaba tarde a la misma materia que estudiaba yo. Pertenecía a este estadio superior que había encontrado de los Sociales, los capaces de guardarse una opinión, los que amenazaban ya no sólo mis investigaciones, sino la esencia misma del Social. Entonces un halo de valentía me invadió, me sentí el representante de todos los Sociales, el guardián cósmico de aquellas formas de vivir y me paré frente a él. La valentía pronto dio paso a la timidez que me caracterizaba entonces y, disimulando todas mis intenciones, apenas me animé a un:

– ¿Esta es Historia II?

– His…tori…aryentina – me respondió, su cabeza asintió mucho más rápido de lo que su idioma, su idioma original, el inglés, le permitió.

Y entonces comprendí. Entre los indios Sociales, hay una clase de indios que cumplen con todos los requisitos, desde la impuntualidad hasta la violación de las normas de vestimenta entre los adultos, pero que no son capaces de emitir su opinión constantemente. Estos indios son extranjeros. Provienen de otros países, de los Estados Unidos, de los más cercanos Colombia, Venezuela, México y hasta algunos europeos. No opinan de todos los temas especialmente por barreras idiomáticas, pero también por la abrumadora rapidez con la que el resto de los indios se abalanzan sobre el monopolio de la palabra.

Lejos de estar incómodos, los indios Sociales extranjeros asimilan, mejor que nadie, el espíritu festivo de la choza de Parque Centenario. Rápidamente comprenden la noción de flexibilidad en las reglas, las modifican a gusto y piacere y hacen de su estancia el verdadero objetivo de todo viaje, aún el que está maquillado con el falso objetivo de estudiar: vacacionan. Una temporada en la choza de Parque Centenario es una opción semi-turística, como aquél que elige vivir un período vacacional en una aldea africana. Poco a poco, el indio Social extranjero emparda la desidia con la que los nativos Sociales viven su pasar por la choza.

Yo he vivido unos largos años junto a los indios Sociales como infiltrado y jamás he logrado hacerme con sus costumbres de la manera en la que los estudiantes extranjeros lo hicieron. Es llamativa la velocidad con la que el indio extranjero comienza pronto a llegar tarde a la cursada, a faltar a ellas regularmente, a buscar resúmenes de parciales en la Internet. Semejante fenómeno de asimilación deberá ser alguna vez objeto de estudio.

Mi hipótesis es que los indios Sociales extranjeros asimilan velozmente porque pisan el Aeropuerto Internacional de Ezeiza con el mismo espíritu con el que los indios ingresan a la choza.

El espíritu de un turista.


Indiópolis

Publicado: 18 julio, 2011 en Sin categoría

Poetas y hombres de ciencia, todos se han equivocado. El paisaje ideal de la Pampa, que yo

llamaría para ser más exacto, pampas, en plural, y el paisaje real,

son dos perspectivas completamente distintas.

Vivimos en la ignorancia hasta de la fisonomía de nuestra Patria.

L.V.M

Querido diario,

Han pasado algunos años desde la última vez que pisé la choza de Parque Centenario. Algunos viajeros con los que me he cruzado por el camino me comentan que los indios, tan sedentarios que parecían, se han mudado a Eldorado que persiguieron durante siglos. Movidos vaya a saber por qué, llegaron al horizonte que parecía más un apelativo emocional y mítico que una realidad arquitectónica: el Edificio Único. De haber vivido entre los Sociales para ese momento, la noticia me hubiera conmovido. Vuelto a la civilización, gozando de cuatro comidas calientes, una ducha diaria y café en taza de loza, la buena nueva apenas me provocó unos gestos.

No me había costado regresar al mundo civilizado. Mis costumbres comenzaron a cambiar de manera radical. El contacto con el indio Social me había dejado marcas indelebles que tardé apenas unos años en rasquetear desde lo profundo. La civilización sabe lo que quiere y las normas culturales pronto hicieron sus efectos: me volví, de pronto, un ser más silencioso, menos cuestionador de todas y cada una de las cosas que acontecen a mi alrededor. Ya no creí tanto que la autoridad era una amenaza constitutiva en tanto que tal y, contrariamente, comencé a pensar que algunas cosas, como abonar por una fotocopia mal sacada, no era un hecho dado de la naturaleza sino una falla humana que podía ser revisitada.

Lo que terminó de romper mi vínculo con los Sociales fue, evidentemente, mi ingreso al mundo del empleo rentado. Algunos indígenas realizan este controvertido paso aún en su condición de indígenas y la lucha interna que se desata en su alma indígena se puede ver en su exterior. El indio combina vestimentas formales de trabajo con actitudes indígenas como sentarse en el suelo o beber la infusión del mate manchando una corbata. El mundo laboral es una ruptura con el indigenismo más puro de los Sociales toda vez que implica una serie de formalidades como la puntualidad o la burguesa idea de responsabilidad. No especificaré aquí los detalles de mis tareas emprendidas a a la salida de la choza de los Sociales mas si diré que esta vez mis esfuerzos habíanme llevado a la inauguración de una muestra sobre ciencia y tecnología en la localidad de Villa Martelli. Diré también que había transformádome en el cronista de un pequeño diario. Que esa noche, entre luces y aparatos que realizaban proezas científicas, recogía testimonios entre los más pequeños, las señoras que contemplaban fascinadas y los jóvenes que titubeaban entre atracciones y atracciones. Pensé en que sería posible realizar un paseo por la totalidad de la imponente muestra cuando emprendí la larga marcha hacia el sur.

De a poco las luces fueron quedando lejos, a mi espalda. Me esperaba una alambrada, quizás un guardia de seguridad, algún accidente geográfico que demarcara el límite. Intuí que podría seguir caminando en esa dirección indefinidamente y me divirtió la idea de que, quizás, era un truco que formaba parte de alguna muestra. Algún científico podría haber inventado una línea recta que no terminase jamás. Todo eso pensaba cuando, a lo lejos, entre unos pastizales, lo ví. Ahí estaba.

Un ejemplar de un indio Social lejos de su hábitat. En Villa Martelli. En Tecnópolis.

Sentado sobre una roca, tras unos pastizales, el indio fumaba y bebía incansablemente su mate. Su aspecto chamánico, el morral incólumne, la mirada perdida, el pulóver de llamas manchado con tiza. El Social me saludó con un gesto de la cabeza y a continuación me pidió que lo siga. A medida que nos alejábamos de las luces de Tecnópolis, la oscuridad se volvía más tremebunda hasta que arribamos a un páramo finalmente mal iluminado. Allí estaba: la otra muestra. Más austera, menor su grandeza, humildes sus pretensiones.

Hacia mi izquierda, un indio Social contemplaba absorto una fotocopiadora totalmente recubierta por un plástico transparente, que permitía observar libremente el proceso desde que el apunte entraba, de un lado, hasta que se duplicaba, del otro. Frente a ese stand, el hippie que atiende en La Barbarie, dueño absoluto de la mirada de las damas, mostraba a los curiosos Sociales de qué manera el fuego interactuaba con el pan para dar con ese mágico y científico resultado: el árabe de jamón y queso. En el fondo, una especie de anfiteatro permitía recrear, cada unos cuarenta minutos, una clase del CBC, donde los nostálgicos indígenas podían participar como miembros activos.

Contemplé durante unos segundos un stand sólo constituido por una enorme máquina, símil a las primeras viejas computadoras, con algunos botones en el medio. El indio me explicó que era un aparato, diseñado perfectamente por el indio Social, capaz de dar una discusión ad eternum, sin contemplar la menor posibilidad de resolverla. Una máquina en la cual se introducía una inquietud y la misma era barnizada con el relativismo de todas las perspectivas teóricas posibles del mundo hasta agotar a cualquier ser humano. Aún los indios más duchos en el bello arte de la polémica estéril fracasaron ante el intento de confundir a la máquina, una especie de Biblioteca de Babel con todas las derivaciones posibles de una misma discusión.

Como simulando el centro de un panóptico, en el medio de la pequeña muestra unas computadoras dispuestas en un círculo permitían a los visitantes navegar durante horas y horas por el Sistema SIU-Guaraní sin lograr inscribirse en la materia deseada. Casi pasando el límite del lugar donde llegaba el último haz de luz, un indígena Social vestido de guardapolvo blanco explicaba la razón mitológica por la cual el agua, en la choza del indio Social, no entraba en cortocircuito cuando caía encima de los tubos fluorescentes. Algunos, los menos temerosos, eran invitados a experimentar por ellos mismos la suspensión de las reglas básicas de la física en determinados espacios aislados de la choza de Parque Centenario.

Una choza reconstruida a escala, allí, para demostrarle al mundo las bondades de esa vida. De lo que había sido, también, mi vida. Me di vuelta, buscando al indio que me había acompañado. Quería zamarrearlo, preguntarle desaforadamente por qué no compartían estos secretos con todos los curiosos que, a unos escasos metros de allí, contemplaban las bondades de otras ciencias más serias y productivas, sí, pero también menos fantásticas. Comencé a cobrar dimensión de mi descenso a estas funestas tierras cuando las cosas a mi alrededor desaparecieron fugazmente hasta devolverme a Villa Martelli. Era Adán Buenos Ayres. Era Alicia, en el país de los Sociales. Era Dante, en algún círculo del infierno.

Quise preguntarme por qué aquella otra muestra no se sumaba a esta, a la que me albergaba ahora, a Tecnópolis.

Comprendí que hay mundos que nacieron para ser paralelos. Que la racionalidad y lo fantástico coexisten. Pero no conviven.

Y que el mal del indio es la endogamia. 

Troya

Publicado: 15 marzo, 2011 en Sin categoría

Generalmente no hay lucha, porque los que van a vindicar la justicia son más numerosos que los que acaudilla el ladrón. Contra la fuerza toda la resistencia es inútil, máxime si no se tiene razón.

L.V.M

Querido diario, 
Antes de rendir el examen final de una materia, los indios Sociales se reúnen en los pasillos que hacen las veces de antesala del aula. Allí, las conductas indígenas se modifican. La desidia con la cual enfrentan la vida el resto del año lectivo se convierte en una obsesión por el conocimiento que dura, cuanto mucho, esos diez minutos previos. Los indios Sociales en situación de examen final son seres extremadamente sociables. Comparten la información y están sedientos de recibir otra. Así como pasaron las últimas dos semanas sin hojear un apunte, ahora sienten que la diferencia fundamental entre el conocimiento y la ignorancia está en revolver unas mochilas plagadas de anotaciones y compartirlas con sus eventuales amigos indígenas. Porque el examen final en esa choza se vuelve un momento de rupturas de las convenciones sociales (en el sentido occidental y civilizado): los indios se respetan, intercambian pareceres, se auto-disculpan frente a otros indios por no haber leído tal o cual texto, como si eso importara. Hay, allí, también una forma de la justicia. El indio en situación de final habita el paraíso de lo justo. Allí la linda se enamora brevemente del feo que sabe mucho. El rico se arrodilla ante los designios del humilde que domina la currícula. El indio opinador, extrovertido, el indio que nos ha deleitado con sus irrelevantes opiniones sobre todos y cada uno de los autores existentes sobre la Tierra firme y sus alrededores, agacha la cabeza en señal de disculpa frente a nuestro indio favorito. El indio silencioso y aprobador serial de parciales.

Con fines descriptivos, como resultado de la práctica de la observación participante, y sin emitir un juicio de valor sobre ello, debo decir que el indio Social femenino suele acercarse a rendir el examen final de manera más colectiva que el indio masculino. Ello no quita que el indio masculino se pliegue a esa clase de grupos de estudio y autoayuda, que luego llegan en malón a rendir un examen. Paradójicamente, y esperemos que por mucho tiempo más, el examen final de los indios Sociales es todavía individual. El pasillo previo al ingreso del final es un lugar menos poblado de mates que lo habitual. La costumbre de sentarse en el suelo, sin embargo, no es abandonada tan fácilmente. Algunos biólogos aseguran que la estructura ósea del indio Social difiere de la de los humanos, y que eso obedece a que los indios suelen utilizar sillas en mal estado, producto de sus propios rituales que los llevan a destruirlas.

La materia que suele rendirse en el carácter de “Libre” (es decir, sin realizar la cursada) es el idioma inglés. Dicha currícula debe ser cursada obligatoriamente por los indígenas de todas las carreras. Con buen tino, la administración civilizatoria ha tercerizado el dictado del idioma, en manos de profesores de inglés que desconocen por completo la cultura indígena. Esta ajenidad, sostienen algunos teóricos, es lo que produce que el idioma inglés sea una de las currículas más odiadas por el indígena Social. Otros han vislumbrado un sentimiento chauvinista y antiimperialista en el rechazo del indígena por el idioma extranjero. Los suponen amantes y defensores a ultranza del cervantino español frente a las camarillas extranjerizantes del temible inglés.

Años de estudio me permiten disentir con semejantes conclusiones.

Lo verdaderamente cierto es que el dictado del idioma desnuda uno de los artificiales dogmas sobre los cuales el indio construye su proceso educativo. El idioma es. El idioma existe. No es un hecho natural, en tanto que objeto producido por el hombre. Pero es, mínimamente, inapelable. Y es esa inapelabilidad, es esa tendencia del idioma a existir amén de sus interpretaciones lo que evidencia una ley moral y religiosa del indio Social: que las cosas existen para ser interpretadas en Parque Centenario. Los griegos, a grandes rasgos, creían que las aventuras debían ocurrir para ser contadas. Los indios Sociales, en cambio, suponen que todo fenómeno existe para ser impreso en un apunte y subrayado con un marcador fluorescente. Las revoluciones, aseguran los indios, existieron para provocar debates respecto de sus características burguesas o proletarias, de 21 a 23, en algún aula perdida del cuarto piso. El idioma inglés los destruye en sus fundamentos, en sus esencias. Si hay cosas que pueden ser aprendidas (y, por qué no, aprehendidas) sin la necesidad del debate, sin poder discutir con el autor, sin realizar interpretaciones laterales, entonces quizás todo su método es puesto en cuestión. Alguien me dirá que las ciencias duras así lo demuestran. Yo les diré, a ellos, que las ciencias duras tienen la precaución de no ingresar en Parque Centenario.

Mas el inglés, valiente, lo hace. Todos los fines, princios y mitades de años, unos cientos de indígenas notan que hay algunas currículas que pueden ser aprendidas sin necesidad de interpretarlas. Memorizando (palabra que está prohibida dentro de la choza y que es a los Sociales lo que el tabú del incesto a las culturas occidentales). Los indios Sociales lograron que el idioma inglés no pueda ser cursado hasta bien entrada la carrera, como forma de combatir este avance cruento de la racionalidad. De esa forma, los indígenas que llegan a la cursada del idioma ya hubieron pasado por mecanismos de adoctrinamiento que no les permiten cuestionarse su ocioso estilo de vida interpretativo.

El idioma inglés es el caballo de Troya de la civilización occidental en la choza de Parque Centenario. Los indios Sociales lo saben y con esa actitud cascotean el intento artero del positivismo científico. Di, ese final de inglés, con cierto orgullo y mucho de respeto por ese civilizador que nos trataba con un merecidísimo desdén. Pocas veces escribí un final con tanta dedicación, intentado falicitarle en todo lo que pude, la labor a esos héroes. Entregué mi documento de identidad, escribí con letra prolija y anoté nombres, direcciones de e-mails y fecha en los lugares indicados por esas majestades.

La evaluación sobre el idioma inglés consta de ciertas preguntas referidas a la interpretación del texto. La tercer pregunta de la evaluación, recuerdo, exigía responder sobre la opinión de uno de los actores del texto. Las resolví con cierta rapidez y me levanté a despachar mi evaluación completa, cuando uno de esos indios, sus ojos encendidos de odio, estrechó su mano hasta lo más alto del cielo. El indio, con una lapicera en mano que actuaba como la piedra de una Intifada más pequeña en Parque Centenario, interrumpió el silencio sepulcral y expresó:

– En la tercera pregunta, ¿hay que poner la opinión del autor o la nuestra?

Sentí un estruendo. Un ruido metálico. Pudo haber sido un fluorescente que cayó en algún aula.

Creo, en verdad, que fue un piedrazo indígena golpeando el casco de la racionalidad.

Teóricos

Publicado: 17 febrero, 2011 en Sin categoría

La conversación familiar es como la nuestra, llana, fácil, sin ceremonias, sin figuras, con interrupciones del o de los interlocutores, animada, vehemente, según el tópico o las pasiones excitadas. La conversación en parlamento está sujeta a ciertas reglas; es metódica, los interlocutores no pueden, ni deben interrumpirse: es en forma de preguntas y respuestas.

L.V.M

Querido diario,

Las materias que cursan los indios Sociales se dividen, por lo general, en dos cursadas semanales. Los indios denominan a una de esas dos tipos de clases “teóricos”; a la restante, le cabe el mote de “prácticos”. En Occidente, esa distinción significa que, en las primeras, se tratarían los temas desde un punto de vista abstracto, y que en el segundo tipo de clase, se vería su aplicación práctica. Mas los indios, sabemos, modifican las acepciones de los conceptos que toman de la civilización occidental y los resignifican.

Pero en la choza de los indios Sociales, la distinción obedece a otras características. Las clases teóricas se distinguen de las prácticas por una particularidad: en aquellas la intervención del indígena es más riesgosa. La clase teórica es el ideal occidental de la pedagogía moderna: un docente se para frente a una masa de individuos y expone las herramientas necesarias para acercarse a un tema o, generalmente, a un autor en particular. La dificultad de poner en práctica la disciplina que estudia el indígena Social, no surge sólo al tener que encontrar un trabajo digno y decente en la civilización occidental, sino también en el momento de abordar el estudio desde las clases prácticas. Allí los indios han optado por considerar una clase como “práctico” cuando la misma es permeable a ser interrumpida con cualquier tipo de comentario referido – o no- a aquello que se discute en la materia. Esa definición habla mucho del indigenismo Social: han descubierto, allí, que su única practicidad, y luego, su única utilidad, consiste en dominar algunas artes de la retórica y el razonamiento. Podríamos definir entonces, más taxativamente, la distinción: una clase es “teórica” si, y sólo si, el docente, dentro de un determinado territorio (el aula), reclama (con éxito) para sí el monopolio de la palabra legítima. No considerarán los indios, a las clases como prácticas, allí donde no puedan ejercer legítimamente sus derechos a opinar a mansalva sobre temas que pueden, o no, conocer.

Las clases prácticas son, por supuesto, tierra de nadie. Así lo demuestra el hecho de que el plantel de civilizadores que se destinan a dicha homérica tarea consista en jóvenes y optimistas héroes ad honorem. El solo hecho de plantarse frente a esa turba de indígenas ávidos por expresar sus opiniones los convierte inmediatamente en héroes de la modernidad y la vida en sociedad y, debo advertir, algunos de ellos logran el cometido de llevar adelante algo así como una verdadera clase. Pero muchos sucumben ante una terrible evidencia que recorre la choza de los indios Sociales. No es un fantasma, pues éste podría eventualmente combatirse, lo que recorre esa aldea pre-moderna, sino un virus incombatible: el partipacionismo radicalizado. A pesar de la alimentación irregular a base de sandwiches de pan árabe, las dosis salvajes de tabaco, mate y alcohol que consumen los indígenas, los indígenas tienen buena salud física. Sin embargo, hay una enfermedad desarrollada en los últimos tiempos (cuya responsabilidad obedece pura y exclusivamente a las reformas aplicadas por trabajadores sociales y psicopedagogas en el nivel primario y secundario de la educación argentina) que promete terminar con cualquier posibilidad de reinsertar al indio en la vida occidental.

El indio Social ama y desea de manera enfermiza la participación en clase. Las instituciones del Estado cometieron no sólo el error de dejar ingresar semejante virus, sino también de fomentarlo. En algún momento de nuestra historia, ejércitos de psicopedagogas salieron a la vida pública a manifestarse abiertamente en favor de la participación del alumno en clase. Años de fantástica educación sarmientina y positivista fueron derribados por este neo-revisionismo que dejó un saldo cruento: la participación comenzó a ser valorada, per se, como un valor positivo, independientemente de sus límites, contenidos y regulaciones. El resultado es funesto. El resultado es la radicalización de la esencia del indio Social. Si antes había un mínimo de pudor, ahora la ética pos-moderna habilitaba a los indígenas a explicitar uno de sus peores rasgos. He visto a los mejores indígenas de mi generación, convertidos en Titíes Fernández. Los he visto poner sus brazos en alto para realizar afirmaciones difrazadas de preguntas, al estilo de “jugaste un gran partido”. Suponiendo que toda participación resulta satisfactoria, el indio Social se sintió libre para compartir con el resto de la Humanidad sus consideraciones respecto a toda clase de acontecimientos. Los he escuchado proponer nuevos temas de debate, aportar datos biográficos irrelevantes de autores, los he observado, y mis manos tiemblan mientras escribo esto, llevar recortes de diario, cual niños de primaria, para proponer actividades relacionadas a ello.

Ante ese panorama, las clases teóricas se han convertido en el lugar de resistencia del conocimiento realmente posible. Trincheras de ideas que alojan a los últimos de los positivistas, frente al relativismo invasor que amenaza con igualar a indígenas y civilizadores. Las clases prácticas son más concurridas -en cuanto a asiduidad y no a número, ya que los teóricos convocan a indios de todos los prácticos – y sin embargo, durante mi estancia en la choza de Sociales, he tenido una asistencia casi perfecta a todos los teóricos. Me suponía, ese voluntarismo, una manifestación en favor del conocimiento y la civilización.

He experimentado situaciones de pánico físico en Sociales. Cualquier indio que haya viajado en esos vacilantes ascensores de la choza de Parque Centenario puede dar fe. He cursado materias con evidentes y empíricas pruebas de que las estufas se encontraban emitiendo gases mortales. Hemos descendido por escaleras que han resistido el peso de indios en situación de campaña electoral, más por gracia divina que por procesos físicos. Y, sin embargo, ninguna de estas situaciones límites, produjo en mí tanto temor, tanto pánico, tanta incertidumbre respecto al futuro, como cuando presencié un intento de invasión participacionista en un teórico.

Debo decir, aquí, que no se trataba de cualquier teórico. Debo decir, también, que así como grandes civilizadores logran mantener un mínimo de cordura en clases prácticas, así también algunos civilizadores de teóricos han decidido abandonar sus banderas y permitir el desbande Social. Pero esta vez, me encontraba ante una de las torres, o más. Podría decirse que me encontraba en el teórico a quien el Estado Nacional Argentino había designado como la roca para edificar la trinchera del positivismo en la choza de los indios Sociales. A capa y espada, el profesor N***, importado de otra facultad para evitar el choque de intereses y la empatía con esa clase específica de indios, defendía con valentía y entereza cualquier intento de ingreso del participacionismo. Grandes causas requieren métodos atroces, y así como el profesor N*** había minado su castillo de sabiduría verdadera con grandes prácticos que aguantaban la avanzada participacionista, así también amuralló sus propios teóricos, impidiendo el ingreso, sin ponerlo a consideración de la indiada, de indígenas ajenos a su cursada que promocionaban posturas políticas y productos.

Fue en ese teórico, que permitía disfrutar de bellezas tales como clases de una hora y cuarenta y cinco sin ningún tipo de interrupción, donde por primera vez sentí temor. El profesor N*** discurría en explicaciones sobre su materia, sin permitir preguntas al respecto. Los indios desarrollaban estrategias ante esas murallas, y disfrazaban sus opiniones personales de preguntas. Rápido de reflejos, el civilizador los remitía a partes del texto y seguía con su clase sin perder, jamás, el eje. La salida era inapelable: no sólo que era cierto que las respuestas a las preguntas indígenas se encontraban en los textos a leer, sino que ninguno de los indígenas podría haberlo sabido (puesto que el indígena no lee, jamás, antes de una clase teórica, porque el indígena encuentra que el único motivo para estudiar es poder manifestarlo en una clase).

Un día trascendental, dibujado de cualquier otro día, como suelen hacer los días trascendentales, un indio Social osó levantar la mano para realizar un comentario. El civilizador N*** hizo, como era su costumbre, caso omiso de la requisitoria. Los minutos fueron pasando y la mano en el aire interrumpía ese clima de paz social que garantizaba el civilizador. Entonces el indígena, abombado por los vahos de la soberbia, decidió tomar la palabra sin el permiso correspondiente y realizó una serie de consideraciones sobre algún autor. Pero ya no era importante el contenido de sus palabras, sino el hecho de que la disputa por el monopolio de la palabra estuvo a pasos de convertirse en realidad.

Entonces pensé en la destrucción. Me grafiqué, imaginariamente, la choza de Parque Centenario implosionando cual la casa Usher, con sus indios disparando en todos los sentidos, e infestando de participacionismo radical al resto de la civilización occidental. Indigenas participando alocadamente en reuniones de consorcio, en debates senatoriales, manifestando sus opiniones en la cola del colectivo, en plazas, parques, pequeños indiecitos, hijos de indios mayores, cuestionando las reglas del jardín de infantes. Y temí. Temí que el civilizador N***, aún en toda su grandeza, no pudiera  con la presión de salvar a la Humanidad de su propia destrucción.

Sólo entonces el civilizador se quitó los lentes, miró al indígena que estuvo a punto de terminar con la Humanidad, y lo invitó, con voz firme y cansina, a retirarse del aula.

– Vuelva cuando sepa de qué habla el autor -fueron, tajantes, sus palabras.

Y el indígena quedó en evidencia. Sus piernas temblaron y, aunque no se retiró, se desplomó sobre su silla e intentó esconder su vergüenza con cierta cara de solemnidad y supuesta valentía. A pesar de que había dado en el clavo, de que había desnudado la naturaleza arbitraria del cuestionamiento indígena, la actitud del civilizador fue reprobada por la mayoría de quienes se encontraban en el aula. El profesor N***, se diría después, había censurado a un indígena por opinar distinto. Ciertamente, el civilizador hizo frente a una especie de tribunal de disciplina, donde los indios participacionistas reivindicaron su derecho a conquistar los territorios de la ciencia sin ningún tipo de fundamente. El civilizador fue levemente advertido.

Poco le importaban las consecuencias que sobre él hubiesen recaído.

Los dragones que, a escupitajos de fuego, cuidan los castillos, jamás se preguntan por la salud de sus gargantas.

Sólo saben que su tarea es repeler a los invasores.

Bolita

Publicado: 9 febrero, 2011 en Sin categoría

Cuando creemos llegar a la cumbre de la montaña con la piedra nos derrumbamos a medio camino. Nos creemos al borde de la playa apetecida y nos envuelve la vorágine irritada. Esperamos ansiosos la tierna y amorosa confidencia y nos llega en perfumado y pérfido billete un ¡olvidadme! Ofrecemos una puñalada y somos capaces de humillarnos a la primera mirada compasiva.

L.V.M

 

Querido diario,

En un lugar de la choza de Parque Centenario, cuyo nombre no quiero recordar, existe una materia diferente a todas. Es una materia que los indígenas ansiosos por llegar al final de su carrera, utilizan a la manera del comodín en el juego de naipes. Fue de las últimas materias que cursé y lo hice, efectivamente, con mi amigo Quique. Él había conseguido un pasaje para irse a Europa, y necesitaba recibirse cuanto antes. La materia termina con un trabajo final que se puede entregar en el mismo cuatrimestre, no lleva demasiado tiempo, nos habían dicho, y es de cursada sencilla. Al menos, eso creímos.

Estuvimos un par de semanas sin vernos con Quique, así que nos encontramos media hora antes del horario de inicio de la clase. Lo cual nos permitió casi una hora de charla, puesto que la primer clase en la choza de los indios, comienza siempre con un buen retraso, a los fines de demarcar la relación de sujeción del indígena con el civilizador. Le manifesté a Quique mi acuerdo con dicha práctica, quien coincidió en que sólo se puede domesticar un lugar con semejante horizontalidad en el poder, por medio de pequeñas manifestaciones violentas de poder, como llegar tarde, cambiar arbitrariamente las fechas de parciales y elegir autoritaria y maravillosamente la fotocopiadora donde se ubicarán los apuntes. La charla discurrió por esos menesteres, además de contarme que estaba cansado de su trabajo en la subsecretaría y que tendría una entrevista en una reconocida consultora política. Al rato comenzamos a imaginar de qué se trataría la materia. El título, que no recordaré aquí, prometía al menos algo hilarante. Las referencias que habíamos recibidos, hablaban de cierto relajamiento en el curso de las mismas. Yo me negué a creer que hubiera un escalón más alto que el relajamiento generalizado de la choza de Parque Centenario. Lo que no sabía era que no había un escalón más. Había que tomar algunos ascensores para llegar a semejante grado de desidia educativa.

De por qué terminé besando en el cachete a un indignado Quique, es algo que todavía no puedo recordar. Me dijo que si volvía a hacerlo, debería tomar la decisión de cagarme a trompadas o dejar trunca la amistad, y que ambas variables, a saber, ser amigos y no cagarme a trompadas por besarlo en el cachete, eran excluyentes. Le señalé el frente de la clase en una especie de disculpa improvisada. Lo que quería decir, en verdad, era que la joven profesora, había requerido que los alumnos se besaran, como forma de presentación. Quique tomó mis cosas, aprovechó el tumulto que se había generado, y nos movió sin mi consentimiento a unos bancos en el fondo del aula, a los fines de evitar cualquier otro tipo de contacto físico con el resto del obediente malón, que procedía casi sin cuestionamientos a semejante práctica.

Quique dibujó dos palotes grandes en su hoja, tachó uno de ellos y me acercó la hoja. Años cursando juntos me permitieron comprender al instante la metáfora gráfica: le daría una oportunidad más a la materia. La siguiente clase transcurrió sin novedad, aunque los tópicos y la voz aniñada de la joven civilizadora nos irritaban por igual. La tercer clase, sin embargo, terminó de desmadrar la situación. La civilizadora repartió entre nosotros una fotocopia mal sacada, con imagenes de seres humanos en distintas posiciones. Como un mago berreta, eligió al azar un grupo de indígenas entre los cuales designó a Quique. Una calma chicha, aquella anterior a la tormenta, suerte de ojo del huracán donde las cosas parecen estables, comenzó a circular en el ambiente, cuando todos los participantes pasaron al frente del aula, a excepción de Quique, quien miraba al frente como si nada estuviese ocurriendo. Entonces le dije por lo bajo que piense en Europa, y accedió a acercarse al frente. De todas formas, no había forma que la experiencia culmine satisfactoriamente.

Los ojos de Quique comenzaron a llenarse de sangre (él no me cree, pero yo vi una gota de sangre salir de su boca) cuando vió cómo la civilizadora hizo que varios de los índigenas practicaran una serie de posturas ante la agresión de un policía imaginario, representado por un ayudante de civilizador. Él ni siquiera reía, y si bien yo lo intenté, tenía más ansiedad por ver su reacción que por disfrutar ese extraordinario momento. Entonces llegó la hora señalada, el turno de Quique.

– Hacete bolita – le dijo la civilizadora.

Y por un segundo, el mundo fue un lugar perfecto para vivir. Sentí lo que era la verdadera alegría en su máxima expresión, con esa mezcla que la endulza, ese sentimiento de querer detener el mundo ahí y vivir para siempre ese momento.

– Así, bolita -refirió la civilizadora, suponiendo que la pasividad de Quique se debía a una incomprensión.

Y cuando todo podría haber terminado en verdaderos episodios de violencia, en cambio pude ver el clímax menos esperable para semejante suceso. Un señor de casi 27 años, vestido de traje, fingiendo ser un bicho bolita en el suelo, mientras otro señor no mucho más grande, hacía las veces de policía que lo golpeaba con un palo imaginario. La sorpresa fue tal, que luego le pregunté a Quique por qué, de todas las reacciones posibles que imaginé, había decidido acceder al petitorio. Me manifestó que grandes agravios requieren grandes respuestas, y que necesitaba enfriarse un poco para pensar la contraofensiva. Que así, en caliente, sólo le quedaba prender fuego su pasaporte, abandonar la materia y olvidarse de Europa.

Al revés de lo que supuse, Quique no volvió a aparecer por las clases. Lo imaginé ofuscado, incapaz de enfrentar semejante humillación, no con los indígenas, sino consigo mismo. Sin embargo, me llamó un día y me pidió que firme por él, una práctica extendida entre los Sociales, que consiste en asumir la identidad ajena a la hora de pasar la lista de los presentes, y que habíamos llevado adelante en una multiplicidad de materias a las que nos turnábamos para ir. No volvió a darme otra directiva, salvo esta. Me pidió le averigue si el trabajo final podía ser presentado en video y fue entonces cuando me preocupé. Tuve miedo que su experiencia como bicho bolita humano lo hubiera convertido al indigenismo Social, que haya tenido algún tipo de revelación que lo lleve a una vida de mate y pulóveres de lana. Era muy de indio Social proponer alternativas de evaluación. Casi, pensé, un sacrilegio. Pero le debía a mi amigo, al tipo que me había hecho pasar semejante momento de gratitud, ese pequeño favor. La civilizadora accedió al pedido con muchísima efusividad, y tuve ganas de incendiarme a lo bonzo el día que comentó, delante del resto de los indios, la propuesta que llevaríamos con Quique, de una evaluación final en video.

El día de la evaluación, Quique no llegaba. Aproveché esos quince minutos que tardó para pensar que debía dejar de seguir los impulsos de cada limado que conozco, cuando la civilizadora pronunció nuestros nombres. Las imposibilidades tecnológicas de la choza, me dieron unos minutos más (pasar un video, en Sociales, es una tarea de una épica mayor a la de la conquista de Jerusalén).  Sin más excusas para dar, estaba a punto de renunciar a la materia, previo pedido de disculpas, cuando Quique entró, triunfal, por la puerta del aula, luego de correr una silla que hacía, claro, las veces picaporte. Levantó, como una bandera de la victoria, un VHS y lo introdujo en la rústica videocassettera. Aproveché la oscuridad y me acerqué para preguntarle qué debíamos decir, cuál era, por lo menos, nuestro tema. Me dijo que espere.

Entonces arrancó el video, que constaba de dos escenas.

En la primera, estaba Quique en una situación de entrevista laboral. Era una consultora política reconocida por todos rápidamente. Un empleador le hacía a Quique las preguntas de rigor, y pasando por su vida académica, preguntó:

– Estudiaste en la UBA, ¿cómo pensás que podés aplicar tus conocimientos acá?

Un in crescendo (intuyo que era Mozart) acompañaba musicalmente la escena en la que Quique se arrojaba al piso frente al empleador y simulaba ser un bicho bolita. El empleador corrió su silla hacia atrás, y le preguntó a Quique si se sentía bien.

– Me siento bárbaro, le estoy mostrando las cosas que aprendí a hacer.

La escena cortaba ahí y se iba a negro, cuando vimos que la civilizadora se acercaba a cortar la transmisión. Pero entonces, comenzó la segunda escena. Quique se encontraba en un evidente edificio público, cuando un hombre que se identificaba como subsecretario de algo le pedía que apure un expediente que debía salir en ese instante. La escena, por repetitiva, no dejaba de ser hermosa. Quique se arrojaba nuevamente al suelo, y comenzaba a arrastrarse, cual bicho bolita, a los pies del subsecretario. Cuando llegó a él, además, lo besó en el cachete.

El nerviosismo fue mayor cuando pude ver que el subsecretario existía de verdad, que era el verdadero jefe de Quique, y que las situaciones no habían sido recreadas, sino filmadas con cámaras ocultas por mi amigo. Entonces terminó el video y la civilizadora, aunque lo intentó, no pudo no reprender la actitud de Quique, y expresó que ambos deberíamos recursar la materia. Quique no lo escuchó, porque ya había tomado sus cosas y se acercaba a la puerta. Pero entonces se volvió y dijo a viva voz:

– Les dejo una segunda enseñanza: si viene un policía, un representante del Estado, prueben con entregarle el DNI y colaborar. A veces es más efectivo que hacerse bolita, y no se les ensucia la ropa.

Lo agarré afuera y le pregunté si era pelotudo. Me pidió disculpas y se ofreció a inscribirme, firmar mi presencia y hacer el trabajo de una materia en el próximo cuatrimestre. Le pregunté por su trabajo, y me dijo que lo habían echado, que ya conseguiría otro. Le pregunté si había pensado lo de Europa, y me dijo que Europa seguirá estando allí por cientos de años más. Entonces amagó con irse y completó la frase. Me dijo que el trabajo y Europa continuarían allí independientemente de lo que él haga. Pero que lo que no podía soportar, era que más indios Sociales vivan con ese tormento que nosotros, de no ser por su actitud heroica, íbamos a sufrir.

Como quien juega al chin-chón y emplea el comodín para cerrar una conga, los indios que se reciben con esta materia reconocen, en lo más profundo de su ser, que no han alcanzado la verdadera pureza.

Piedras en el zapato que les recordarán, todos los días, mientras caminan, que nunca, nunca, se deja de ser un indio Social. Que no hay traje, ni portafolio, ni trabajo decente que los reconvierta en otra cosa diferente a la que son.

Indios.

Guaraní

Publicado: 7 febrero, 2011 en Sin categoría

No hay un arroyo, no hay un manantial, no hay una laguna, no hay un monte, no hay un médano donde no haya estado personalmente para determinar yo mismo su posición aproximada y hacerme baqueano, comprendiendo que el primer deber de un soldado es conocer palmo a palmo el terreno donde algún día ha de tener necesidad de operar.

L.V.M

Querido diario, 
En tiempos inmemoriales, la inscripción de los indios Sociales a las materias que gustaban de cursar, se realizaba personalmente. Filas monstruosas de indígenas que terminaban en una pequeña ventanilla y una urna, recorrían los pasillos de la choza. El murmullo se volvía un grito ensordecedor, mientras los indígenas buscaban el equlibrio imposible entre la calidad de sus educaciones y la necesidad de confraternizar con otros indígenas. El modelo era inviable desde el lugar donde se lo mirase. Cientos de papeletas sin demasiadas referencias, una urna símil madera y el trabajo homérico de tener que procesar esas solicitudes, hacían de la arbitrariedad la única regla. A todas luces, la necesidad de un cambio era evidente, y es el cambio, hay que decirlo, una de las divinidades a las que los indios temen y resisten con mayor esfuerzo.

Casi cinco mil años después que el Hombre inventase la rueda, dos siglos luego de que el ferrocarril se pusiera en marcha, luego de treinta años de que un ser humano pisase la Luna, y unos veinte de que se desarrollase el germen de la Internet, el indio Social comprendió que podía utilizar los avances tecnológicos a los fines de volver más confortable el proceso de inscripción a las materias. Los indios más avezados en el tema intentaron que la noticia no se disipe entre los pobladores. Sin embargo, el rumor comenzó a correr. Máquinas extranjeras, alquímicas, comenzarían a procesar los datos de manera tal que el indio no debía acercarse a la choza a realizar sus inscripciones. Las fuerzas productivas comenzaban a desgastar las relaciones de producción de los indígenas sociales, y un cierto resquemor se respiraba en el ambiente de la choza de Parque Centenario.

Sucesivos inconvenientes tecnológicos provocaron ese cuello de botella donde lo nuevo no terminaba de nacer, y lo viejo, sostenido en principios indigenistas de resistencia a las modificaciones, se negaba a morir. El indio Social es antes que nada un ser temeroso de la incertidumbre. Ha creado, por ello, un sistema de convenciones que funcionan sistemáticamente. La choza de Parque Centenario es un lugar milimétricamente diseñado y programado para funcionar y seguir funcionado, por el resto de la Eternidad, de igual manera. Modificar ese paisaje de febrero, con altas temperaturas y tediosas filas de horas y horas, generó una cierta resistencia que, si no fue victoriosa, al menos logró negociar las condiciones de la rendición.

El sistema SIU-Guaraní, un software diseñado dentro de comunidades indígenas más avanzadas, fue elegido para procesar por medios informáticos las solicitudes de los indios Sociales. El nombre constituye una declaración de principios acerca de hasta dónde estaba dispuesto el indio a soportar una transformación en su paisaje habitacional. El indio Social no entregaría sus banderas fácilmente, y así fue que decidieron nombrar a un sistema que significa un avance, con un nombre que referencie una cultura ancestral. Pero la resistencia no quedaría ahí, y entonces se vuelve necesario ser claro en este sentido: el sistema informático SIU-Guaraní es uno de los más perfectos que se hayan desarrollado en el mundo a lo largo de toda su historia.

El sistema informático de la choza de Sociales tiene algunas particularidades. Acceder a la información es un viaje de travesías por distintos clicks aquí, enlaces que no funcionan, datos que aparecen pequeños o en colores ilegibles. Los nombres de las cosas se modifican a medida que uno pasa las pantallas. La posibilidad de interacción con la misma es casi nula, y todo el tiempo hay un ofrecimiento de bajar archivos, provocando un caos virtual de tránsito propio de la ciudad donde se emplaza la choza de los indios.
Dichos obstáculos son, apenas, una gilette acostada que hay que saltar, en comparación a lo que sucede los días en que se realiza el llamado a la inscripción. Por comenzar, debe el indio tener la fortuna de haber sido anoticiado de dicho suceso. Las causas para que ese alerta se produzca son dinámicas, es decir, se modifican a lo largo del tiempo. Como Heráclito, nadie se entera del llamado a inscribirse dos veces por el mismo medio. A veces es un amigo, a veces un cartel que apareció azarosamente mientras un indio leía, desganado, el plan de evacuación de la choza. Si el indio Social sortea este primer escollo, hacerse con la información, debe contar con la suerte de haber caído en el rango de tiempo en que su carrera ha habilitado el sistema, que misteriosamente siempre es un período de tres días.

Los pasos subsiguientes son simplemente tortuosos. La inscripción comienza, vaya a saber por qué designio divino, a las 10 de la mañana. A la manera de la constitución inglesa, ese dato es transmitido de boca en boca, de generación en generación y no se encuentra escrito, bajo alguna pena indígena, en ningún lugar del planeta entero. Durante las primeras horas, el acceso es imposible. El sitio está, sencillamente, caído. Centenares de indios se arrastran virtualmente hasta las puertas de la inscripción a alguna materia, donde son detenidos por guardianes informáticos que adquieren la identidad de número: Error 504 es apenas uno de los sucesos cyber-kafkianos con los que es posible toparse. Algunos dan un paso más, para luego dudar existencialmente si la requisitoria ha sido tomada en cuenta por el dios Guaraní. Comprobarlo es tan fútil como intentar conocer el éxito efectivo de una plegaria. Sólo algunos indios, baqueanos ellos, conocen a la perfección el lugar exacto donde se ubica cada una de las cosas en ese mundo virtual.

Quienes lean estos dos últimos párrafos, supondrán que cometí un error al referirme al SIU-Guaraní como el mejor sistema informático de la historia de la Humanidad. Y, sin embargo, ello es absolutamente cierto. En donde quizás hemos tergiversado extractos de esta historia, es allí donde supusimos que la renovación tecnológica venía a suplantar las prácticas del indio Social. Quizás la intención primaria haya sido esa, y la experiencia del resto del mundo Occidental lo confirma. Pero el indio resistió al cambio con una efectividad asombrosa, y logró reproducir tecnológicamente sus propios usos y costumbres, sin modificarlos un ápice. Que el SIU-Guaraní comience a las 10 de la mañana, cuando la tecnología permitiría programarlo para que coincida con el comienzo del día, no es una arbitrariedad, sino el resultado de una relación de fuerzas. Al indio no se le ganará la batalla intentando modernizarlo, porque su capacidad de resistir los cambios es absoluta. Hegeliano hasta la médula, no permitirá jamás, un indio Social que se precie, que ninguna fuerza material le modifique su espíritu: el indio es capaz de instalar un comedor, si hiciera falta, en un radar aeronáutico. Algunas hipótesis sugieren que se trata de una estrategia del indio para complicar el ingreso de fuerzas invasoras. Otros aseveran que el sistema informático en verdad no existe, o que sólo consiste en un programa que imprime las solicitudes en un cuarto gigante ubicado en el piso fantasma de la choza de Parque Centenario, donde cientos de indios encarcelados hacen el viejo y seguro trabajo manual de procesarlas.

Sea cual sea la verdad, el SIU-Guaraní es perfecto allí donde logró su cometido. Un sistema informático es perfecto en el momento en que logra traducir a la perfección las requisitorias humanas. El SIU-Guaraní ha logrado trasladar, pieza por pieza, ese ritual espantoso de la inscripción burocrática, al mundo de la virtualidad. Se pueden padecer las mismas penurias que sufren los indios Sociales, sólo ingresando en su página de internet e intentando llevar adelante cualquier tipo de trámite.

Los indios Sociales descreen del Home Banking.

Porque, aunque de apariencia ateos, no hay nadie que milite más fervorosamente que un indio Social la necesidad cristiana de sufrir, en vida, los tormentos más cotidianos.