Archivos para diciembre, 2010

Continuidad

Publicado: 10 diciembre, 2010 en Sin categoría

Nacer es elevarse, sentir, aspirar; morir, es hundirse en el abismo del tiempo. La vida y la muerte son dos instantes solemnísimos.

L.V.M

Querido diario,

Recuerdo el último día de mi excursión a los Sociales con un dejo de nostalgia, algo de tristeza y mucho de ansiedad por volver a la civilización occidental. Mi paso había sido medianamente agradable, pero años de alimentarme a sanguches de pan árabe y café aguado comenzaban a dejar huellas en mi cuerpo. Me recuerdo escuchando las últimas palabras del civilizador, levantándome de uno de los últimos asientos y caminando victorioso por el pasillo, cuando empecé a temer. ¿Qué pasaba si algún indio descubría quien era, en verdad, yo?, ¿qué ocurriría si aquellas bestias dieran con mi verdadera identidad y, peor, con mi objetivo? Tal vez me sacrificaran, tal vez podría ser parte de algunos de sus ritos, tal vez quedase sepultado bajo una pila de sillas que a los indios les gusta amontonar arbitrariamente. Entonces comencé a caminar más rápido, casi a correr, cuando la mano de uno de los indios cayó pesada sobre mi hombro, y un sudor frío recorrió mi espalda. Entonces me di vuelta, vi sus ojos, la mirada desafiante, intenté escapar, pero el indio tenía otro planes. Me dio un papel doblado al medio, y mientras esperé a que me entregara a sus compañeros para algún sacrificio, se alejó cansinamente. Salí caminando, y comencé a leer:

A unos pasos dudó si darse vuelta pero enseguida decidió que ese gesto no estaba mal como última ironía. Las chozas de los indios jamás arderían por la ira divina. Dios los había condenado a un olvido que solo el aburrimiento es capaz de provocar. Ninguna otra criatura era menos capaz de sorprenderlo que los indios sociales. Siempre salía por Ramos. La malograda renovación arquitectónica de la salida de la calle Franklin lo ponía de peor humor que ver la puerta que alguna vez había visto entrar y salir a tres turnos de obreros obstruida por carteleras que se empeñaban en comunicar algo mediante las letras irregulares de la témpera fresca. No es que los indios fueran ajenos a los avances del germano Guttemberg, pero así como la ortodoxia judía se niega a usar la energía eléctrica pero no las bombas de fósforo, los indios limitaban el uso de la imprenta al lucro. Su religión les impedía usar la imprenta para los textos sagrados.

Dobló la esquina sabiendo que dejaba atrás para siempre a la toldería. No sentía tristeza pero en algún lado lo molestaba el peso de una deuda. Ciertamente no había sido contraída en la cantina en la que los indios demostraban sus avances en el ámbito de la bacteriología. En casi cinco años no había logrado comprender la manera en la cual los indios sociales evitaban el problema de la producción de excedentes. Ningún avance tecnológico o volumen comercial lograba elevar el valor de su producción por encima del necesario para su simple reproducción. Pero su deuda no era económica. No había nada material que pudiera deberle a esa tribu cuya única relación con la economía era el oxímoron de la ocupación de sus propias chozas. Su deuda era inmaterial y por ello más pesada. Les debía a los indios un lenguaje. Es cierto que no había existido ningún acto que formalizara el compromiso. Pero no lo era menos que jamás había hecho nada por rechazar sus palabras. Hay fenómenos que sólo existen porque existen las palabras para nombrarlos. Y puesto que los indios orientaban su conducta en torno a varios fenómenos de este tipo, no había tenido otra opción que aprender palabras (en verdad, los indios usan ideogramas, grupos de palabras que representan un concepto, una idea, una ficción) como relaciones-capitalistas-de-producción o lucha-de-clases. Nunca había dejado de llamarle la atención que los indios sociales usaran a los cowboys económicos como pieza clave de su cosmovisión. Pero ya era tarde para las preguntas sin respuestas. La deuda estaba establecida y no pensaba pagarla.

Casi llegando al subte pasó por los bares donde los indios suelen consumir pequeñas cantidades de una bebida oscura, amarga y caliente. Su costumbre es competir por permanecer el período más prolongado posible de tiempo consumiendo la menor cantidad de bebida y leyendo la menor cantidad de páginas. Los ganadores se autoabsuelven de la práctica colonial de la propina. Es notorio el frenesí que los indios ejercen en torno a un hábito que les es tan ajeno como el de la lectura. Algunos indios permanecen en sus mesas incluso cuando cae el sol momento en el que cambian su impura infusión por grandes cantidades de cerveza. Los indios más ortodoxos en el respeto de las costumbres han desarrollado la capacidad de resistir largas horas en la cantina de la choza de Parque Centenario. Cantina hecha por y para los indios en la ingenua creencia de que incluso las tareas más sencillas de la gastronomía pueden ser realizadas con el mismo arte que usan para sus interminables asambleas. Es por eso que los indios de estómago más sensible se dispersan por las zonas aledañas a la choza. Pensó que quizás en un futuro los indios lograrían dominar el arte de la comida ligera pero inmediatamente alejó esa duda de su mente.

Había entrado a la choza voluntariamente pero se sentía liberado al abandonarla. De dónde había surgido esa sensación de opresión ya no le interesaba. Todavía se podía intuir la sombra extraña del hospital naval cuando metió la mano en busca de los Camel veinte. Se los había comprado al ciego del segundo piso de la choza. Prendió el último cigarrillo del paquete y lo tiró inmediatamente como deshaciéndose de la prueba de un crimen. Un crimen. El ruido no lo escuchó. O lo escuchó sólo después de sentir el ardor que entró por la espalda y salió por el pecho. Muchas veces había temido un flechazo indio. Pero un tiro jamás lo había preocupado. La sangre salía caliente y despacio. Las piernas le temblaban y decidió sentarse. No por sentirse débil sino por la bronca que le daba temblar en una noche de verano. Los indios seguían conversando. No se habían dado cuenta. Prendió un cigarrillo. Nunca se daban cuenta de nada. Nunca se habían dado cuenta de nada. Él lo sabía pero ahora no podría anunciárselo a los criollos. La sangre salía cada vez con menos fuerza. Buscó un infructuosamente un cigarrillo pero en su lugar rescató un volante indígena. Trató de leerlo pero sólo le eran accesibles las letras mayores. “La lucha por el edificio único no se detiene”, leyó. Y pensó que la muerte no estaba tan mal después de todo”.

Entonces me volví para buscar a ese indio que me había comprendido, que ya no era un indio. Grité “¡Baigorria!” creyendo que en el mundo existía justicia poética, aunque pudo llamarse así como de otras miles de formas. Entonces sentí un ardor en la espalda. Y me senté.

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Arancel

Publicado: 9 diciembre, 2010 en Sin categoría

Ellos bailan para divertir a sus amigos; nosotros por divertirnos nosotros mismos. Para divertirnos viendo bailar, tenemos que gastar nuestro dinero. Es otro inconveniente de la civilización.

L.V.M

Querido diario,

Quienes transitamos los múltiples pasillos que dan forma a la choza de Parque Centenario, sabemos que si hay una cualidad específica que define al indio Social, esa es la de poner las cosas en discusión. El indio no sólo discute su disciplina (de hecho, su disciplina consiste en discusiones retroalimentadoras y tautológicas sobre su disciplina), sino que es capaz de poner en cuestión aquellos temas que le exceden. Quizás lo más impresionante, al menos lo que desentona con el contexto de la civilización occidental, es la habilidad del indio para dudar de sucesos objetivos.

Los sucesos, para el indio Social, no acontecen hasta sus interpretaciones. Los indígenas creen que la historia que los precede, en verdad, permaneció en estado de latencia hasta que ellos la interpretaron: por eso el indio es un ser que apela al anacronismo constante en el estudio de la historia (así, a los indios les encanta, por ejemplo, remarcar que Platón tenía esclavos, como si un tipo que te barra el piso fuera condición de posibilidad de escribir República. Conocí indios Sociales que todavía vivían con sus padres y una suerte de ama de llaves: ninguno de ellos, por cierto, escribió el Critón). La comunidad indígena Social es la única que resolvió el debate sobre el ruido que provoca, o no, un árbol que cae, en solitario, en un bosque. El indígena Social cree que un árbol no hace ruido, hasta que un indio no lo escucha y lo comenta con otro indio.

Pero hago esta breve introducción, para pintar un fondo blanco sobre el cual la pequeña mancha en esta cualidad, acaso será más clara, más visible. He presenciado las discusiones más bizantinas que cualquiera pueda imaginar. He visto a las mentes más indígenas de Sociales debatir unos largos minutos acerca del carácter más o menos llamativo de un color de témpera respecto de otro, me he encontrado unas noches de verano encerrado en un aula sin ventanas de la choza de Parque Centenario, absorbido por el Padre de Todos los Debates del indio: si el materialismo económico de Marx supone la necesariedad del economicismo y una visión determinista de la Historia. Miré a la cara a todos los indios de esos debates y doy fe de la complacencia que casi todos ellos sienten al intercambiar esta clase de ideas. Y es por eso, es por este gusto tan particular, tan definitiorio, este gusto que es su virtud y también sus defectos, sus potenciales y también sus límites, que más me llama la atención que exista una palabra, una sola palabra, que desarticule la fascinación del indio por el debate y lo lleve a un plano de violencia e irracionalidad nunca antes visto en la pacífica comunidad del indio Social. Esa palabra es, así como suena: “arancel”.

Ante su pronunciamiento, el indio enmudece unos instantes, lo he probado. Los ojos comienzan a llenárseles de sangre, el rictus de la cara se modifica. Si el contexto ayuda, si hay lluvia y es un poco de noche, podría decirse que los indios entran en un estado de trauma parecido a un exorcismo. La palabra maléfica: “arancel”. El indio le teme, la oculta, es incapaz de discutir sobre ella. Como si tuviera poderes por sí misma, miles de indios Sociales bogan individualmente por mantener esa caja de Pandora bien cerrada. El arancelamiento universitario no es, para el indio Social, un tema de discusión, sino un anhelo de las Fuerzas del Mal que ni siquiera puede ser puesto en consideración. Por eso da lo mismo si el arancel es cinco pesos o miles de dólares, si existirían las posibilidades de becas, si se trata de algún sistema novedoso que implique devolver algo luego del paso por la choza. Para el indio, cualquiera de esta modalidad es exactamente igual: una restricción a su forma de vida.

He discutido con colegas de las ciencias sociales la factibilidad y pertinencia de implementar dicha medida. Los economistas, sobre todo, creen que no hay nada más racional que tener que devolverle algo a la universidad, luego de haber pasado por ella. Cualquier indio Social que se precie, le dirá ofuscado que de lo que se trata es de expulsar a la clase trabajadora de la universidad. Un físico mal intencionado podrá decir que cómo se podría expulsar algo que no está adentro, pero decíamos más arriba que el indio desconfía, incluso, de la cientificidad de las ciencias duras.

Yo creo que detrás de esta discusión, existe una más profunda. El resto de las universidades, las de económicas por ejemplo, son casas de estudios. Pero la pertenencia a la choza de Sociales es más que eso, algo más terrible: una forma de vivir. Él indio Social es sus prácticas: es llegar cuarenta y cinco minutos tarde, con pantalones de colores y ojotas, es tomar mate mientras se intenta comprender la dialéctica hegeliana, es la interrupción constante por las entradas y salidas de indígenas que vienen a anunciar revoluciones inminentes o que escapan a tomar cafés. Ser indio Social es cierto estado de desidia, de pereza, de posibilidad de abandonar exámenes, cursadas y volver a hacerlas. La identidad del indio Social es una forma de la perpetuización de las condiciones de vida adolescente y de la niñez.

Cobrarle a un niño por jugar en las hamacas no es un delito, pero sí una condicionalidad simbólica: desnuda la inutilidad de dicha práctica. Así, de la misma forma, la arancelización conspira contra el modo de vida del indio Social, y no porque la encarezca, sino porque lo dimensiona.