Dialectos

Publicado: 3 enero, 2011 en Sin categoría

Suspirar, creen que es hablar. Confieso que es un lenguaje demasiado místico para un ser tan prosaico como yo.

L.V.M

Querido diario,

Adaptarme a las costumbres de los indios Sociales no ha sido, nobleza obliga, una tarea tan monstruosa. Las vestimentas originadas en la lana, la portación de trastos y cacharros vinculados a la bebida del mate y una actitud de desidia frente a casi todos los acontecimientos, no son características difíciles de imitar y adquirir como propias en demasiado tiempo. Puede decirse que, al primer año de cursar en la choza de Parque Centenario, habíame logrado mimetizar de tal manera, que los indios me consideraban uno de los suyos.

 

Sin embargo, no fueron pocas las veces donde mi utilización del idioma occidental, provocara en mis indígenas interlocutores, una sensación de invasión del hombre blanco, y un estado permanente de sospecha. He charlado con centenares de indígenas sociales, especialmente en esos  Mc´ Donalds de la socialización del indio: la antesala del ingreso al aula. Si es cierto que, a medida que se acercan las evaluaciones, el indígena intenta derivar la conversación cada vez más a los temas de la currícula (a los fines de constituir lo que al indio le gusta denominar “grupos de estudio”, que consisten en la concurrencia a un bar a dispersar libros sobre la mesa y parlotear sobre temas ajenos al contenido de la currícula), lo cierto es que diversas conversaciones con el indio me han permitido conocer la lógica del idioma del indio Social.

Porque fácil sería que yo, aquí, realizara un compendio lingüístico, lo que el hombre blanco llama “diccionario”, reuniendo los principales términos de los que se vale el indio para la comunicación inter-indígena. Sería sencillo, para mí, relatarles cómo el indio resume palabras (de ahí el “Socio”, para referirse no a una de las partes de un contrato de sociedad, sino más bien a la ciencia que estudia, describe y analiza los procesos de la vida en sociedad, la manera enfermiza en la que el indio refiere su casa de estudios como “la facu” y la caprichosa reducción de la Sociología Política al término “sociopol”), o de qué manera el indio Social se arroga la potestad de convertir a las iniciales en parte del lenguaje coloquial (de ahí el TePéCé, de Teoría Política Contemporánea, el MT de Marcelo T. de Alvear, los indescifrables CeBeCé, CeCso, PO, Ués, Emeseté, o la simple inicialización de sustantivos tales como TePé para el vulgar trabajo práctico). Cometería un acto de pereza digno de un indio Social si les explicara la manera en la que el indio Social denomina sus chozas por la calle en la que se ubican, suponiendo que, ante la mención de la palabra “Ramos Mejía”, cualquier ser vivo de este planeta dará por sentado que se trata de la sede de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, y no una ciudad de La Matanza, un hospital del barrio de Balvanera, o el ministro de Obras Públicas y Agricultura de Roca, Quintana, Figueroa Alcorta y Roque Saenz Peña.

Mas bien, deseo, como el chinito del proverbio que exige aprender la técnica de la pesca antes que recibir el pescado del día, exhibir ante ustedes, hombres blancos y occidentales, la lógica que tras este tipo de lenguaje se esconde. Recorre la choza de Parque Centenario un hálito desparramado por textos de Bourdieu y Foucault que barnizan sobre el indígena el poder que empuña la palabra. Han de haber tomado nota, diría que por cercanía física más que intelectual con semejantes obras, los indios Sociales de dicha idea, y han creado un lenguaje a su propia medida. Sostengo la afirmación que precede en la siguiente situación.

De todas las denominaciones que los indígenas utilizan, la que no dejó de sorprenderme sino hasta el fin de mis días en esa choza, es aquella que refiere a los trabajadores de limpieza y administrativos de la universidad, que los indios Sociales dieron en denominar (de manera mágica para quien les escribe): “No docentes”. Fue tal mi sorpresa cuando escuché por primera vez esa palabra, que me animé a consultar acerca de a quiénes se referían con semejante denominación. Y la pregunta, a pesar de levantar sospechas entre el indio, tenía un sentido más que lógico. Porque no docente era yo, y no docente es mi padre, agrimensor él. No docente es el ministro de Turismo de San Juan, el bañero de un mar escondido en la costa bonaerense y Alfredo Alcón. La palabra, a excepción del docente, nos incluye a todos. Luego, carece de sentido, toda vez que no cumple la función específica, derridiana, del idioma: la de denotar unas características particulares por medio de las cuales se excluye al resto. Esta inversión, esta revolución idiomática, opaca, para mi, un rasgo anterior del indio Social.

El indio es, antes que nada, un ser culposo. Bajo ese manto de pulóveres y desidia, se esconde un individuo que ha tomado conciencia que vive un pasar absolutamente subsidiado por el resto de la Humanidad. A la culpa material de vivir financiado, el indio la balancea simbólicamente con palabras. Al eludir elípticamente la definición positiva sobre el carácter de empleado del hombre de limpieza, el indio supone que niega la relación de poder. No hace falta que reitere el poder creativo que el indio le arroga a la palabra.

El No, delante del docente, no es una negación del carácter docente del hombre de limpieza.

Es, más bien, un eufemismo.

Continuidad

Publicado: 10 diciembre, 2010 en Sin categoría

Nacer es elevarse, sentir, aspirar; morir, es hundirse en el abismo del tiempo. La vida y la muerte son dos instantes solemnísimos.

L.V.M

Querido diario,

Recuerdo el último día de mi excursión a los Sociales con un dejo de nostalgia, algo de tristeza y mucho de ansiedad por volver a la civilización occidental. Mi paso había sido medianamente agradable, pero años de alimentarme a sanguches de pan árabe y café aguado comenzaban a dejar huellas en mi cuerpo. Me recuerdo escuchando las últimas palabras del civilizador, levantándome de uno de los últimos asientos y caminando victorioso por el pasillo, cuando empecé a temer. ¿Qué pasaba si algún indio descubría quien era, en verdad, yo?, ¿qué ocurriría si aquellas bestias dieran con mi verdadera identidad y, peor, con mi objetivo? Tal vez me sacrificaran, tal vez podría ser parte de algunos de sus ritos, tal vez quedase sepultado bajo una pila de sillas que a los indios les gusta amontonar arbitrariamente. Entonces comencé a caminar más rápido, casi a correr, cuando la mano de uno de los indios cayó pesada sobre mi hombro, y un sudor frío recorrió mi espalda. Entonces me di vuelta, vi sus ojos, la mirada desafiante, intenté escapar, pero el indio tenía otro planes. Me dio un papel doblado al medio, y mientras esperé a que me entregara a sus compañeros para algún sacrificio, se alejó cansinamente. Salí caminando, y comencé a leer:

A unos pasos dudó si darse vuelta pero enseguida decidió que ese gesto no estaba mal como última ironía. Las chozas de los indios jamás arderían por la ira divina. Dios los había condenado a un olvido que solo el aburrimiento es capaz de provocar. Ninguna otra criatura era menos capaz de sorprenderlo que los indios sociales. Siempre salía por Ramos. La malograda renovación arquitectónica de la salida de la calle Franklin lo ponía de peor humor que ver la puerta que alguna vez había visto entrar y salir a tres turnos de obreros obstruida por carteleras que se empeñaban en comunicar algo mediante las letras irregulares de la témpera fresca. No es que los indios fueran ajenos a los avances del germano Guttemberg, pero así como la ortodoxia judía se niega a usar la energía eléctrica pero no las bombas de fósforo, los indios limitaban el uso de la imprenta al lucro. Su religión les impedía usar la imprenta para los textos sagrados.

Dobló la esquina sabiendo que dejaba atrás para siempre a la toldería. No sentía tristeza pero en algún lado lo molestaba el peso de una deuda. Ciertamente no había sido contraída en la cantina en la que los indios demostraban sus avances en el ámbito de la bacteriología. En casi cinco años no había logrado comprender la manera en la cual los indios sociales evitaban el problema de la producción de excedentes. Ningún avance tecnológico o volumen comercial lograba elevar el valor de su producción por encima del necesario para su simple reproducción. Pero su deuda no era económica. No había nada material que pudiera deberle a esa tribu cuya única relación con la economía era el oxímoron de la ocupación de sus propias chozas. Su deuda era inmaterial y por ello más pesada. Les debía a los indios un lenguaje. Es cierto que no había existido ningún acto que formalizara el compromiso. Pero no lo era menos que jamás había hecho nada por rechazar sus palabras. Hay fenómenos que sólo existen porque existen las palabras para nombrarlos. Y puesto que los indios orientaban su conducta en torno a varios fenómenos de este tipo, no había tenido otra opción que aprender palabras (en verdad, los indios usan ideogramas, grupos de palabras que representan un concepto, una idea, una ficción) como relaciones-capitalistas-de-producción o lucha-de-clases. Nunca había dejado de llamarle la atención que los indios sociales usaran a los cowboys económicos como pieza clave de su cosmovisión. Pero ya era tarde para las preguntas sin respuestas. La deuda estaba establecida y no pensaba pagarla.

Casi llegando al subte pasó por los bares donde los indios suelen consumir pequeñas cantidades de una bebida oscura, amarga y caliente. Su costumbre es competir por permanecer el período más prolongado posible de tiempo consumiendo la menor cantidad de bebida y leyendo la menor cantidad de páginas. Los ganadores se autoabsuelven de la práctica colonial de la propina. Es notorio el frenesí que los indios ejercen en torno a un hábito que les es tan ajeno como el de la lectura. Algunos indios permanecen en sus mesas incluso cuando cae el sol momento en el que cambian su impura infusión por grandes cantidades de cerveza. Los indios más ortodoxos en el respeto de las costumbres han desarrollado la capacidad de resistir largas horas en la cantina de la choza de Parque Centenario. Cantina hecha por y para los indios en la ingenua creencia de que incluso las tareas más sencillas de la gastronomía pueden ser realizadas con el mismo arte que usan para sus interminables asambleas. Es por eso que los indios de estómago más sensible se dispersan por las zonas aledañas a la choza. Pensó que quizás en un futuro los indios lograrían dominar el arte de la comida ligera pero inmediatamente alejó esa duda de su mente.

Había entrado a la choza voluntariamente pero se sentía liberado al abandonarla. De dónde había surgido esa sensación de opresión ya no le interesaba. Todavía se podía intuir la sombra extraña del hospital naval cuando metió la mano en busca de los Camel veinte. Se los había comprado al ciego del segundo piso de la choza. Prendió el último cigarrillo del paquete y lo tiró inmediatamente como deshaciéndose de la prueba de un crimen. Un crimen. El ruido no lo escuchó. O lo escuchó sólo después de sentir el ardor que entró por la espalda y salió por el pecho. Muchas veces había temido un flechazo indio. Pero un tiro jamás lo había preocupado. La sangre salía caliente y despacio. Las piernas le temblaban y decidió sentarse. No por sentirse débil sino por la bronca que le daba temblar en una noche de verano. Los indios seguían conversando. No se habían dado cuenta. Prendió un cigarrillo. Nunca se daban cuenta de nada. Nunca se habían dado cuenta de nada. Él lo sabía pero ahora no podría anunciárselo a los criollos. La sangre salía cada vez con menos fuerza. Buscó un infructuosamente un cigarrillo pero en su lugar rescató un volante indígena. Trató de leerlo pero sólo le eran accesibles las letras mayores. “La lucha por el edificio único no se detiene”, leyó. Y pensó que la muerte no estaba tan mal después de todo”.

Entonces me volví para buscar a ese indio que me había comprendido, que ya no era un indio. Grité “¡Baigorria!” creyendo que en el mundo existía justicia poética, aunque pudo llamarse así como de otras miles de formas. Entonces sentí un ardor en la espalda. Y me senté.

Arancel

Publicado: 9 diciembre, 2010 en Sin categoría

Ellos bailan para divertir a sus amigos; nosotros por divertirnos nosotros mismos. Para divertirnos viendo bailar, tenemos que gastar nuestro dinero. Es otro inconveniente de la civilización.

L.V.M

Querido diario,

Quienes transitamos los múltiples pasillos que dan forma a la choza de Parque Centenario, sabemos que si hay una cualidad específica que define al indio Social, esa es la de poner las cosas en discusión. El indio no sólo discute su disciplina (de hecho, su disciplina consiste en discusiones retroalimentadoras y tautológicas sobre su disciplina), sino que es capaz de poner en cuestión aquellos temas que le exceden. Quizás lo más impresionante, al menos lo que desentona con el contexto de la civilización occidental, es la habilidad del indio para dudar de sucesos objetivos.

Los sucesos, para el indio Social, no acontecen hasta sus interpretaciones. Los indígenas creen que la historia que los precede, en verdad, permaneció en estado de latencia hasta que ellos la interpretaron: por eso el indio es un ser que apela al anacronismo constante en el estudio de la historia (así, a los indios les encanta, por ejemplo, remarcar que Platón tenía esclavos, como si un tipo que te barra el piso fuera condición de posibilidad de escribir República. Conocí indios Sociales que todavía vivían con sus padres y una suerte de ama de llaves: ninguno de ellos, por cierto, escribió el Critón). La comunidad indígena Social es la única que resolvió el debate sobre el ruido que provoca, o no, un árbol que cae, en solitario, en un bosque. El indígena Social cree que un árbol no hace ruido, hasta que un indio no lo escucha y lo comenta con otro indio.

Pero hago esta breve introducción, para pintar un fondo blanco sobre el cual la pequeña mancha en esta cualidad, acaso será más clara, más visible. He presenciado las discusiones más bizantinas que cualquiera pueda imaginar. He visto a las mentes más indígenas de Sociales debatir unos largos minutos acerca del carácter más o menos llamativo de un color de témpera respecto de otro, me he encontrado unas noches de verano encerrado en un aula sin ventanas de la choza de Parque Centenario, absorbido por el Padre de Todos los Debates del indio: si el materialismo económico de Marx supone la necesariedad del economicismo y una visión determinista de la Historia. Miré a la cara a todos los indios de esos debates y doy fe de la complacencia que casi todos ellos sienten al intercambiar esta clase de ideas. Y es por eso, es por este gusto tan particular, tan definitiorio, este gusto que es su virtud y también sus defectos, sus potenciales y también sus límites, que más me llama la atención que exista una palabra, una sola palabra, que desarticule la fascinación del indio por el debate y lo lleve a un plano de violencia e irracionalidad nunca antes visto en la pacífica comunidad del indio Social. Esa palabra es, así como suena: “arancel”.

Ante su pronunciamiento, el indio enmudece unos instantes, lo he probado. Los ojos comienzan a llenárseles de sangre, el rictus de la cara se modifica. Si el contexto ayuda, si hay lluvia y es un poco de noche, podría decirse que los indios entran en un estado de trauma parecido a un exorcismo. La palabra maléfica: “arancel”. El indio le teme, la oculta, es incapaz de discutir sobre ella. Como si tuviera poderes por sí misma, miles de indios Sociales bogan individualmente por mantener esa caja de Pandora bien cerrada. El arancelamiento universitario no es, para el indio Social, un tema de discusión, sino un anhelo de las Fuerzas del Mal que ni siquiera puede ser puesto en consideración. Por eso da lo mismo si el arancel es cinco pesos o miles de dólares, si existirían las posibilidades de becas, si se trata de algún sistema novedoso que implique devolver algo luego del paso por la choza. Para el indio, cualquiera de esta modalidad es exactamente igual: una restricción a su forma de vida.

He discutido con colegas de las ciencias sociales la factibilidad y pertinencia de implementar dicha medida. Los economistas, sobre todo, creen que no hay nada más racional que tener que devolverle algo a la universidad, luego de haber pasado por ella. Cualquier indio Social que se precie, le dirá ofuscado que de lo que se trata es de expulsar a la clase trabajadora de la universidad. Un físico mal intencionado podrá decir que cómo se podría expulsar algo que no está adentro, pero decíamos más arriba que el indio desconfía, incluso, de la cientificidad de las ciencias duras.

Yo creo que detrás de esta discusión, existe una más profunda. El resto de las universidades, las de económicas por ejemplo, son casas de estudios. Pero la pertenencia a la choza de Sociales es más que eso, algo más terrible: una forma de vivir. Él indio Social es sus prácticas: es llegar cuarenta y cinco minutos tarde, con pantalones de colores y ojotas, es tomar mate mientras se intenta comprender la dialéctica hegeliana, es la interrupción constante por las entradas y salidas de indígenas que vienen a anunciar revoluciones inminentes o que escapan a tomar cafés. Ser indio Social es cierto estado de desidia, de pereza, de posibilidad de abandonar exámenes, cursadas y volver a hacerlas. La identidad del indio Social es una forma de la perpetuización de las condiciones de vida adolescente y de la niñez.

Cobrarle a un niño por jugar en las hamacas no es un delito, pero sí una condicionalidad simbólica: desnuda la inutilidad de dicha práctica. Así, de la misma forma, la arancelización conspira contra el modo de vida del indio Social, y no porque la encarezca, sino porque lo dimensiona.

Elecciones

Publicado: 24 noviembre, 2010 en Sin categoría

El cacique general de las tribus ranquelinas tendrá cuarenta y cinco años de edad. Pertenece a la categoría de los hombres de talla mediana. Es delgado, pero tiene unos miembros de acero. Nadie bolea, ni piala, ni sujeta un potro del cabestro como él.

L.V.M

Querido diario,

Habitantes de una choza corroída por el paso salvaje del propio indio, los indios Sociales son seres más bien apáticos y sombríos. Aunque realizan periódicas fiestas en la choza, en general las mismas carecen de ánimo festivo y resultan la contención general de grupos particulares. El indio es, ante todo, un ser gestáltico: supone que el todo es más que la suma de las partes.

Renegados de las maravillosas fiestas navideñas (debido a que el indio cree en muchos misticismos pero no, claro, en Papá Noel ni, mucho menos, en Dios) y abyectos a la idea de renovación anual (en el calendario Social, el año finaliza en el último exámen final y comienza el primer día de cursada. Si estos dos sucesos se invirtieran en el orden, es decir, si el indio comenzara a cursar sin haber rendido el final de una materia anterior, el mismo creerá que todavía permanece en el año pasado. El año indio es individual, contrariamente al tiempo como idea rectora de lo universal), los indios crearon su propio festejo anual. Dichos festejos se llaman elecciones y consiste en una competencia entre las diferentes tribus que abogan por la conducción política de los indígenas. Como los juegos romanos en los que los gladiadores demostraban sus habilidades, aquí los indios desarrollan diversas prácticas tendientes a convencer al resto de la indiada que son capaces de manipular una fotocopiadora con cierto éxito. Porque el objetivo final de conquistar la conducción política de lo que los indios denominan “el centro de estudiantes”, es el control del espacio de fotocopias de la choza de Parque Centenario.

Es extraño, pero a pesar de que ese objetivo está más o menos claro entre casi todos los estudiantes, las demostraciones de las tribus sociales al resto de los indígenas, no se vinculan con capacidades de fotocopiar, sino con otro tipo de prácticas. Durante la semana de festejos eleccionarios, los indios Sociales recorren incansablemente todos y cada uno de los cursos, impidiendo el normal desarrollo de las clases, manteniendo un público cautivo que escucha el relato de sus aventuras y pareceres sobre la vida en general. Esto es, quizás, lo más maravilloso de una campaña política en la choza de Parque Centenario: la misma no está ordenada por ejes temáticos. No estoy siquiera hablando de “propuestas concretas”, como le gusta decir al “indígena independiente”, y que algunas tribus toman para su discurso. Las tribus sociales son incapaces de debatir entre sí porque todavía ni siquiera hablan el mismo idioma. Dos tribus sucesivas que pasan por el mismo aula en un período de tiempo de seis minutos, pueden hablar tanto de algún desprendimiento edilicio como de la invasión de alguna tropa imperial a un país del subdesarrollo. Y, lo que es peor: ambos suponen que de esa manera convencerán al indígena social de que son mejores fotocopiadores que los otros.

A pesar de estos extraños sucesos áulicos, lo verdaderamente esencial ocurre en los pasillos de la choza de Sociales, donde la estética de por sí espantosa se vuelve simplemente estrafalaria. Por una reminiscencia de la infancia, el indio Social tiene una relación muy estrecha con el papel, especialmente con el papel de afiche, al cual le atribuye propiedades de convencimiento mayores a las de la palabra. Por eso, durante las fiestas eleccionarias, el indio Social empapela paredes, techos y hasta pisos (pisos, lo he visto con mis propios ojos: ¡afiches en el piso!) con sus llamados a ser votados para empuñar la fotocopiadora como bandera para la victoria. Pero el protagonismo del papel es todavía mayor. Si no alcanza con deslizarse sobre afiches, apoyarse sobre afiches, y correr el riesgo de morir calcinado si ese afiche que cuelga sobre una lamparita se prendiese fuego, las tribus Sociales también reparten papeles de mano en mano, de una manera casi compulsiva y amenazante. Las entradas y salidas (que no existen como tal, es decir, identificadas para una específica función, sino que son ambas y ninguna al mismo tiempo) de Parque Centenario funcionan como atolladeros donde las tribus sociales emboscan a otros indígenas para depositarles más y más papeles.

Desconozco cuál es verdaderamente esa relación casi hipnótica de los indios Sociales con el papel. Intuyo, sin embargo, que debe haber tras esa actitud algún mensaje subliminal que mi distancia objetiva me impide reconocer. Quizás tras ese papel pintado con témpera y pegado en la pared, hay un mensaje que reza algo así como: “si así pinto con témpera, imaginate lo que puedo hacer con una fotocopiador y tonner”. Pero es una de las respuestas que nunca pude extraer de la choza de Sociales.

No he sido, debido a mi necesidad de conocer objetivamente a los indios, un participante activo en estas fiestas. He concurrido y hasta he elegido a alguna de sus tribus para que conduzcan al resto. Alguna vez, incluso, indios cercanos me han pedido consejo respecto de qué podrían hacer para llegar a la victoria en las fiestas eleccionarias.

Alguna vez ideamos, con Quique, una gran campaña política para indios Sociales. Duraba una semana y costaba $1253,50. La campaña consistía en alquilar una fotocopiadora, adosarle unas ruedas para moverla y pasar, aula por aula, en silencio, solamente demostrando gran habilidad, rapidez y eficiencia en el sacado de fotocopias.

Con $1250 nos garantizábamos el alquiler de una semana de la fotocopiadora. Los $3,50 eran el costo del alargue para enchufarla.

Hubiéramos arrasado. Quique quería redoblar la apuesta, e instalar una fotocopiadora en el pasillo para regalar, durante una semana, fotocopias gratis a todo el mundo.

El clientelismo, también, tiene cara de hereje.

Elecciones

 

 

El cacique general de las tribus ranquelinas tendrá cuarenta y cinco años de edad. Pertenece a la categoría de los hombres de talla mediana. Es delgado, pero tiene unos miembros de acero. Nadie bolea, ni piala, ni sujeta un potro del cabestro como él. L.V.M

 

Habitantes de una choza corroída por el paso salvaje del propio indio, los indios Sociales son seres más bien apáticos y sombríos. Aunque realizan periódicas fiestas en la choza, en general las mismas carecen de ánimo festivo y resultan la contención general de grupos particulares. El indio es, ante todo, un ser gestáltico: supone que el todo es más que la suma de las partes.

 

Renegados de las maravillosas fiestas navideñas (debido a que el indio cree en muchos misticismos pero no, claro, en Papá Noel ni, mucho menos, en Dios) y abyectos a la idea de renovación anual (en el calendario Social, el año finaliza en el último exámen final y comienza el primer día de cursada. Si estos dos sucesos se invirtieran en el orden, es decir, si el indio comenzara a cursar sin haber rendido el final de una materia anterior, el mismo creerá que todavía permanece en el año pasado. El año indio es individual, contrariamente al tiempo como idea rectora de lo universal), los indios crearon su propio festejo anual. Dichos festejos se llaman elecciones y consiste en una competencia entre las diferentes tribus que abogan por la conducción política de los indígenas. Como los juegos romanos en los que los gladiadores demostraban sus habilidades, aquí los indios desarrollan diversas prácticas tendientes a convencer al resto de la indiada que son capaces de manipular una fotocopiadora con cierto éxito. Porque el objetivo final de conquistar la conducción política de lo que los indios denominan “el centro de estudiantes”, es el control del espacio de fotocopias de la choza de Parque Centenario.

 

Es extraño, pero a pesar de que ese objetivo está más o menos claro entre casi todos los estudiantes, las demostraciones de las tribus sociales al resto de los indígenas, no se vinculan con capacidades de fotocopiar, sino con otro tipo de prácticas. Durante la semana de festejos eleccionarios, los indios Sociales recorren incansablemente todos y cada uno de los cursos, impidiendo el normal desarrollo de las clases, manteniendo un público cautivo que escucha el relato de sus aventuras y pareceres sobre la vida en general. Esto es, quizás, lo más maravilloso de una campaña política en la choza de Parque Centenario: la misma no está ordenada por ejes temáticos. No estoy siquiera hablando de “propuestas concretas”, como le gusta decir al “indígena independiente”, y que algunas tribus toman para su discurso. Las tribus sociales son incapaces de debatir entre sí porque todavía ni siquiera hablan el mismo idioma. Dos tribus sucesivas que pasan por el mismo aula en un período de tiempo de seis minutos, pueden hablar tanto de algún desprendimiento edilicio como de la invasión de alguna tropa imperial a un país del subdesarrollo. Y, lo que es peor: ambos suponen que de esa manera convencerán al indígena social de que son mejores fotocopiadores que los otros.

 

A pesar de estos extraños sucesos áulicos, lo verdaderamente esencial ocurre en los pasillos de la choza de Sociales, donde la estética de por sí espantosa se vuelve simplemente estrafalaria. Por una reminiscencia de la infancia, el indio Social tiene una relación muy estrecha con el papel, especialmente con el papel de afiche, al cual le atribuye propiedades de convencimiento mayores a las de la palabra. Por eso, durante las fiestas eleccionarias, el indio Social empapela paredes, techos y hasta pisos (pisos, lo he visto con mis propios ojos: ¡afiches en el piso!) con sus llamados a ser votados para empuñar la fotocopiadora como bandera para la victoria. Pero el protagonismo del papel es todavía mayor. Si no alcanza con deslizarse sobre afiches, apoyarse sobre afiches, y correr el riesgo de morir calcinado si ese afiche que cuelga sobre una lamparita se prendiese fuego, las tribus Sociales también reparten papeles de mano en mano, de una manera casi compulsiva y amenazante. Las entradas y salidas (que no existen como tal, es decir, identificadas para una específica función, sino que son ambas y ninguna al mismo tiempo) de Parque Centenario funcionan como atolladeros donde las tribus sociales emboscan a otros indígenas para depositarles más y más papeles.

 

Desconozco cuál es verdaderamente esa relación casi hipnótica de los indios Sociales con el papel. Intuyo, sin embargo, que debe haber tras esa actitud algún mensaje subliminal que mi distancia objetiva me impide reconocer. Quizás tras ese papel pintado con témpera y pegado en la pared, hay un mensaje que reza algo así como: “si así pinto con témpera, imaginate lo que puedo hacer con una fotocopiador y tonner”. Pero es una de las respuestas que nunca pude extraer de la choza de Sociales.

 

No he sido, debido a mi necesidad de conocer objetivamente a los indios, un participante activo en estas fiestas. He concurrido y hasta he elegido a alguna de sus tribus para que conduzcan al resto. Alguna vez, incluso, indios cercanos me han pedido consejo respecto de qué podrían hacer para llegar a la victoria en las fiestas eleccionarias.

 

Alguna vez ideamos, con Quique, una gran campaña política para indios Sociales. Duraba una semana y costaba $1253,50. La campaña consistía en alquilar una fotocopiadora, adosarle unas ruedas para moverla y pasar, aula por aula, en silencio, solamente demostrando gran habilidad, rapidez y eficiencia en el sacado de fotocopias.

 

Con $1250 nos garantizábamos el alquiler de una semana de la fotocopiadora. Los $3,50 eran el costo del alargue para enchufarla.

 

Hubiéramos arrasado. Quique quería redoblar la apuesta, e instalar una fotocopiadora en el pasillo para regalar, durante una semana, fotocopias gratis a todo el mundo.

 

El clientelismo, también, tiene cara de hereje.

 

Parciales

Publicado: 15 noviembre, 2010 en Sin categoría

¿Qué más podían hacer aquellos bárbaros, sino lo que hacían?, ¿les hemos enseñado algo nosotros, que revele la disposición generosa, humanitaria, cristiana de los gobiernos que rigen los destinos sociales? Nos roban, nos cautivan, nos incendian las poblaciones, es cierto. ¿Pero qué han de hacer, si no tienen hábito de trabajo?

L.V.M


Querido diario,

Cada cierto período determinado de tiempo, los indios Sociales se ven ante la tormentosa tarea de demostrar empíricamente la adquisición de una serie de conocimientos arbitrariamente pactados con el docente (o civilizador). A esta práctica generalmente bimensual, los indios Sociales la denominan “parcial”.

Si es cierto que a medida que transcurre el paso de los indios Sociales por la choza de Parque Centenario, el temor y la incertidumbre ante esta clase de prácticas decrece, también es cierto que durante los primeros años, los indios experimentan una suerte de alienación psíquica y física muy parecida al trance místico (mi hipótesis aquí es que este temor obedece a que los indios descreen de la relación de causalidad entre “estudio” y “éxito académico”, debido a que suponen que fuerzas divinas intervienen, condicionan y eventualmente modifican el proceso que transcurre entre la primera y la segunda variable). Aunque no todos los indios Sociales reaccionen de igual manera ante los parciales, sí es cierto que la mayoría de ellos padece una feroz angustia que puede llevarlos a cometer actos irracionales. Tal vez la consecuencia más significativa de dicha situación, sea aquella relacionada a la experimentación de un reverdecer primaveral de la socialización amistosa con el resto de los indios Sociales.

 

Al momento previo de la llegada del civilizador (ya que en el parcial es en la única fecha en la que el indio Social parece tener un hipócrita y dogmático compromiso con la puntualidad) el indio en situación de parcial siente verdaderamente una mancomunión con el resto de sus camaradas indígenas. Y remarco aquí el “verdaderamente” porque no se trata, como pudiera pensarse, de una pura impostura, sino de un sentimiento que es tan real como la transpiración de aquél que se despierta de un sueño en el que se está cayendo. Así como esa caída es falsa y la transpiración tan verdadera como cualquier otra, así el ánimo de socializar del indio es verdadero. Hay que decir, sin embargo, que dicho florecimiento de nuevas actitudes es, también, una contradicción con lo que hasta ese momento, los indígenas venían sosteniendo como forma de vida. Indígenas que tan sólo ayer se detestaban por alguna que otra actitud, ahora comparten solidariamente algunos conocimientos; indígenas que durante un cuatrimestre entero se levantaron quince minutos antes de algunas clases vespertinas y no alcanzaron a leer el material porque se distrajeron con el Olé, ahora cuentan sus proezas de haberse mantenido despiertos una noche entera, sus caras lagañosas entre los libros, para llegar a tiempo; y, aún peor: indígenas que sin ninguna clase de pudor, levantaron sus manos durante las clases del civilizador, emitieron opiniones a favor y en contra de casi todas las cosas, indígenas que ahora esconden, como las avestruces, sus cabezas en el piso de una humildad que es fingida, para agacharse ante la sapiencia del indio Social callado, modesto, pero que ha cumplido con los requisitos académicos y siente algo de seguridad sobre sus saberes. ¡Ea!, la furia de los dioses Sociales, recaiga contra el indio que opina en las clases y luego derrapa fulminantemente en la práctica de los parciales.

El pacto tácito entre el indio Social y el civilizador, consiste en acordar previamente algunos mecanismos de evaluación, ciertas modalidades y algunos temas específicos, delimitando la incertidumbre hasta lograr que el factor de riesgo de una evaluación sea cercano a cero. Multiplique ahora esta práctica por los miles de siglos que han transcurrido desde la aparición del indio Social, y tendrá una costumbre social tan difícil de modificar, que resulta digno de verse el espectáculo de un mínimo cambio en los parámetros de evaluación. He visto con mis ojos poblados de experiencias atroces, indignaciones de las más terribles ante el paso del mecanismo escrito al oral, cientos de indígenas manifestando al mismo tiempo una disconformidad, comenzando unos pequeños bullicios, como los de miles de indígenas de otras latitudes que golpean sus lanzas contra el piso antes de las batallas. He visto exclamaciones y huelgas in situ de lapiceras caídas ante la aparición de nuevos temas que los indios tenían por obligación leer pero que el civilizador no enfatizó fuertemente (a pesar de figurar, claro, en el programa de estudios) que iba a ser evaluado. El indio Social en situación de parcial se vuelve un ser absurdamente reglamentarista, al punto de cuestionar, ante la adversidad, la propia capacidad del civilizador de ser el sujeto evaluador. He hablado, alguna vez, del indio que exige la revisión de su parcial, quizás tanto o más detestable que aquél que, simplemente, entrega la hoja en blanco confesando no sólo su ineptitud, sino la desidia absoluta que obstaculiza el mínimo esfuerzo por disimular su condición.

No hubo, de todas maneras, situación que me asombre más que aquella en la cual he observado indios realizar pequeñas notas de ayuda en los bancos de sus chozas. Idean, como en la escuela secundaria, complicados mecanismos de transcripción de notas más complejas que los ayuden a saltear el proceso de evaluación de forma exitosa. El indio Social que así actúa, se equivoca. Se equivoca en ocultar del civilizador su actitud corrompida.

Grandes civilizadores son aquellos que no proponen ningún tipo de verificación respecto de la ubicación de los bancos para evitar las artimañas de los indígenas. Castigar un índigena por copiarse es condenarlo al indigenismo por el resto de la eternidad. Los hombres son, he descubierto en mi paso por la choza de Parque Centenario, menos hijos del rigor, y más primogénitos de la soledad ante el mundo. Esa es, quizás, la amenaza esencial que agrupa a los Sociales.

Los civilizadores que no controlan la honestidad de los indios comprendieron que, en el destino de un maduro indio Social que todavía se copia en los parciales, no hay ninguna intervención terrenal que logre devolverlos a la senda de la civilización occidental.

Carnero

Publicado: 1 noviembre, 2010 en Sin categoría

– ¿Y si los indios te conocen?, le observé. -Señor, repuso, yo no los he peleado a traición.

L.V.M



Querido diario,

Recuerdo de mi temprana adolescencia, un constante bombardeo de programas de televisión, psicopedagogas y asistentes sociales que, complotados entre sí, intentaban instalar en nuestras existencias, un diagnóstico respecto a nosotros mismos. Porque ya no se trataba sólo de la complejidad del mundo adolescente con el que uno debía lidiar a golpes de pelos recién crecidos y sensaciones hormonales primigenias: también, ahora, ese comando para-estatal se había propuesto como objetivo de vida, que supiéramos y fuéramos conscientes que vivíamos un momento contradictorio de nuestras vidas. Como si, claro, los que fuesen a venir luego hubiesen sido un baño de claridad y certezas repentinas.

Pero de esa dictadura del psicologismo social, no odié tanto su imposición, como la falsedad sobre las que se asientan sus premisas. La temprana adolescencia es el estadio del ser humano donde, contrario a lo que estos sujetos mal advierten, se tienen más en claro los objetivos. A los quince años, todo está claro: que no se quiere ir a la escuela, que el futuro no existe, que la revolución se hace a los bombazos, y que esa compañera de banco es el amor de su vida.

Y todo este preludio sirve apenas para decir que, con la mayoría de edad, con la renovación del Documento Nacional de Identidad, devienen una serie de responsabilidades, entre las cuales acontece la responsabilidad académica de la formación. Y entonces un grupo de esos adolescentes ingresan a la choza de Parque Centenario, colgados como Tarzán de la liana de una pubertad irresuelta. Y es ahí donde se necesitarían miles y miles de psicopedagogas que ayuden a resolver las contradicciones de un proceso arduo que implica el abandono del sentimiento de grupo que los emparenta con los demás estudiantes. La vida académica es cruelmente individual, y la conformación de tribus Sociales no es más que un intento vano por perpetuar el pelotudeo juvenil.

Sin embargo, no hubo situación que me haya conmovido tanto, como aquella vez en que advertí in situ el pasaje de la adolescencia a la madurez. El indio Social es, de acuerdo a su conveniencia, un ser estrictamente reglamentarista o un anarquista. La cotidiana suspensión de clases, por ejemplo, lo pone en esa disyuntiva. El indio, por ejemplo, adhiere al espíritu de su reglamento cuando cuestiona que una evalución no puede suceder si no se han cumplido una serie de clases previas que le expliquen el contenido de la currícula a ser evaluada (toda vez que el indio Social es un ser más bien oral, incapaz de leer y comprender por sí mismo el material escrito).

Una de esas tantas situaciones me tocó vivir mientras cursaba P***. Las dos clases previas a la evaluación, que era domiciliaria, habían sido suspendidas por motivos que no vienen al caso. La clase siguiente figuraba, en el cronograma de cursada, la entrega de esa evaluación. Se había demorado la llegada del civilizador (o docente), y corría en el aula un murmullo de incertidumbre. El indio Social que duda es, generalmente, un sujeto harto comunicativo, extremadamente sociable y carente de timidez. He visto indios Sociales hacerse de una amistad fraterna para correr a un cyber-café cercano y anotarse como miembro de monografías desconocidas. La llegada del civilizador terminó con las especulaciones: “los que tienen el trabajo, me lo dejan arriba del banco”.

No era, sin embargo, una afirmación asertiva, allí donde dejaba la puerta entreabierta, con la utilización de “los que tienen…”. Si existía la posibilidad manifiesta de que existiesen los que no la tuvieran, entonces, sólo entonces, se podría legal y legítimamente aducir alguna excusa que el civilizador estaba ocultando. Entonces la disyuntiva se volvió atroz, especialmente para quienes sí tenían la evaluación en mano. Porque, cuando adolescente, el espíritu de grupo prevalece siempre sobre el del individuo. Porque, en la escuela, siempre es más importante formar amistades que conocimiento académico. Pero ahora, la situación es diferente. Entregar la monografía es convalidar el carácter verídico del cronograma. El dilema del prisionero se encarna dentro de un aula.

Y mientras muchos dudaban, mientras algunos cobardes escondían sus trabajos enfoliados bajo un cuaderno, mientras otros susurraban indignaciones, uno de ellos, un indio Social de pulóver de llamas y morral bajo las axilas, esgrimió su monografía como quien desenfunda el sable, y la colocó, valiente, sobre la mesa del civilizador.

Entonces los indios Sociales que todavía navegaban los mares de la adolescencia, descubrieron la endeblez de sus embarcaciones, y lo odiaron. Cruzó miradas altaneras en el regreso a su banco, y para evitar provocaciones, decidió bajar la vista. Atravesar el puente de la adolescencia es de un heroismo posmoderno que hace desear la existencia de un Homero que nos relate esa tragedia.

Lo miré, asentí con la cabeza, y tomé mi monografía para subirla al cadalso.

No iba a consentir que se cometa el delito de matar así a un valiente.

Baños

Publicado: 18 octubre, 2010 en Sin categoría

Tesis y antítesis de la vida de una república. Eso dicen que es gobernar y administrar.

L.V.M

 

Querido diario,

Tomados de la civilización occidental, afortunadamente los indios Sociales han incorporado una mínima noción de higiene que consiste en la adjudicación de uno o varios espacios de su choza a la instalación de que lo que nosotros conocemos como baños. Nobleza obliga, debe decirse que, así como las costumbres de comer, beber infusiones o simplemente sentarse, fueron adaptadas pero reinterpretadas por el indio Social, en cambio los baños son quizás el elemento occidental que más puramente ha sido incorporado por la choza de Parque Centenario. En ellos no se vislumbra, tal vez, ninguna de las extravagantes características que he descrito respecto a los indios Sociales.

Mas si mi descripción terminara aquí, sería infiel a lo que mis notas arrojan de aquella experiencia en la choza de los Sociales. Porque es cierto que los baños de los pisos superiores no presentan ninguna especificidad que valga la pena aquí relatar, como es cierto que el baño de la planta baja es, a simple vista, un baño que podría ubicarse en cualquier otro lugar del territorio argentino y pasar desapercibido. Como todo espacio compartido por cierto grupo identitario de personas, el baño de la choza de Sociales es también un espacio de comunicación entre sus miembros. Uno puede leer, en los baños de los pisos superiores, la adhesión sobre los azulejos a algún club de fútbol, alguna declaración de amor y, por qué no, la simpatía política por una tribu u otra. Sin embargo, los mensajes tallados en tinta sobre las paredes del baño de la planta baja, difieren en sus contenidos. Extrañamente largas, dichas exposiciones en fibra sobre azulejos, son afirmaciones generalmente racistas, muchísimas veces antisemitas y mayoritariamente fascistas.

El indio Social se fascina con dichas expresiones. Permanece, incluso, más tiempo de lo normal en el baño de planta baja, como si entrase en una especie de trance, absorto entre mensajes firmados por organizaciones ligadas al catolicisimo recalcitrante y/o las Fuerzas Armadas. El baño de la planta baja es una especie de antítesis de todo lo que el indio Social representa. Porque, digámoslo, ¿qué es una identidad que nunca se ve amenazada? No es nada. Una identidad que no logra delimitarse, que no encuentra un dique de contención en otra identidad, es un río que inunda todo y que, como tal, se diluye. Las tribus indígenas de otrora, generalmente ubicaban sus antítesis fuera de su territorio. Así, cada cierto período de tiempo realizaban expediciones a otros poblados a los fines de entrar en combate, saqueando los fortines de la civilización y tomando rehenes que luego intercambiaban por cabezas de ganado, caballos o territorio. El trasfondo de esa lucha material era, quizás, la formación de una identidad a través del contraste con sus propias costumbres. Pero el indio Social es más bien un ser pasivo, gustoso de la comodidad de su choza. Es por eso que ha logrado hasta construir su antítesis dentro de su propio territorio, a los fines de no tener que movilizarse demasiado para esa tarea esencial.

Aunque carece de duchas, puedo afirmar aquí que el indio Social ingresa al baño de la planta baja, cada cierto período de tiempo, a los fines de darse un baño. Un baño que es, metafóricamente, una ducha de identidad, una confirmación de los valores del indígena Social. Y merece aquí una breve, aunque no menos importante, consideración respecto de dicha identidad. La identidad del indio Social, en lo que a cuestiones políticas refiere, es difusa y errante. Y esa dispersión, esos millones de matices que diferencian a todos y a cada uno de los indígenas Sociales, es la causa de que el único Otro posible, la única identidad contra la cual se puede constituir algo así como la identidad del indio Social, sea el fascismo, el antisemitismo, el nacionalismo estúpido, o, mejor, un combinado recalcitrante de todas esas identidades.

Existen varias hipótesis acerca de la existencia de estos energúmenos fascistas y antisemitas. La más osada sostiene que dichos mensajes son producidos por los propios indios Sociales, en una construcción hegeliana y artificial de la idea de un Otro interno. Mi trabajo de campo descree de esta suposición, e incluso creo que hay, tras ello, una suerte de peligrosa apología de dichos mensajes.

Más bien, tiendo a creer que la choza de los indios Sociales es una reproducción a escala de la totalidad humana. De las pocas satisfacciones que me he llevado en la choza de Parque Centenario, tal vez esta sea la más esperanzadora.

Que hasta los indios Sociales han podido encerrar a la estupidez en un baño.