Archivos para agosto, 2010

Renuncia

Publicado: 30 agosto, 2010 en Sin categoría

Hay héroes porque hay mujeres. Y es mejor no pensarlo ¿qué sería el hermoso planeta que habitamos, sin ellas?

L.V.M

Querido diario,

Con mi amigo Quique cursamos un par de materias juntos, de pura casualidad, y nos hicimos amigos. Él es pampeano. Con Quique decidimos, tácitamente, que las amistades que se sustentan en cursar materias juntos son falsas. Así que nunca nos pusimos de acuerdo para, de ahí en adelante, anotarnos en las mismas materias. Si se daba, se daba, y sino, seguiríamos siendo amigos por fuera de Sociales. A mi amigo Quique le gustan las relaciones internacionales, quiere entrar al ISEN, y yo detesto esa orientación. Así que de ahí en más coincidimos poco en las materias, y nos vimos más bien en asados y fiestas a las que íbamos con sus amigos de antes o los míos.

Quique es una especie de genio. Tiene una capacidad sobrehumana de leer y entender al toque. Así que, en las clases, boludea mucho. Yo presto atención porque intuyo que de las palabras de un profesor, uno puede deducir las preguntas de un parcial. Hubo un cuatrimestre en que, aburrido, Quique empezó a hacer un mapeo de dónde se sentaba cada uno: eso eran todos sus apuntes.

Como no sabíamos el nombre de nadie, Quique les fue poniendo apodos. Estaba la Cafetera, que era una que tomaba dos cafés en una clase que nunca pasaba la hora quince. A uno, Quique le puso Sartre, y no por lo genio, sino por lo feo que era. Sartre no faltaba ninguna clase y fumaba como un escuerzo antes de entrar y ni bien salía. Después estaba el Luciérnaga, uno que cada dos minutos levantaba la tapita de su celular y nunca le llegaba ni un mensaje. El que más me hacía reir era Nelson. Nelson era un personaje que iba a la facultad en jogging, medio ojeroso y con una tranquilidad que bordeaba el zombismo. No sabíamos si se llamaba Nelson, pero Quique le puso así porque, en Santa Rosa, su ciudad natal, corría el rumor de que había un pibe llamado Nelson que había sido encontrado desmayado en la bañadera tras…excederse en la autosatisfacción. Decidimos que nuestro Nelson era adicto a esas prácticas.

Estábamos cursando I***. Era un buen momento de mi carrera, yo leía las cosas antes de ir a cursar, y entonces las clases se tornaban aburridas. El especímen del profesor repetidor de textos, que algún día te contaré, queda en evidencia ante los pocos alumnos que leen antes. Cuando Quique me codeó, el momento fue de película: ella corrió la silla que hacía las veces de cerradura de puerta y entró por un lugar finísimo. Tenía zapatillas de lona rojas que le hacían juego con una vincha que le acomodaba el flequillo, unas medias de un montón de colores horizontales y un morral de tela, de esos que simbolizan todo lo que odio. Pero a ella… a ella se lo había tejido Dios, hermano, no un hippie cualquiera de la calle Florida. Y podría haber elegido cualquier silla, como treinta quedaban. Y no. Si el destino nos quería así de juntos. Al lado.

Con Quique chateábamos en clase. En un papel, como chicos de secundaria. A veces eran elevados los temas. El otro día encontré una conversación que comienza con “el ayudante se parece a alguien y no me sale a quién” y termina con “Hegel no era puto. No tenía tiempo”. Así que se lo zampé como venía: “me enamoré de la morochita de acá al lado, si le ponés un apodo te cago a trompadas”. “¿No es parecida a Cum…?” Mientras leía la respuesta de Quique, y pensaba qué trompada iba primero, ella me agarró del brazo y temí lo peor. Todos nuestros planes -bueno, los míos, que iban a ser tan de ella- de vivir juntos, escuchar discos hasta las cuatro de la mañana, no tener televisor porque para qué, pintar una pared de la casa juntos (esa simbología tan de película norteamericana), se venían a pique por ese papelito. Somos juguetes chinos del destino. ¿Sabés cómo lo odié al hijo de puta de Quique? Me iba a perder los fideos blancos con ella, porque este forro me distraía. Juré que iba a ser amigo de Quique toda la vida solamente para que escuche mil veces la historia de cómo me hizo infeliz. Todavía había esperanzas. Su mano en mi brazo.

– ¿Tenés una lapicera que te sobre?, dijo, total.

Le di la mía. Ella advirtió que era la única y ensayó un “pero” en voz baja, que ahogué con un gesto de “dejá”. Ella lo aceptó porque sabía.

Sabía que el amor es una forma del renunciamiento.

Ingestas

Publicado: 25 agosto, 2010 en Sin categoría

Los indios beben, como todo el mundo, por la boca. Pero ellos no beben comiendo. Beber es un acto aparte. Por beber posponen todo.

L.V.M

Querido diario,

Los indios Sociales tienen poca autonomía. No me refiero a cuestiones administrativo-políticas de la institución en sí, sino en términos individuales. Los indios Sociales, durante el transcurso de una clase, deben ingerir de 1 a 3 alimentos para seguir viviendo. Ninguno de ellos soporta dos horas continuadas sin deglutir alguna clase de comestible y/o bebestible.

El ritual preferido es la ingesta de una bebida de color negra/marrón denominada café. Los indios Sociales le suponen a esa bebida propiedas mágicas. El café es el aloe de vera de los indios Sociales. Durante el invierno, es utilizado como elemento de auto-calefacción ante la inexistencia de otros mecanismos más colectivos de calentamiento. Quienes realizan una cursada en el turno mañana, le imprimen al café un carácter de despertador. Suponen que el mismo los promueve a un estado mayor de conciencia. Lo mismo infieren quienes llegan a la facultad por la noche. Otros utilizan al café como excusa infantil para escapar de las aulas. El café es un símbolo. Escapar del aula y volver con las manos vacías es una señal de escapismo adolescente. Los indios Sociales empuñan el café como símbolo del paso a la adultez.

Toda cursada de una materia contiene a su interior un pequeño grupete de amigos, que viene cursando la materia así. Todos arrojaron por la borda su idea de formarse profesionalmente, en pos de formarse una serie de amigotes. Estos grupos llevan mate a la clase. A mí me encanta el mate. Y como me encanta, jamás bebí uno en la facultad. Los alumnos que llevan mate a la facultad comparten una serie de rasgos comunes. El principal de ellos es que no tienen otra actividad, además de ir a la facultad. Ninguno, digamos, trabaja. Nadie que venga de, o vaya a, trabajar, puede llevar un termo, un mate y un envase de yerba. Si, además, llevan azúcar, jamás se levantaron antes de las doce del mediodía.

El principal comestible que acompaña el café o el mate es una medialuna de kiosco, cuyo valor por unidad oscila entre los dos y los dos con cincuenta pesos. En segundo lugar aparece el alfajor. Quienes abogamos por una facultad libre de comestibles, y alumnos con autonomía alimenticia de más de dos horas, hemos cometido alguna vez el pecado del alfajor. En nuestra defensa, tenemos para decir que, a veces, uno puede tener hambre verdad, más allá de la impostura propia de ingerir. Los más osados se atreven al tostado.

Al mediodía hay un extraño olor a guiso, especialmente en las escaleras que unen el primer con el segundo piso. Nadie sabe bien por qué, y a nadie le interesa averiguarlo. Una vez vi por la ventana a los obreros de una construcción vecina que realizaban el típico asado de albañil. Se me ocurrió que, de prevalecer la irracionalidad de los indios Sociales, no faltará mucho para que caiga uno con una bolsita de carbón, dos tiritas de asado y pan fresco, para zamparse un asadito en medio de, no sé…Teoría política I.

Hay profesores que comen, también. Alguno puede alegar que quizás dicta tres o cuatro clases seguidas. A mí con eso no me alcanza. He esperado profesores por más de cincuenta minutos, por razones mucho menos justificadas que ingerir alimentos. Prefiero un profesor tardío y alimentado que un puntual medialunero. Su herramienta de trabajo, profesor, es su boca: manténgala libre. Los carteros no reparten haciendo jueguito con una pelota.

Tuve un profesor que comía durante las clases. Abandoné su materia a la cuarta clase. Porque comía.

Fotocopias

Publicado: 22 agosto, 2010 en Sin categoría

Yo he pensado mucho en la justicia de dios con motivo de ciertos percances propios y ajenos, pues un hombre discreto debe estudiar el mundo y sus vicisitudes, en cabeza propia y en cabeza ajena. Y, francamente, hay momentos en que me dan tentaciones de creer que nuestro bello planeta no está bien organizado.

L.V.M

Querido diario,

Yo contabilizo cuatro fotocopiadoras, digamos, oficiales. Está la del Centro de Estudiantes, que tiene dos sucursales enfrentadas. A ambas se llega más rápido ingresando por la calle Ramos Mejía. Una, más industrial y expeditiva, tiene los módulos pre-fotocopiados, y carece de fotocopiadora: sólo reparte lo que ya está hecho. La otra, un tanto más caótica, los arma en el momento y tiene la capacidad de fotocopiar. Después está la que queda frente a los baños. Generalmente, los seminarios y materias optativas dejan su material ahí. Ambas fotocopiadoras son inalcanzables a las 11, las 13, las 17 y las 19 horas. Se rumorea que nunca nadie pudo sacar una fotocopia en esos intervalos.

Las que me gustan a mí son las dos externas: ambas ingresaron al capitalismo fotocopista por la puerta grande. Hay una que no me acuerdo el nombre y queda enfrente, cruzando Franklin: creo que el nombre es algo de Franklin más su dirección. El señor que atiende ahí es malo, pero el servicio es correcto y ordenado. No es un chivo, pero de la que soy fan es de All Print, la que queda en Franklin pero sin cruzar. El nombre en inglés es de una ironía admirable. All Print tiene página de internet propia para hacer encargos y pasarlos a buscar. Y dispuso recientemente dos compus en el mismo local para buscar la fotocopia por códigos. A pesar de lo pequeño del local, el sistema informático permite optimizar los recursos eficientemente. Soy allprintero de la primera hora. A veces hasta les pago con el cambio exacto, monedas y todo, cuando veo que planificaron la llegada de decenas de alumnos y tienen los cuadernillos de alguna materia ya fotocopiados.

Hay un consenso más o menos generalizado acerca de que las gestiones de ese populismo de derechas llamado “schuberoffismo”, y su brazo armado la Franja Morada, destruyeron a la universidad pública. Si uno dice eso en cualquier ámbito del territorio de Sociales, queda muy bien.

Pero hay un consenso mucho más subterráneo, silencioso, que incomoda a todo el alumnado. La Franja Morada sacaba mejores fotocopias que la izquierda. Cumplía algunos requisitos básicos, a saber: que las letras, componente esencial, se lean; que el número de hojas en orden ascendente es una característica importante que hace a la coherencia de lo expuesto por el autor; que el faltante de hojas no se soluciona con la frase mágica “lo trajeron así”. Hoy, esos requisitos han sido puestos en cuestión. Ese ámbito tan estéticamente en lucha que parece la facultad, es un reservorio, en verdad, de grandes resignados. Una persona que está dispuesta a abonar por un producto tan inservible como una fotocopia ilegible, con la servilidad con la que lo hace un indio Sociales, es un sujeto dispuesto a tolerar cualquier tipo de régimen político por represor que fuese.

Una vez leí que los autores más perjudicados por la fotocopia son: Sigmund Freud, Gregorio Klimovsky, Mario Bunge, Néstor García Canclini, Beatriz Sarlo, Eliseo Verón, Guillermo O’Donnell, Karl Marx, Anthony Giddens, Michel Foucault y Gilles Lipovetsky. Es un lindo dato. Marx y Foucault creo que se la hubieran bancado. A Beatriz Sarlo no le gustará, intuyo. Mario Bunge se agarraría a trompadas con el que le fotocopie el libro.

A mí me gusta recibir las fotocopias con la leyenda: “la reproducción de este material está prohibido por Ley N°11.723”. Siempre me pregunté cómo hacen, y como no me gusta hablar con los fotocopiadores, me imaginé una solución. Creo que si viene un policía empuñando la ley 11.723 ellos le dirán que están sacando fotocopias de fotocopias. Y que ese delito no está tipificado.

Es como pegarle un tiro a un muerto.

VHS

Publicado: 19 agosto, 2010 en Sin categoría

Las viejas escuelas filosóficas discurrían al revés. El pasado no prueba nada. Puede servir de ejemplo, de enseñanza no. L.V.M.

Querido diario,

Hoy empecé a cursar P***. El cuatrimestre pasado no cursé. Entregué unos trabajos que debía.

Volver no es fácil.

Las primeras clases siempre son complicadas. Yo voy a las primeras clases por los mismos motivos por los que trato de cursar todo lo que puedo. Quiero ver qué onda. Quiero saber los detalles formales de la materia: dónde están las fotocopias, con cuánto se promociona y qué día es el parcial.

La primera clase era complicada en el colegio, y es igual en la facultad. El mejor planeamiento estratégico de una primera clase lo viví en el jardín. Claro, éramos 12 y, felizmente, sin ideas propias. A cada uno nos llegaba, no me preguntes cómo, una lista con las cosas que teníamos que llevar el primer día: cantidad de cuadernos diferentes, lápices de colores, fibras, témperas y siempre un punzón. Cuya utilidad todavía desconozco, pero recuerdo terribles ataques criminales con ese elemento. Digamos que la lógica era impecable: tengo 6 años, un tipito sentado de espaldas enfrente mío y un cosito con punta. Hacé la cuenta, que sale sola. Creo que ahora deben estar prohibidos, por una necesidad de desarme infantil progresista.

Cada vez que vuelvo a la Facultad de Parque Centenario, doy una recorrida para que todo esté en su lugar. Me gusta que mi trotskista tenga el mismo mate que el cuatrimestre anterior. Quiero que el que atiende la fotocopiadora enfrente de los baños sea el mismo. Me gusta esa estabilidad, porque la fotocopiadora de los baños tiene una onda más privada. En cambio la del Centro es más dinámica. Los fotocopiadores pasan, el trotskismo queda. Un día te voy a hablar de las fotocopias. Y de los trotskistas, claro.

Obviamente que el planeamiento estratégico de la primera clase, en Sociales, no existe. Hay un 0,8% del alumnado que compra el programa antes de la primera clase. Ese porcentaje crece cuando se trata de las primeras materias y las aulas están plagadas de Novatos, de los que un día hablaré. El resto va a la buena de Dios. Hoy entré a cursar P*** y me llevé una sorpresa. El aula había cambiado porque iban a pasar una peli en la primera clase. Me enteré del cambio de aula cuando llegué a la previamente designada y el docente dijo: “mi nombre es X y voy a dar la materia Y”, y ninguna de esas proposiciones obedecían a los motivos por los que me encontraba allí. Nos levantamos cerca de quince alumnos y fuimos al aula que nos correspondía. Estaban pasando una peli.

En VHS.

En serio. Era un video de los de cinta. Patinaba el audio y por momentos la imagen, porque el video posiblemente sea el mismo desde 1997. El DVD, más barato y efectivo, todavía no llegó a Sociales. Hay un culto por la precariedad que aborrezco profundamente. Que las cosas funcionen mal es un deseo, ideológico, compartido por todos los indios Sociales.

Me apoyé contra el caño de gas para echar una siesta, y el caño estaba caliente. No me pareció una buena señal, ¿por qué el gas iba a estar caliente antes de llegar a la estufa? Cuando la docente tuvo que tocar el tracking para acomodar la imagen, tomé mis cosas y, aprovechando la impunidad de la luz apagada, me fui a mi casa. Vi en DVD “La Carretera”. No es buena.

Pero qué facil es rebobinar en DVD.

Querido diario,

Hoy empecé a cursar P***. El cuatrimestre pasado no cursé, la verdad, entregué dos trabajos que me quedaron colgados. Volver no es fácil. Las primeras clases siempre son complicadas. Yo voy a las primeras clases por los mismos motivos por los que trato de cursar todo lo que puedo. Quiero ver qué onda. Quiero saber los detalles formales de la materia: dónde están las fotocopias, con cuánto se promociona y qué día es el parcial.

La primera clase era complicada en el colegio, y es igual en la facultad. El mejor planeamiento estratégico de una primera clase lo viví en el jardín. Claro, éramos 12 y, felizmente, sin ideas propias. A cada uno nos llegaba, no me preguntes cómo, una lista con las cosas que teníamos que llevar el primer día: cantidad de cuadernos diferentes, lápices de colores, fibras, témperas y siempre un punzón. Cuya utilidad todavía desconozco, pero recuerdo terribles ataques criminales con ese elemento. Digamos que la lógica era impecable: tengo 6 años, un tipito sentado de espaldas enfrente mío y un cosito con punta. Hacé la cuenta, que sale sola. Creo que ahora deben estar prohibidos, por una necesidad de desarme infantil progresista.

Cada vez que vuelvo a la Facultad de Parque Centenario, doy una recorrida para que todo esté en su lugar. Me gusta que mi trotskista tenga el mismo mate que el cuatrimestre anterior. Quiero que el que atiende la fotocopiadora enfrente de los baños sea el mismo. Me gusta esa estabilidad, porque la fotocopiadora de los baños tiene una onda más privada. En cambio la del Centro es más dinámica. Los fotocopiadores pasan, el trotskismo queda. Un día te voy a hablar de las fotocopias. Y de los trotskistas, claro.

Obviamente que el planeamiento estratégico de la primera clase, en Sociales, no existe. Hay un 0,8% del alumnado que compra el programa antes de la primera clase. Ese porcentaje crece cuando se trata de las primeras materias y las aulas están plagadas de Novatos, de los que un día hablaré. El resto va a la buena de Dios. Hoy entré a cursar P*** y me llevé una sorpresa. El aula había cambiado porque iban a pasar una peli en la primera clase. Me enteré del cambio de aula cuando llegué a la previamente designada y el docente dijo: “mi nombre es X y voy a dar la materia Y”, y ninguna de esas proposiciones obedecían a los motivos por los que me encontraba allí. Nos levantamos cerca de quince alumnos y fuimos al aula que nos correspondía. Estaban pasando una peli.

En VHS.

En serio. Era un video de los de cinta. Patinaba el audio y por momentos la imagen, porque el video posiblemente sea el mismo desde 1997. El DVD, más barato y efectivo, todavía no llegó a Sociales. Hay un culto por la precariedad que aborrezco profundamente. Que las cosas funcionen mal es un deseo, ideológico, compartido por todos los indios Sociales.

Me apoyé contra el caño de gas para echar una siesta, y el caño estaba caliente. No me pareció una buena señal, ¿por qué el gas iba a estar caliente antes de llegar a la estufa? Cuando la docente tuvo que tocar el tracking para acomodar la imagen, tomé mis cosas y, aprovechando la impunidad de la luz apagada, me fui a mi casa. Vi en DVD “La Carretera”. No es buena. Pero qué facil es rebobinar en DVD.