Guaraní

Publicado: 7 febrero, 2011 en Sin categoría

No hay un arroyo, no hay un manantial, no hay una laguna, no hay un monte, no hay un médano donde no haya estado personalmente para determinar yo mismo su posición aproximada y hacerme baqueano, comprendiendo que el primer deber de un soldado es conocer palmo a palmo el terreno donde algún día ha de tener necesidad de operar.

L.V.M

Querido diario, 
En tiempos inmemoriales, la inscripción de los indios Sociales a las materias que gustaban de cursar, se realizaba personalmente. Filas monstruosas de indígenas que terminaban en una pequeña ventanilla y una urna, recorrían los pasillos de la choza. El murmullo se volvía un grito ensordecedor, mientras los indígenas buscaban el equlibrio imposible entre la calidad de sus educaciones y la necesidad de confraternizar con otros indígenas. El modelo era inviable desde el lugar donde se lo mirase. Cientos de papeletas sin demasiadas referencias, una urna símil madera y el trabajo homérico de tener que procesar esas solicitudes, hacían de la arbitrariedad la única regla. A todas luces, la necesidad de un cambio era evidente, y es el cambio, hay que decirlo, una de las divinidades a las que los indios temen y resisten con mayor esfuerzo.

Casi cinco mil años después que el Hombre inventase la rueda, dos siglos luego de que el ferrocarril se pusiera en marcha, luego de treinta años de que un ser humano pisase la Luna, y unos veinte de que se desarrollase el germen de la Internet, el indio Social comprendió que podía utilizar los avances tecnológicos a los fines de volver más confortable el proceso de inscripción a las materias. Los indios más avezados en el tema intentaron que la noticia no se disipe entre los pobladores. Sin embargo, el rumor comenzó a correr. Máquinas extranjeras, alquímicas, comenzarían a procesar los datos de manera tal que el indio no debía acercarse a la choza a realizar sus inscripciones. Las fuerzas productivas comenzaban a desgastar las relaciones de producción de los indígenas sociales, y un cierto resquemor se respiraba en el ambiente de la choza de Parque Centenario.

Sucesivos inconvenientes tecnológicos provocaron ese cuello de botella donde lo nuevo no terminaba de nacer, y lo viejo, sostenido en principios indigenistas de resistencia a las modificaciones, se negaba a morir. El indio Social es antes que nada un ser temeroso de la incertidumbre. Ha creado, por ello, un sistema de convenciones que funcionan sistemáticamente. La choza de Parque Centenario es un lugar milimétricamente diseñado y programado para funcionar y seguir funcionado, por el resto de la Eternidad, de igual manera. Modificar ese paisaje de febrero, con altas temperaturas y tediosas filas de horas y horas, generó una cierta resistencia que, si no fue victoriosa, al menos logró negociar las condiciones de la rendición.

El sistema SIU-Guaraní, un software diseñado dentro de comunidades indígenas más avanzadas, fue elegido para procesar por medios informáticos las solicitudes de los indios Sociales. El nombre constituye una declaración de principios acerca de hasta dónde estaba dispuesto el indio a soportar una transformación en su paisaje habitacional. El indio Social no entregaría sus banderas fácilmente, y así fue que decidieron nombrar a un sistema que significa un avance, con un nombre que referencie una cultura ancestral. Pero la resistencia no quedaría ahí, y entonces se vuelve necesario ser claro en este sentido: el sistema informático SIU-Guaraní es uno de los más perfectos que se hayan desarrollado en el mundo a lo largo de toda su historia.

El sistema informático de la choza de Sociales tiene algunas particularidades. Acceder a la información es un viaje de travesías por distintos clicks aquí, enlaces que no funcionan, datos que aparecen pequeños o en colores ilegibles. Los nombres de las cosas se modifican a medida que uno pasa las pantallas. La posibilidad de interacción con la misma es casi nula, y todo el tiempo hay un ofrecimiento de bajar archivos, provocando un caos virtual de tránsito propio de la ciudad donde se emplaza la choza de los indios.
Dichos obstáculos son, apenas, una gilette acostada que hay que saltar, en comparación a lo que sucede los días en que se realiza el llamado a la inscripción. Por comenzar, debe el indio tener la fortuna de haber sido anoticiado de dicho suceso. Las causas para que ese alerta se produzca son dinámicas, es decir, se modifican a lo largo del tiempo. Como Heráclito, nadie se entera del llamado a inscribirse dos veces por el mismo medio. A veces es un amigo, a veces un cartel que apareció azarosamente mientras un indio leía, desganado, el plan de evacuación de la choza. Si el indio Social sortea este primer escollo, hacerse con la información, debe contar con la suerte de haber caído en el rango de tiempo en que su carrera ha habilitado el sistema, que misteriosamente siempre es un período de tres días.

Los pasos subsiguientes son simplemente tortuosos. La inscripción comienza, vaya a saber por qué designio divino, a las 10 de la mañana. A la manera de la constitución inglesa, ese dato es transmitido de boca en boca, de generación en generación y no se encuentra escrito, bajo alguna pena indígena, en ningún lugar del planeta entero. Durante las primeras horas, el acceso es imposible. El sitio está, sencillamente, caído. Centenares de indios se arrastran virtualmente hasta las puertas de la inscripción a alguna materia, donde son detenidos por guardianes informáticos que adquieren la identidad de número: Error 504 es apenas uno de los sucesos cyber-kafkianos con los que es posible toparse. Algunos dan un paso más, para luego dudar existencialmente si la requisitoria ha sido tomada en cuenta por el dios Guaraní. Comprobarlo es tan fútil como intentar conocer el éxito efectivo de una plegaria. Sólo algunos indios, baqueanos ellos, conocen a la perfección el lugar exacto donde se ubica cada una de las cosas en ese mundo virtual.

Quienes lean estos dos últimos párrafos, supondrán que cometí un error al referirme al SIU-Guaraní como el mejor sistema informático de la historia de la Humanidad. Y, sin embargo, ello es absolutamente cierto. En donde quizás hemos tergiversado extractos de esta historia, es allí donde supusimos que la renovación tecnológica venía a suplantar las prácticas del indio Social. Quizás la intención primaria haya sido esa, y la experiencia del resto del mundo Occidental lo confirma. Pero el indio resistió al cambio con una efectividad asombrosa, y logró reproducir tecnológicamente sus propios usos y costumbres, sin modificarlos un ápice. Que el SIU-Guaraní comience a las 10 de la mañana, cuando la tecnología permitiría programarlo para que coincida con el comienzo del día, no es una arbitrariedad, sino el resultado de una relación de fuerzas. Al indio no se le ganará la batalla intentando modernizarlo, porque su capacidad de resistir los cambios es absoluta. Hegeliano hasta la médula, no permitirá jamás, un indio Social que se precie, que ninguna fuerza material le modifique su espíritu: el indio es capaz de instalar un comedor, si hiciera falta, en un radar aeronáutico. Algunas hipótesis sugieren que se trata de una estrategia del indio para complicar el ingreso de fuerzas invasoras. Otros aseveran que el sistema informático en verdad no existe, o que sólo consiste en un programa que imprime las solicitudes en un cuarto gigante ubicado en el piso fantasma de la choza de Parque Centenario, donde cientos de indios encarcelados hacen el viejo y seguro trabajo manual de procesarlas.

Sea cual sea la verdad, el SIU-Guaraní es perfecto allí donde logró su cometido. Un sistema informático es perfecto en el momento en que logra traducir a la perfección las requisitorias humanas. El SIU-Guaraní ha logrado trasladar, pieza por pieza, ese ritual espantoso de la inscripción burocrática, al mundo de la virtualidad. Se pueden padecer las mismas penurias que sufren los indios Sociales, sólo ingresando en su página de internet e intentando llevar adelante cualquier tipo de trámite.

Los indios Sociales descreen del Home Banking.

Porque, aunque de apariencia ateos, no hay nadie que milite más fervorosamente que un indio Social la necesidad cristiana de sufrir, en vida, los tormentos más cotidianos.

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comentarios
  1. la que no antropologea dice:

    Me di cuenta que todos los que pasamos por ahí tenemos nuestra cuota de indio social. Y lo peor que la mia ya es de generaciones pasadas.: con eso de desconfiar de la tecnología pase años contando la plata que me daba el Banelco a ver si estaba bien.
    Ultimamente estoy en proceso de rehabilitación

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