Círculos

Publicado: 2 septiembre, 2012 en Sin categoría

Entraron donde yo estaba. Queriendo hacer un estudio social les ofrecí asiento. Me costó conseguir que lo aceptaran; pero instando conseguí que se sentaran.

L.V.M

 

Querido diario,

Dentro del perímetro que los indios denominan aula los civilizadores, o profesores o ad honorems como Imagetambién los llaman, mantienen alguna serie de atribuciones que el idioma se sonrojaría de decirles autoridad. El civilizador ha dejado, hace tiempo, la autoridad en la puerta de Parque Centenario. No hay una lista definitiva de aquello que el civilizador puede, puesto que todo suceso en la choza de Sociales, y más cuando refiere al poder, es impugnable, es contingente, es materia de discusión, trabajo práctico, asamblea y puesta en común.

Puede decirse que el civilizador es capaz de escoger las formas de evaluación, y eso sería, casi, cierto. Puede, de manera verosímil, asegurarse que se conserva aún la potestad de tomar asistencia al indio, y no incurrir en una falacia, aunque se choque con el espíritu festivo y anárquico del indio. Puede el civilizador maniobrar sobre la bibliografía, exigir el silencio de algún indio fuera de lugar y alberga aún la capacidad de terminar su clase (aunque dicho poder ha mermado con la atribución del indio de levantarse y retirarse del lugar, como quien concurre a un cinematógrafo).

Pero conserva el civilizador, sobre todo, un poder fundamental, un poder sobre el que se apoya la piedra nodal de la civilización occidental en la choza de Sociales, la escribanía en la que descansa una copia certificada del contrato social. Se trata de una atribución del orden de lo arquitectónico y estamos hablando, muchos lo habrán notado ya, de la disposición geográfica de los asientos.

Ellos le dicen bancos y, ciertamente, la estética los emparenta más a aquellos que se encuentran en el espacio público, las plazas, de una ciudad. Reemplazadas las jóvenes declaraciones de amor cinceladas a navajas por consignas de agrupaciones pretéritas que hoy duermen el sueño de los justos; las manifestaciones de odio por pequeños ayuda memoria previos a una evaluación; los desechos de las palomas por esa pasta industrial y definitiva que empostra, al mobiliario, stickers con consignas de aquello que pudo haber sido. Los bancos son la arboleda en el horizonte de la llanura efesockiana, obturan el paso, brindan la posibilidad del descanso y, como hemos visto, de la expresión artística.

La pedagogía moderna ha dispuesto geográficamente los bancos de manera rectilínea, uno detrás de otro, observando y siendo observados, por el civilizador. Indios y civilizadores vivieron por décadas con tal ordenamiento con consecuencias aceptables. La disposición favorece, hay que decirlo, al civilizador, que tiene el control visual. Las hileras le permiten – acaso le permitieron en algún momento – deambular entre los asientos. Dicha potestad resultaba fundamental en días de examen. Los años y el acumulamiento de mobiliario fueron entorpeciendo la recta perfecta. Bancos que antes eran dos se transformaron en uno. Fronteras inexpugnables dividen a la mitad el aula. De allí, hacia atrás, queda a responsabilidad del indio o el civilizador pasar. Leyendas sobre aquellos que se atrevieron y no regresaron jamás pueblan, entre árabes de jamón y queso, el bar La Barbarie.

Con terror en mi rostro asistí a una clase, del orden de lo práctico, de aquellas donde el civilizador trata de “poner en común” una serie de conocimientos adquiridos, en la que voluntariamente se decidió modificar el ordenamiento natural del mobiliario. Y era una metáfora sobre algo, pero también era más, era el ruido de esos bancos formando un círculo infernal, un anillo que pudo haber sido cualquiera de los dantescos apartamentos del Infierno. Un círculo.

La formación en círculos es propuesta por el civilizador, muestra suficiente de que la propia civilización occidental lleva en sí su propio germen de destrucción. Civilizadores, quebrados por la choza del Social, entregando al indio la última bandera de la verticalidad. En el círculo no hay principio ni fin, hay arriba o abajo, norte o sur y esa ausencia es el paraíso indígena. El círculo es la continuidad geográfica de la filosofía de la contingencia y es la circular entrada a los dominios del relativismo donde todo puede ser y nada es. El trabajo grupal, la puesta en común, la opinión como fuente de sabiduría. He ahí los ingredientes del cóctel orgiástico del indio.

Con tristeza por cederle al indio el último bastión civilizatorio he abandonado algunas de esas clases circulares. Bajo estas consideraciones metafísicas también he escondido la timidez, puesto que la circularidad también implica una forma de desnudez, el inevitable uso de la palabra, el contacto visual.

He tenido pocas valentías y una ha sido esta. Manteniendo mi tarea de observador neutral me crucé con un civilizador, acaso uno de los que más respetaba, para buscarle una explicación a este abandono. Me refirió, mientras mi cara transmitía incomprensión, la historia de la Conquista española, el arribo de las carabelas y el intercambio de la riqueza indígena por los sencillos espejos europeos. Seguí sin entender mientras caminaba por los pasillos sociales. Allí vi al civilizador, con el espíritu tranquilo, formando otro círculo infernal.

Entendí entonces que los espejos de colores de los que hablan la historia de la Conquista no existieron como objetos sino como metáforas. Que los espejos eran los propios conquistadores. Que la llegada de un invasor obliga como nada a verse a sí mismos, a los propios indios, como Otros. Un civilizador que arma un círculo en el aula enfrenta al indio a su propia imagen, se ve a sí mismo en pulóver, ve sus cacharros para tomar mate, ve sus árabes de jamón y queso, se ve incluso a sí mismo, en el Otro, abandonando el aula.

Porque los círculos infernales de la choza del Social son, acaso, una forma de los espejos.

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comentarios
  1. Ariel dice:

    Una fogata en el patio no alcanza para sacarte la modorra?
    Abrazo

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