Archivos para febrero, 2011

Teóricos

Publicado: 17 febrero, 2011 en Sin categoría

La conversación familiar es como la nuestra, llana, fácil, sin ceremonias, sin figuras, con interrupciones del o de los interlocutores, animada, vehemente, según el tópico o las pasiones excitadas. La conversación en parlamento está sujeta a ciertas reglas; es metódica, los interlocutores no pueden, ni deben interrumpirse: es en forma de preguntas y respuestas.

L.V.M

Querido diario,

Las materias que cursan los indios Sociales se dividen, por lo general, en dos cursadas semanales. Los indios denominan a una de esas dos tipos de clases “teóricos”; a la restante, le cabe el mote de “prácticos”. En Occidente, esa distinción significa que, en las primeras, se tratarían los temas desde un punto de vista abstracto, y que en el segundo tipo de clase, se vería su aplicación práctica. Mas los indios, sabemos, modifican las acepciones de los conceptos que toman de la civilización occidental y los resignifican.

Pero en la choza de los indios Sociales, la distinción obedece a otras características. Las clases teóricas se distinguen de las prácticas por una particularidad: en aquellas la intervención del indígena es más riesgosa. La clase teórica es el ideal occidental de la pedagogía moderna: un docente se para frente a una masa de individuos y expone las herramientas necesarias para acercarse a un tema o, generalmente, a un autor en particular. La dificultad de poner en práctica la disciplina que estudia el indígena Social, no surge sólo al tener que encontrar un trabajo digno y decente en la civilización occidental, sino también en el momento de abordar el estudio desde las clases prácticas. Allí los indios han optado por considerar una clase como “práctico” cuando la misma es permeable a ser interrumpida con cualquier tipo de comentario referido – o no- a aquello que se discute en la materia. Esa definición habla mucho del indigenismo Social: han descubierto, allí, que su única practicidad, y luego, su única utilidad, consiste en dominar algunas artes de la retórica y el razonamiento. Podríamos definir entonces, más taxativamente, la distinción: una clase es “teórica” si, y sólo si, el docente, dentro de un determinado territorio (el aula), reclama (con éxito) para sí el monopolio de la palabra legítima. No considerarán los indios, a las clases como prácticas, allí donde no puedan ejercer legítimamente sus derechos a opinar a mansalva sobre temas que pueden, o no, conocer.

Las clases prácticas son, por supuesto, tierra de nadie. Así lo demuestra el hecho de que el plantel de civilizadores que se destinan a dicha homérica tarea consista en jóvenes y optimistas héroes ad honorem. El solo hecho de plantarse frente a esa turba de indígenas ávidos por expresar sus opiniones los convierte inmediatamente en héroes de la modernidad y la vida en sociedad y, debo advertir, algunos de ellos logran el cometido de llevar adelante algo así como una verdadera clase. Pero muchos sucumben ante una terrible evidencia que recorre la choza de los indios Sociales. No es un fantasma, pues éste podría eventualmente combatirse, lo que recorre esa aldea pre-moderna, sino un virus incombatible: el partipacionismo radicalizado. A pesar de la alimentación irregular a base de sandwiches de pan árabe, las dosis salvajes de tabaco, mate y alcohol que consumen los indígenas, los indígenas tienen buena salud física. Sin embargo, hay una enfermedad desarrollada en los últimos tiempos (cuya responsabilidad obedece pura y exclusivamente a las reformas aplicadas por trabajadores sociales y psicopedagogas en el nivel primario y secundario de la educación argentina) que promete terminar con cualquier posibilidad de reinsertar al indio en la vida occidental.

El indio Social ama y desea de manera enfermiza la participación en clase. Las instituciones del Estado cometieron no sólo el error de dejar ingresar semejante virus, sino también de fomentarlo. En algún momento de nuestra historia, ejércitos de psicopedagogas salieron a la vida pública a manifestarse abiertamente en favor de la participación del alumno en clase. Años de fantástica educación sarmientina y positivista fueron derribados por este neo-revisionismo que dejó un saldo cruento: la participación comenzó a ser valorada, per se, como un valor positivo, independientemente de sus límites, contenidos y regulaciones. El resultado es funesto. El resultado es la radicalización de la esencia del indio Social. Si antes había un mínimo de pudor, ahora la ética pos-moderna habilitaba a los indígenas a explicitar uno de sus peores rasgos. He visto a los mejores indígenas de mi generación, convertidos en Titíes Fernández. Los he visto poner sus brazos en alto para realizar afirmaciones difrazadas de preguntas, al estilo de “jugaste un gran partido”. Suponiendo que toda participación resulta satisfactoria, el indio Social se sintió libre para compartir con el resto de la Humanidad sus consideraciones respecto a toda clase de acontecimientos. Los he escuchado proponer nuevos temas de debate, aportar datos biográficos irrelevantes de autores, los he observado, y mis manos tiemblan mientras escribo esto, llevar recortes de diario, cual niños de primaria, para proponer actividades relacionadas a ello.

Ante ese panorama, las clases teóricas se han convertido en el lugar de resistencia del conocimiento realmente posible. Trincheras de ideas que alojan a los últimos de los positivistas, frente al relativismo invasor que amenaza con igualar a indígenas y civilizadores. Las clases prácticas son más concurridas -en cuanto a asiduidad y no a número, ya que los teóricos convocan a indios de todos los prácticos – y sin embargo, durante mi estancia en la choza de Sociales, he tenido una asistencia casi perfecta a todos los teóricos. Me suponía, ese voluntarismo, una manifestación en favor del conocimiento y la civilización.

He experimentado situaciones de pánico físico en Sociales. Cualquier indio que haya viajado en esos vacilantes ascensores de la choza de Parque Centenario puede dar fe. He cursado materias con evidentes y empíricas pruebas de que las estufas se encontraban emitiendo gases mortales. Hemos descendido por escaleras que han resistido el peso de indios en situación de campaña electoral, más por gracia divina que por procesos físicos. Y, sin embargo, ninguna de estas situaciones límites, produjo en mí tanto temor, tanto pánico, tanta incertidumbre respecto al futuro, como cuando presencié un intento de invasión participacionista en un teórico.

Debo decir, aquí, que no se trataba de cualquier teórico. Debo decir, también, que así como grandes civilizadores logran mantener un mínimo de cordura en clases prácticas, así también algunos civilizadores de teóricos han decidido abandonar sus banderas y permitir el desbande Social. Pero esta vez, me encontraba ante una de las torres, o más. Podría decirse que me encontraba en el teórico a quien el Estado Nacional Argentino había designado como la roca para edificar la trinchera del positivismo en la choza de los indios Sociales. A capa y espada, el profesor N***, importado de otra facultad para evitar el choque de intereses y la empatía con esa clase específica de indios, defendía con valentía y entereza cualquier intento de ingreso del participacionismo. Grandes causas requieren métodos atroces, y así como el profesor N*** había minado su castillo de sabiduría verdadera con grandes prácticos que aguantaban la avanzada participacionista, así también amuralló sus propios teóricos, impidiendo el ingreso, sin ponerlo a consideración de la indiada, de indígenas ajenos a su cursada que promocionaban posturas políticas y productos.

Fue en ese teórico, que permitía disfrutar de bellezas tales como clases de una hora y cuarenta y cinco sin ningún tipo de interrupción, donde por primera vez sentí temor. El profesor N*** discurría en explicaciones sobre su materia, sin permitir preguntas al respecto. Los indios desarrollaban estrategias ante esas murallas, y disfrazaban sus opiniones personales de preguntas. Rápido de reflejos, el civilizador los remitía a partes del texto y seguía con su clase sin perder, jamás, el eje. La salida era inapelable: no sólo que era cierto que las respuestas a las preguntas indígenas se encontraban en los textos a leer, sino que ninguno de los indígenas podría haberlo sabido (puesto que el indígena no lee, jamás, antes de una clase teórica, porque el indígena encuentra que el único motivo para estudiar es poder manifestarlo en una clase).

Un día trascendental, dibujado de cualquier otro día, como suelen hacer los días trascendentales, un indio Social osó levantar la mano para realizar un comentario. El civilizador N*** hizo, como era su costumbre, caso omiso de la requisitoria. Los minutos fueron pasando y la mano en el aire interrumpía ese clima de paz social que garantizaba el civilizador. Entonces el indígena, abombado por los vahos de la soberbia, decidió tomar la palabra sin el permiso correspondiente y realizó una serie de consideraciones sobre algún autor. Pero ya no era importante el contenido de sus palabras, sino el hecho de que la disputa por el monopolio de la palabra estuvo a pasos de convertirse en realidad.

Entonces pensé en la destrucción. Me grafiqué, imaginariamente, la choza de Parque Centenario implosionando cual la casa Usher, con sus indios disparando en todos los sentidos, e infestando de participacionismo radical al resto de la civilización occidental. Indigenas participando alocadamente en reuniones de consorcio, en debates senatoriales, manifestando sus opiniones en la cola del colectivo, en plazas, parques, pequeños indiecitos, hijos de indios mayores, cuestionando las reglas del jardín de infantes. Y temí. Temí que el civilizador N***, aún en toda su grandeza, no pudiera  con la presión de salvar a la Humanidad de su propia destrucción.

Sólo entonces el civilizador se quitó los lentes, miró al indígena que estuvo a punto de terminar con la Humanidad, y lo invitó, con voz firme y cansina, a retirarse del aula.

– Vuelva cuando sepa de qué habla el autor -fueron, tajantes, sus palabras.

Y el indígena quedó en evidencia. Sus piernas temblaron y, aunque no se retiró, se desplomó sobre su silla e intentó esconder su vergüenza con cierta cara de solemnidad y supuesta valentía. A pesar de que había dado en el clavo, de que había desnudado la naturaleza arbitraria del cuestionamiento indígena, la actitud del civilizador fue reprobada por la mayoría de quienes se encontraban en el aula. El profesor N***, se diría después, había censurado a un indígena por opinar distinto. Ciertamente, el civilizador hizo frente a una especie de tribunal de disciplina, donde los indios participacionistas reivindicaron su derecho a conquistar los territorios de la ciencia sin ningún tipo de fundamente. El civilizador fue levemente advertido.

Poco le importaban las consecuencias que sobre él hubiesen recaído.

Los dragones que, a escupitajos de fuego, cuidan los castillos, jamás se preguntan por la salud de sus gargantas.

Sólo saben que su tarea es repeler a los invasores.

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Bolita

Publicado: 9 febrero, 2011 en Sin categoría

Cuando creemos llegar a la cumbre de la montaña con la piedra nos derrumbamos a medio camino. Nos creemos al borde de la playa apetecida y nos envuelve la vorágine irritada. Esperamos ansiosos la tierna y amorosa confidencia y nos llega en perfumado y pérfido billete un ¡olvidadme! Ofrecemos una puñalada y somos capaces de humillarnos a la primera mirada compasiva.

L.V.M

 

Querido diario,

En un lugar de la choza de Parque Centenario, cuyo nombre no quiero recordar, existe una materia diferente a todas. Es una materia que los indígenas ansiosos por llegar al final de su carrera, utilizan a la manera del comodín en el juego de naipes. Fue de las últimas materias que cursé y lo hice, efectivamente, con mi amigo Quique. Él había conseguido un pasaje para irse a Europa, y necesitaba recibirse cuanto antes. La materia termina con un trabajo final que se puede entregar en el mismo cuatrimestre, no lleva demasiado tiempo, nos habían dicho, y es de cursada sencilla. Al menos, eso creímos.

Estuvimos un par de semanas sin vernos con Quique, así que nos encontramos media hora antes del horario de inicio de la clase. Lo cual nos permitió casi una hora de charla, puesto que la primer clase en la choza de los indios, comienza siempre con un buen retraso, a los fines de demarcar la relación de sujeción del indígena con el civilizador. Le manifesté a Quique mi acuerdo con dicha práctica, quien coincidió en que sólo se puede domesticar un lugar con semejante horizontalidad en el poder, por medio de pequeñas manifestaciones violentas de poder, como llegar tarde, cambiar arbitrariamente las fechas de parciales y elegir autoritaria y maravillosamente la fotocopiadora donde se ubicarán los apuntes. La charla discurrió por esos menesteres, además de contarme que estaba cansado de su trabajo en la subsecretaría y que tendría una entrevista en una reconocida consultora política. Al rato comenzamos a imaginar de qué se trataría la materia. El título, que no recordaré aquí, prometía al menos algo hilarante. Las referencias que habíamos recibidos, hablaban de cierto relajamiento en el curso de las mismas. Yo me negué a creer que hubiera un escalón más alto que el relajamiento generalizado de la choza de Parque Centenario. Lo que no sabía era que no había un escalón más. Había que tomar algunos ascensores para llegar a semejante grado de desidia educativa.

De por qué terminé besando en el cachete a un indignado Quique, es algo que todavía no puedo recordar. Me dijo que si volvía a hacerlo, debería tomar la decisión de cagarme a trompadas o dejar trunca la amistad, y que ambas variables, a saber, ser amigos y no cagarme a trompadas por besarlo en el cachete, eran excluyentes. Le señalé el frente de la clase en una especie de disculpa improvisada. Lo que quería decir, en verdad, era que la joven profesora, había requerido que los alumnos se besaran, como forma de presentación. Quique tomó mis cosas, aprovechó el tumulto que se había generado, y nos movió sin mi consentimiento a unos bancos en el fondo del aula, a los fines de evitar cualquier otro tipo de contacto físico con el resto del obediente malón, que procedía casi sin cuestionamientos a semejante práctica.

Quique dibujó dos palotes grandes en su hoja, tachó uno de ellos y me acercó la hoja. Años cursando juntos me permitieron comprender al instante la metáfora gráfica: le daría una oportunidad más a la materia. La siguiente clase transcurrió sin novedad, aunque los tópicos y la voz aniñada de la joven civilizadora nos irritaban por igual. La tercer clase, sin embargo, terminó de desmadrar la situación. La civilizadora repartió entre nosotros una fotocopia mal sacada, con imagenes de seres humanos en distintas posiciones. Como un mago berreta, eligió al azar un grupo de indígenas entre los cuales designó a Quique. Una calma chicha, aquella anterior a la tormenta, suerte de ojo del huracán donde las cosas parecen estables, comenzó a circular en el ambiente, cuando todos los participantes pasaron al frente del aula, a excepción de Quique, quien miraba al frente como si nada estuviese ocurriendo. Entonces le dije por lo bajo que piense en Europa, y accedió a acercarse al frente. De todas formas, no había forma que la experiencia culmine satisfactoriamente.

Los ojos de Quique comenzaron a llenarse de sangre (él no me cree, pero yo vi una gota de sangre salir de su boca) cuando vió cómo la civilizadora hizo que varios de los índigenas practicaran una serie de posturas ante la agresión de un policía imaginario, representado por un ayudante de civilizador. Él ni siquiera reía, y si bien yo lo intenté, tenía más ansiedad por ver su reacción que por disfrutar ese extraordinario momento. Entonces llegó la hora señalada, el turno de Quique.

– Hacete bolita – le dijo la civilizadora.

Y por un segundo, el mundo fue un lugar perfecto para vivir. Sentí lo que era la verdadera alegría en su máxima expresión, con esa mezcla que la endulza, ese sentimiento de querer detener el mundo ahí y vivir para siempre ese momento.

– Así, bolita -refirió la civilizadora, suponiendo que la pasividad de Quique se debía a una incomprensión.

Y cuando todo podría haber terminado en verdaderos episodios de violencia, en cambio pude ver el clímax menos esperable para semejante suceso. Un señor de casi 27 años, vestido de traje, fingiendo ser un bicho bolita en el suelo, mientras otro señor no mucho más grande, hacía las veces de policía que lo golpeaba con un palo imaginario. La sorpresa fue tal, que luego le pregunté a Quique por qué, de todas las reacciones posibles que imaginé, había decidido acceder al petitorio. Me manifestó que grandes agravios requieren grandes respuestas, y que necesitaba enfriarse un poco para pensar la contraofensiva. Que así, en caliente, sólo le quedaba prender fuego su pasaporte, abandonar la materia y olvidarse de Europa.

Al revés de lo que supuse, Quique no volvió a aparecer por las clases. Lo imaginé ofuscado, incapaz de enfrentar semejante humillación, no con los indígenas, sino consigo mismo. Sin embargo, me llamó un día y me pidió que firme por él, una práctica extendida entre los Sociales, que consiste en asumir la identidad ajena a la hora de pasar la lista de los presentes, y que habíamos llevado adelante en una multiplicidad de materias a las que nos turnábamos para ir. No volvió a darme otra directiva, salvo esta. Me pidió le averigue si el trabajo final podía ser presentado en video y fue entonces cuando me preocupé. Tuve miedo que su experiencia como bicho bolita humano lo hubiera convertido al indigenismo Social, que haya tenido algún tipo de revelación que lo lleve a una vida de mate y pulóveres de lana. Era muy de indio Social proponer alternativas de evaluación. Casi, pensé, un sacrilegio. Pero le debía a mi amigo, al tipo que me había hecho pasar semejante momento de gratitud, ese pequeño favor. La civilizadora accedió al pedido con muchísima efusividad, y tuve ganas de incendiarme a lo bonzo el día que comentó, delante del resto de los indios, la propuesta que llevaríamos con Quique, de una evaluación final en video.

El día de la evaluación, Quique no llegaba. Aproveché esos quince minutos que tardó para pensar que debía dejar de seguir los impulsos de cada limado que conozco, cuando la civilizadora pronunció nuestros nombres. Las imposibilidades tecnológicas de la choza, me dieron unos minutos más (pasar un video, en Sociales, es una tarea de una épica mayor a la de la conquista de Jerusalén).  Sin más excusas para dar, estaba a punto de renunciar a la materia, previo pedido de disculpas, cuando Quique entró, triunfal, por la puerta del aula, luego de correr una silla que hacía, claro, las veces picaporte. Levantó, como una bandera de la victoria, un VHS y lo introdujo en la rústica videocassettera. Aproveché la oscuridad y me acerqué para preguntarle qué debíamos decir, cuál era, por lo menos, nuestro tema. Me dijo que espere.

Entonces arrancó el video, que constaba de dos escenas.

En la primera, estaba Quique en una situación de entrevista laboral. Era una consultora política reconocida por todos rápidamente. Un empleador le hacía a Quique las preguntas de rigor, y pasando por su vida académica, preguntó:

– Estudiaste en la UBA, ¿cómo pensás que podés aplicar tus conocimientos acá?

Un in crescendo (intuyo que era Mozart) acompañaba musicalmente la escena en la que Quique se arrojaba al piso frente al empleador y simulaba ser un bicho bolita. El empleador corrió su silla hacia atrás, y le preguntó a Quique si se sentía bien.

– Me siento bárbaro, le estoy mostrando las cosas que aprendí a hacer.

La escena cortaba ahí y se iba a negro, cuando vimos que la civilizadora se acercaba a cortar la transmisión. Pero entonces, comenzó la segunda escena. Quique se encontraba en un evidente edificio público, cuando un hombre que se identificaba como subsecretario de algo le pedía que apure un expediente que debía salir en ese instante. La escena, por repetitiva, no dejaba de ser hermosa. Quique se arrojaba nuevamente al suelo, y comenzaba a arrastrarse, cual bicho bolita, a los pies del subsecretario. Cuando llegó a él, además, lo besó en el cachete.

El nerviosismo fue mayor cuando pude ver que el subsecretario existía de verdad, que era el verdadero jefe de Quique, y que las situaciones no habían sido recreadas, sino filmadas con cámaras ocultas por mi amigo. Entonces terminó el video y la civilizadora, aunque lo intentó, no pudo no reprender la actitud de Quique, y expresó que ambos deberíamos recursar la materia. Quique no lo escuchó, porque ya había tomado sus cosas y se acercaba a la puerta. Pero entonces se volvió y dijo a viva voz:

– Les dejo una segunda enseñanza: si viene un policía, un representante del Estado, prueben con entregarle el DNI y colaborar. A veces es más efectivo que hacerse bolita, y no se les ensucia la ropa.

Lo agarré afuera y le pregunté si era pelotudo. Me pidió disculpas y se ofreció a inscribirme, firmar mi presencia y hacer el trabajo de una materia en el próximo cuatrimestre. Le pregunté por su trabajo, y me dijo que lo habían echado, que ya conseguiría otro. Le pregunté si había pensado lo de Europa, y me dijo que Europa seguirá estando allí por cientos de años más. Entonces amagó con irse y completó la frase. Me dijo que el trabajo y Europa continuarían allí independientemente de lo que él haga. Pero que lo que no podía soportar, era que más indios Sociales vivan con ese tormento que nosotros, de no ser por su actitud heroica, íbamos a sufrir.

Como quien juega al chin-chón y emplea el comodín para cerrar una conga, los indios que se reciben con esta materia reconocen, en lo más profundo de su ser, que no han alcanzado la verdadera pureza.

Piedras en el zapato que les recordarán, todos los días, mientras caminan, que nunca, nunca, se deja de ser un indio Social. Que no hay traje, ni portafolio, ni trabajo decente que los reconvierta en otra cosa diferente a la que son.

Indios.

Guaraní

Publicado: 7 febrero, 2011 en Sin categoría

No hay un arroyo, no hay un manantial, no hay una laguna, no hay un monte, no hay un médano donde no haya estado personalmente para determinar yo mismo su posición aproximada y hacerme baqueano, comprendiendo que el primer deber de un soldado es conocer palmo a palmo el terreno donde algún día ha de tener necesidad de operar.

L.V.M

Querido diario, 
En tiempos inmemoriales, la inscripción de los indios Sociales a las materias que gustaban de cursar, se realizaba personalmente. Filas monstruosas de indígenas que terminaban en una pequeña ventanilla y una urna, recorrían los pasillos de la choza. El murmullo se volvía un grito ensordecedor, mientras los indígenas buscaban el equlibrio imposible entre la calidad de sus educaciones y la necesidad de confraternizar con otros indígenas. El modelo era inviable desde el lugar donde se lo mirase. Cientos de papeletas sin demasiadas referencias, una urna símil madera y el trabajo homérico de tener que procesar esas solicitudes, hacían de la arbitrariedad la única regla. A todas luces, la necesidad de un cambio era evidente, y es el cambio, hay que decirlo, una de las divinidades a las que los indios temen y resisten con mayor esfuerzo.

Casi cinco mil años después que el Hombre inventase la rueda, dos siglos luego de que el ferrocarril se pusiera en marcha, luego de treinta años de que un ser humano pisase la Luna, y unos veinte de que se desarrollase el germen de la Internet, el indio Social comprendió que podía utilizar los avances tecnológicos a los fines de volver más confortable el proceso de inscripción a las materias. Los indios más avezados en el tema intentaron que la noticia no se disipe entre los pobladores. Sin embargo, el rumor comenzó a correr. Máquinas extranjeras, alquímicas, comenzarían a procesar los datos de manera tal que el indio no debía acercarse a la choza a realizar sus inscripciones. Las fuerzas productivas comenzaban a desgastar las relaciones de producción de los indígenas sociales, y un cierto resquemor se respiraba en el ambiente de la choza de Parque Centenario.

Sucesivos inconvenientes tecnológicos provocaron ese cuello de botella donde lo nuevo no terminaba de nacer, y lo viejo, sostenido en principios indigenistas de resistencia a las modificaciones, se negaba a morir. El indio Social es antes que nada un ser temeroso de la incertidumbre. Ha creado, por ello, un sistema de convenciones que funcionan sistemáticamente. La choza de Parque Centenario es un lugar milimétricamente diseñado y programado para funcionar y seguir funcionado, por el resto de la Eternidad, de igual manera. Modificar ese paisaje de febrero, con altas temperaturas y tediosas filas de horas y horas, generó una cierta resistencia que, si no fue victoriosa, al menos logró negociar las condiciones de la rendición.

El sistema SIU-Guaraní, un software diseñado dentro de comunidades indígenas más avanzadas, fue elegido para procesar por medios informáticos las solicitudes de los indios Sociales. El nombre constituye una declaración de principios acerca de hasta dónde estaba dispuesto el indio a soportar una transformación en su paisaje habitacional. El indio Social no entregaría sus banderas fácilmente, y así fue que decidieron nombrar a un sistema que significa un avance, con un nombre que referencie una cultura ancestral. Pero la resistencia no quedaría ahí, y entonces se vuelve necesario ser claro en este sentido: el sistema informático SIU-Guaraní es uno de los más perfectos que se hayan desarrollado en el mundo a lo largo de toda su historia.

El sistema informático de la choza de Sociales tiene algunas particularidades. Acceder a la información es un viaje de travesías por distintos clicks aquí, enlaces que no funcionan, datos que aparecen pequeños o en colores ilegibles. Los nombres de las cosas se modifican a medida que uno pasa las pantallas. La posibilidad de interacción con la misma es casi nula, y todo el tiempo hay un ofrecimiento de bajar archivos, provocando un caos virtual de tránsito propio de la ciudad donde se emplaza la choza de los indios.
Dichos obstáculos son, apenas, una gilette acostada que hay que saltar, en comparación a lo que sucede los días en que se realiza el llamado a la inscripción. Por comenzar, debe el indio tener la fortuna de haber sido anoticiado de dicho suceso. Las causas para que ese alerta se produzca son dinámicas, es decir, se modifican a lo largo del tiempo. Como Heráclito, nadie se entera del llamado a inscribirse dos veces por el mismo medio. A veces es un amigo, a veces un cartel que apareció azarosamente mientras un indio leía, desganado, el plan de evacuación de la choza. Si el indio Social sortea este primer escollo, hacerse con la información, debe contar con la suerte de haber caído en el rango de tiempo en que su carrera ha habilitado el sistema, que misteriosamente siempre es un período de tres días.

Los pasos subsiguientes son simplemente tortuosos. La inscripción comienza, vaya a saber por qué designio divino, a las 10 de la mañana. A la manera de la constitución inglesa, ese dato es transmitido de boca en boca, de generación en generación y no se encuentra escrito, bajo alguna pena indígena, en ningún lugar del planeta entero. Durante las primeras horas, el acceso es imposible. El sitio está, sencillamente, caído. Centenares de indios se arrastran virtualmente hasta las puertas de la inscripción a alguna materia, donde son detenidos por guardianes informáticos que adquieren la identidad de número: Error 504 es apenas uno de los sucesos cyber-kafkianos con los que es posible toparse. Algunos dan un paso más, para luego dudar existencialmente si la requisitoria ha sido tomada en cuenta por el dios Guaraní. Comprobarlo es tan fútil como intentar conocer el éxito efectivo de una plegaria. Sólo algunos indios, baqueanos ellos, conocen a la perfección el lugar exacto donde se ubica cada una de las cosas en ese mundo virtual.

Quienes lean estos dos últimos párrafos, supondrán que cometí un error al referirme al SIU-Guaraní como el mejor sistema informático de la historia de la Humanidad. Y, sin embargo, ello es absolutamente cierto. En donde quizás hemos tergiversado extractos de esta historia, es allí donde supusimos que la renovación tecnológica venía a suplantar las prácticas del indio Social. Quizás la intención primaria haya sido esa, y la experiencia del resto del mundo Occidental lo confirma. Pero el indio resistió al cambio con una efectividad asombrosa, y logró reproducir tecnológicamente sus propios usos y costumbres, sin modificarlos un ápice. Que el SIU-Guaraní comience a las 10 de la mañana, cuando la tecnología permitiría programarlo para que coincida con el comienzo del día, no es una arbitrariedad, sino el resultado de una relación de fuerzas. Al indio no se le ganará la batalla intentando modernizarlo, porque su capacidad de resistir los cambios es absoluta. Hegeliano hasta la médula, no permitirá jamás, un indio Social que se precie, que ninguna fuerza material le modifique su espíritu: el indio es capaz de instalar un comedor, si hiciera falta, en un radar aeronáutico. Algunas hipótesis sugieren que se trata de una estrategia del indio para complicar el ingreso de fuerzas invasoras. Otros aseveran que el sistema informático en verdad no existe, o que sólo consiste en un programa que imprime las solicitudes en un cuarto gigante ubicado en el piso fantasma de la choza de Parque Centenario, donde cientos de indios encarcelados hacen el viejo y seguro trabajo manual de procesarlas.

Sea cual sea la verdad, el SIU-Guaraní es perfecto allí donde logró su cometido. Un sistema informático es perfecto en el momento en que logra traducir a la perfección las requisitorias humanas. El SIU-Guaraní ha logrado trasladar, pieza por pieza, ese ritual espantoso de la inscripción burocrática, al mundo de la virtualidad. Se pueden padecer las mismas penurias que sufren los indios Sociales, sólo ingresando en su página de internet e intentando llevar adelante cualquier tipo de trámite.

Los indios Sociales descreen del Home Banking.

Porque, aunque de apariencia ateos, no hay nadie que milite más fervorosamente que un indio Social la necesidad cristiana de sufrir, en vida, los tormentos más cotidianos.