Archivos para septiembre, 2010

Beca

Publicado: 29 septiembre, 2010 en Sin categoría

Que conteste ese venerable sacerdote, que diga él a quien el Gobierno y los ricos de Buenos Aires le han dado plata para que rescate cautivos, si no es cierto lo que acabo de decir.

L.V.M

Querido diario,

El Estado nacional utiliza diversos elementos simbólicos y materiales para garantizar la fidelidad de sus ciudadanos; el respeto al monopolio de la violencia física es más una seducción que una amenaza. Hacia 1880, el Estado argentino podía más o menos dar la disputa por la violencia y ganar por un gol o sacar un empate en casi todo su territorio. Había controlado hasta la última tribu indígena del país, pero Julio Argentino Roca no sabía que fomentar la instalación de instituciones educativas llevaba dentro el germen de su propia discusión. Las profesiones liberales, un siglo más tarde, casi, arrojarían al escenario nacional una nueva forma de disputa: la de otra tribu indígena, en este caso los Sociales, que transformarían radicalmente la forma de luchar con y contra el Estado.

Observaba Coleridge que los hombres nacen aristotélicos o platónicos; que los platónicos sienten que las clases, los órdenes y los géneros son realidades, y que los aristotélicos intuyen que son generalizaciones. Y Coleridge tenía razón, en tanto que describía a los Hombres y no a los indios Sociales. Los indios Sociales son, metafísicamente, el perfecto punto medio entre el hombre aristotélico y el platónico. Es platónico, porque le otorga a los órdenes y las clases el carácter de lo real (de ahí que, por ejemplo, al indio Social le parezca el mismo suceso una clase dictada por un profesor que por él mismo); pero es aristotélico, ahí donde nadie, como el indio Social, se conoce a sí mismo.

De ese conocimiento de las propias limitaciones, el indio Social entendió que de ninguna manera podía dar una disputa contra el Estado. El indio Social intuía que fusionarse hacia dentro del Estado le quitaría la posibilidad de desarrollar su modo de vida. Si estatizaban al indio Social, miles de pulóveres de lana serían intercambiados por trajes y corbatas; cientos de rastas mutiladas por el cuchillo igualador de la burguesía; mates lavados y termos bajo el brazo serían rápidamente abandonados en favor de tazas de café y portafolios. No, el indio Social no abandonaría su forma de vida. Por el contrario: se haría del Estado, se haría con una pequeña parte olvidada del Estado, para reproducir allí dentro sus pésimas condiciones de vida.

Cuando quiso acordar, el Estado nacional tenía en su seno una pequeña tribu que había creado de facto su propio reservorio natural. Ello no constituyó un problema mayor -puesto que otros lugares del Estado han sido ocupados salvajemente, por ejemplo, por ese ejército invencible de ocupación que es el empleado público -hasta que los indios Sociales decidieron salir de su territorio ocupado e intentar influir en los acontecimientos ajenos a sus chozas. Cuando la barbarie del indio Social se hizo demasiado visible, el Estado decidió intervenir.

Pero corría entonces el atardecer del siglo XX, y la violencia no era la respuesta. El Estado debía, indefectiblemente, idear nuevos mecanismos para reencauzar a los indios Sociales. Fue entonces que maquiavélicamente se apeló al instinto más bajo de los humanos: el vil metal. El indio Social, hay que decirlo, es un asceta. No posee más que algunos cacharros para la bebida del mate, unos pocos ropajes y quizás algún medio de locomoción propio, que no pasa de una bicicleta. A pesar de un calvinismo militante, todo Social lleva dentro un niño con la nariz pegada en la vidriera de la juguetería, ansiando entregarse a los placeres más bajos del consumo occidental. Y el Estado nacional descubrió esa característica y comenzó a explotarla, lentamente, hace algunos años.

Con una sutileza asombrosa, el Estado disfrazó con el nombre de “beca” a la emisión de dinero a cambio de unos supuestos estudios sobre cosas que debía realizar el indio beneficiario. Porque de esa manera, el indio Social no se sentía comprado, sino intercambiando su “fuerza” de trabajo como indio libre. Y de a poco, el Estado nacional lo iba quitando del reservorio natural de Parque Centenario, ofreciéndole un mundo de sillas cómodas y habitaciones calefaccionadas.

La beca Conicet es el órgano civilizador de indios Sociales más ambicioso de la República Argentina. A través de este plan orquestado por los servicios de inteligencia, todos los días miles de indios Sociales comienzan a tomar contacto con el mundo capitalista occidental, a través de consumos en lugares verdaderos, trabajos reales, utilización de transporte público e interacción con hombres y mujeres de la civilización.

Hasta el día de la fecha, miles de indios Sociales han sido rescatados de usar zapatillas de lona hasta los 36 años, y hoy lucen unos decentes zapatos con camisa (los indios conservan, de todos modos, reminiscencias de su pasado aborígen: gerentes de grandes bancos han sido vistos decorando sus oficinas privadas con afiches pintados con témpera).

El Conicet, aseguran algunos, es a los indios Sociales lo que los casinos a los indios norteamericanos.

La civilización por su cara más amable: el consumo.

Autorictas

Publicado: 27 septiembre, 2010 en Sin categoría

Yo creo en la Constitución y en las leyes; y un viejo muy lleno de experiencia que me suele dar consejos, me dice: todos gobiernan lo mismo, no es Rosas el que no puede.

L.V.M

Querido diario,

Cada cierto período predeterminado de tiempo, el indio Social se apodera totalmente de las instalaciones en donde vive. No es que el indio Social no sea propietario de sus instalaciones el resto del tiempo. De hecho, todo lo contrario. No hay, en nuestro país, tanta apropiación de un sector del Estado como la que el indio Social realiza con sus instalaciones.

El indio Social es autónomo en el sentido más literal de la palabra: en el dictado de sus propias normas de acuerdo a sus necesidades más específicas. Y si esas normas van contra las reglas que rigen al resto de la población, peor para esas normas. El indio Social ha tenido una gran capacidad para retomar sus hechos fundantes y convertirlos en escudo de resistencia contra el presente. Mi amigo Quique solía decir que la Universidad de Buenos Aires era como el Estado de Israel (y digo solía no porque Quique haya muerto, sino porque tiempo después se puso de novio con la hija de un rabino y dejó de hacer esta clase de chistes), toda vez que construye su necesidad de tener un territorio propio, en referencia a hechos atroces del pasado. Bordeando el antisemitismo -que el propio judaismo de Quique luego niega -la teoría es, sin embargo, perfecta. Las chozas de los indios Sociales les pertenecen por la culpa histórica que el Estado argentino siente por “La noche de los bastones largos”, hecho fundante por excelencia de la autonomía de indios Sociales. Su imagen recuerda el ingreso del Estado al establecimiento de los Sociales, y aquella brutalidad permite a los jefes indios Sociales asociar cualquier intento de ingreso del Estado con represión feroz.

Quique dice, entonces, que la culpa de todo su sufrimiento en Sociales es de Onganía, y con el tiempo acuñamos un insulto que utilizábamos ante cada exceso de los indios Sociales: “me cago en Onganía”. Yo fumo y Quique no, y cada vez que encendí un cigarrillo dentro de la choza de Sociales -prohibido por toda clase de leyes y causal de sanción en cualquier otro establecimiento del Estado- Quique me pedía que le agradezca, antes, al General Onganía.

Esa construcción alegórica que iguala Estado y represión, contribuyó a instalar en las chozas de los indios Sociales, la única experiencia exitosa del anarquismo en la historia argentina. Hay que decirlo sin escandalizarse: en Parque Centenario, campo de mis estudios sobre los Sociales, aunque en el resto de las chozas de los Sociales también, no existe la concepción de “gobierno”. El orden de los Sociales es un conjunto de casualidades. Que a la mañana las puertas estén abiertas es un hecho tan casual como que haya provoleta en una parrilla. Es tan posible que suceda como que no.

Y el gobierno de los procesos sociales no existe porque, previamente, el indio Social carece empíricamente de la noción de autoridad. Nadie, entre los Sociales, tiene sobre el resto sino poderes circunstanciales. Yo he visto a tipos que leen a Kant en alemán tener que arrodillarse ante el maestranza que monopoliza la tenencia del palo que permite cerrar la ventana para no morir congelado. El poder, en Sociales, es exageradamente foucaultiano: fluye tanto entre los Sociales, que nunca lo posee, verdaderamente, nadie.

La inexistencia de autoridad choca con el principio básico de la universidad: aquello de impartir conocimiento. Algunas características particulares otorgan cierta legitimidad de poder: la permanencia incondicional dentro de la choza es una de ellas. Curiosamente, ninguna de esas características hacen a la formación académica. El indio Social cree que el único respeto que le debe al civilizador (en Sociales se denomina “docente” al civilizador de indios Sociales) es geográfico: acepta un mínimo de jerarquía en permitirle al civilizador ubicarse al frente del aula. Luego, cree que docente y alumno están en un piso de igualdad. Durante mi estadía en la choza de Parque Centenario me dediqué a estudiar científicamente a los indios, y evité involucrarme sentimentalmente con ellos, tanto positiva como negativamente. Pero hay una clase de indio Social al cual no pude nunca sino detestar desde lo más profundo de mi ser: el indio que exige revisión de la corrección de su parcial. Porque el indio que pide corrección de su parcial trastorna la más mínima posibilidad de convertir esa anarquía en un lugar con un mínimo orden: el de las pequeñas jerarquías. Que no legitiman, como suponen ciertas tribus sociales, un orden social injusto, una tiranía de unos docentes sodomizados por el sistema capitalista internacional para generar esclavos que reproduzcan las desigualdades existentes. Sino que permiten, mínimamente, garantizar una serie de procesos para otorgar al indio Social unas herramientas que le permitan contribuir con el resto de la población -civil -de la Argentina.

Cada tanto, comencé diciendo, los indios Sociales explicitan abiertamente el control de las chozas que habitan, y los llaman “tomas”. Como si, durante el resto del tiempo, fuera otro actor, y no el indio Social, quien controlase esa choza.

Una toma, en Sociales, no es una medida de lucha: es una tautología.

Sucesos

Publicado: 21 septiembre, 2010 en Sin categoría

Y acabé por hacerme esta pregunta: ¿El contacto de la civilización será corruptor de la buena fe primitiva?

L.V.M

Querido diario,

Pertenezco a la clase de personas que vio el segundo avión estrellarse contra las Torres Gemelas en vivo. Pero que no vio el primero.

El 11 de septiembre del 2001, me encontraba trabajando en este proyecto que hoy estoy contando. Es decir, estaba inmerso en una de las tantas tribus de indios Sociales en Parque Centenario. Cursaba A*** cuando se escucharon algunos gritos. La verdad es que la clase continuó su normal desarrollo. Uno de los indios que observaba, en el bar La Barbarie, el devenir de los acontecimientos en Estados Unidos, comenzó a pasar por las diferentes aulas para dar aviso de lo ocurrido.

Inmutables, los indios Sociales permanecían sentados, como a quien le estuvieran avisando que al día siguiente, quizás, llovería. Fue entonces cuando resolví teorizar sobre la templanza del indio Social, arribando a esta serie de conclusiones científicas. El cambio de paradigma mundial que significaría el atentado contra las Torres Gemelas, era un hecho insignificante al lado de lo que estaba observando. Cuarenta y dos indios a los que la noticia no les movió un pelo. En el diario no hablaban de eso. Cuando era esa indiferencia, y no la colisión de dos aeronaves contra dos edificios, la metáfora de lo que verdaderamente sucedía en el mundo.

El indio Social es una especie que no se sorprende fácilmente, y eso tiene su explicación material que condiciona el espíritu del indígena que habita Sociales. Es que la imprevisibilidad de situaciones que los indios pueden llegar a vivir en Parque Centenario, crea una capa de inmunidad ante lo inadecuado. La choza de los indios Sociales es un lugar extraño; luego, es la normalidad lo que se destaca. Por ejemplo, no hay nada que desentone más entre los indios Sociales, que los indios que, por motivos laborales, portan traje. La superpoblación de morrales, pulóveres de tela, joggins y zapatillas de lona provoca que el indio trajeado se sienta incómodo, como ajeno. Aún cuando fuera de la choza de Parque Centenario, la utilización de un traje sea casi la normalidad, entre los Sociales el traje es el símbolo de la traición a una actitud de desprecio textil. Un indio que usa traje, más que un indio es enemigo. O profesor (un buen experimento realizado en este sentido, es ingresar vestido de traje a un aula y sentarse en el lugar que le corresponde al profesor, logrando un efecto de disciplinamiento, silencio e ingreso de los indios Sociales al aula).

Volví a comprobar, un día, que el indio Social es incapaz de sorprenderse por los acontecimientos que suceden en Parque Centenario el día que vimos, con Quique, un tipo que entró corriendo por Franklin, corrió todo el pasillo y siguió, como si nada pasara, por la calle Ramos Mejía. Corriendo. Pero no corriendo apurado. Corriendo de salir a correr: con pantalón corto, medias de toalla y un Mp3´s para escuchar música. Por el pasillo de Sociales. Sin que a ningún indio Social lo inquiete. Como si fuese un hecho natural. Lo miraron como quien mira al sol saliendo a la mañana.

(Esta no la creo tanto, pero circula. Cuenta la leyenda que, hace unos años, un platillo volador con seres provenientes de otro planeta estacionó en Franklin y Ramos Mejía. Uno de ellos, verde y mocoso, decidió bajar a tomar contacto con la raza humana para dominarla y esclavizarla. El marciano en cuestión tuvo la desgracia de entrar en la choza de Parque Centenario e introdujo su marcianidad en una de las primeras aulas, a los efectos de informarle a los humanos allí presentes, su condición de esclavos del nuevo régimen marciano. El docente a cargo observó al marciano de arriba a abajo y le pidió si, por favor, no podía pasar cinco minutos antes de que termine la clase, que ya habían interrumpido demasiado las otras agrupaciones. Los marcianos se subieron al platillo volador y regresaron a su planeta).

Charlando con alguno de los indios Sociales, di en la cuenta que el indio Social, como raza, desconoce la existencia, no de la palabra, sino del concepto entero de “anomalía”. Todo, para el indio Social, es posible. (Y el problema es cuando el indio Social arriba a tierras donde habitan los civiles de la Argentina e intenta intervenir la realidad con ese maximalismo).

El indio Social es, en el fondo, un ser místico. Ha desarrollado una capacidad de convivir, acorde al culto por la precariedad que profesa, con una serie de sucesos extraordinarios a los que se ha acostumbrado. Como si hubiese ascendido al Olimpo de los dioses, y tomara mate con Zeus día por medio. A veces, en especial mientras cursaba T*** y algunos indios Sociales manifestaban cada un brevísimo período de tiempo su desacuerdo existencial con una serie de autores, tiendo a creer que la choza de Parque Centenario es un lugar encantado. Quizás, construido verdaderamente sobre el cementerio de alguna otra tribu indígena. A veces, pienso que es mágico.

En el mal sentido de la palabra.

En el sentido de que los sucesos que pueden ocurrir allí dentro no se ajustan a las instituciones que regulan la vida social por fuera de esa choza.

Infierno

Publicado: 19 septiembre, 2010 en Sin categoría

No hay quien a las puertas de la eternidad maldiga a sus hermanos. Sea justicia o pavor, cuando el cuadrante del tiempo marca el minuto solemne entre el ser y no ser, todos se arrepienten del mal que hicieron o del bien que dejaron de hacer.

L.V.M

Querido diario,

Esa semana había entre los indios Sociales una especie de elección, donde las tribus que habitan Parque Centenario se disputaban el control político de la población Social. Durante dichos períodos electorales, los indios Sociales interrumpen de manera informal y permanente el desarrollo de las actividades académicas. Era, quizás, la decimocuarta oportunidad en que una de aquellas tribus ingresaba al aula a contar de las bondades de optar por su conducción en desmedro de otras conducciones. Y el tedio, resolví, es hijo de la repetición.

Digamos que no soy de los que se levantan y se van, pero ese día era atroz. Como ver a un fumador que prende el siguiente cigarrillo con el que ya está fumando, las tribus se sucedían sin ceder unos segundos, haciendo fila unos atrás de otros. Amenazantes, se animaba a calificar mi amigo Quique en algún momento, y yo le decía que exageraba. Él insistía en su argumento, en el hecho de que las tribus condenaran nuestro tedio basados en una supuesta actitud de negación de la política. Pero Quique decía que se sentía un rehén, obligado a mantenerse sentado en una silla, con una pistola de falso compromiso político que le apuntaba a la cabeza. Ese día estaba cansado, y no podía seguir escuchando ni a las tribus, ni a las quejas de Quique. Así que me fui.

En el cuarto piso, estábamos cursando P***. La escalera central era imposible de ser sorteada, invadida por indios Sociales que repartían pequeños papeles con el nombre de las opciones electorales por las que uno debía optar. De la misma forma, jamás confié en un aparato de descenso automático que en el resto de los edificios se llama ascensor y cumple con el rasgo de la previsibilidad ante las órdenes humanas, pero que en la choza de Parque Centenario ha adquirido cierto grado de autonomía, y cuyo contexto no me hace más que dudar respecto de su habilidad para desafiar de manera segura la ley de gravedad. Fue así que esta aventura comenzó cuando decidí bajar por la escalera alternativa. Pero debo decir que se vió amenazada mi empresa de evadir inquisiciones de las tribus Sociales respecto a mi participación en la contienda electoral. Confieso, no sin cierta vergüenza, que sentí algo de pánico, mientras bajaba por la escalera alternativa y escuché unas directivas de unos indios Sociales a otros que apuntaban a dirigirse a mi posición. Con más hastío que prisa, retomé el camino que había transitado y busqué un lugar de refugio, luego de desechar la posibilidad de volver al aula donde, observé por la puerta, una nueva tribu Social vociferaba las bondades de optar por su oferta.

Y fue entonces cuando noté la anomalía. Porque si hay alguna, una ínfima, certeza sobre la choza de Parque Centenario, es que su estructura edilicia da cuenta de cuatro pisos. Entonces esa escalera del cuarto piso que proponía un ascenso desentonaba arquitectónica y metafísicamente. Y, como explorador de los indios Sociales, me sentí en el deber de probar esa paradoja. Después de todo, podía tratarse simplemente de una terraza desconocida hasta el momento. La inminente llegada de la tribu fue el último empujón de coraje que necesitaba. Y subí.

Con apenas algo de fuerza, una puerta que lucía como si nunca hubiera sido abierta se abrió hacia afuera y un grupo de alumnos, ubicados perfectamente en un aula que desconocía, fijaron la vista en mi persona. No sin algo de sorpresa, sentí el leve murmullo de una tribu que se acercaba a mis espaldas, y continué huyendo por la puerta siguiente del aula que había descubierto. Esa puerta me condujo a un aula similar, donde me senté a descansar unos segundos. Allí, unos indios Sociales se sentaban en el suelo, a pesar de contar con sillas de sobra, reafirmando su condición indígena. Huí de esa escena pavorosa, y continué escapando. Logré dar con una escalera que me condujo al tercer piso, mientras seguía recorriendo aulas donde cientos de indios Sociales bebían mate y arrojaban la yerba al suelo, deglutían medialunas del kiosco del tercer piso, fumaban dentro del aula y parloteaban entre ellos mientras algún docente hacía unos esfuerzos por explicar no sé qué. Creo que fue llegando a la planta baja -no me preguntes cómo llegué hasta ahí – cuando di con un aula cuya temperatura llegaba casi a los 42 grados, y los indios Sociales levantaban constantemente su mano y realizaban preguntas que, en verdad, eran más afirmaciones respecto de lo que ya pensaban previamente. Escapé de ese lugar horrendo y logré visualizar la salida por Franklin, que arrojaba desde el exterior, a pesar de ser de noche, una radiante luz blanca. Pero necesitaba salir de ahí de manera urgente. Miles de brazos de tribus Sociales me sodomizaron el rostro y el torso, mientras sentía que todas sus lenguas se volvían una sola y me inquirían sobre mi participación en el proceso electoral. Desgarrada mi camisa, sangrantes mis mejillas, logré salir por la puerta de Franklin, y mi sorpresa fue mayúscula cuando, inexplicablemente, me encontraba en la puerta de entrada por Ramos Mejía. Nuevas manos de otras tribus comenzaron a atosigar mi humanidad, ahora bañadas de una especie de mucosidad que olía espantoso, hasta que logré volver sobre mis pasos y dar con la salida de Ramos Mejía para escapar. Pero mi salida no fue sino la entrada, a la inversa que la situación previa, por la puerta de Franklin.

Entonces repasé todo. Ese olor a gas que sentía mientras cursaba era verdadero. Finalmente, había muerto en la choza de Parque Centenario, junto a otros miles de indios Sociales. Así que esto era el Infierno: la repetición eterna de una situación detestable. El Infierno era circular. Lloré por mi eternidad junto a esos indios Sociales, pensé en los límites de la durabilidad de lo eterno y, a pesar de mis consideraciones terrenales acerca de la inutilidad del castigo eterno, la angustia se apoderó de mi hasta casi vomitar. A mi alrededor, miles de indios Sociales se repartían folletos, hacían filas frente a fotocopiadoras que, comandadas por agentes trotskistas de Belcebú, jamás atendían a nadie, realizaban pequeñas asambleas de mil quinientos años donde no decidían nada y reclamaban la ampliación presupuestaria para el Infierno. Quique, quien al parecer también había muerto, me codeó y me dijo las dos palabras que me rescataron de una eternidad infernal:

– Despertate pelotudo.

No volví a quedarme dormido jamás.

Ciencia

Publicado: 13 septiembre, 2010 en Sin categoría

Refirióme entonces con minuciosos detalles lo que llevo relatado; para que se vea que toda la ciencia de los indios en su trato con los cristianos, se reduce a un aforismo que nosotros practicamos todos los días: la desconfianza es madre de la seguridad.

L.V.M

Querido diario,

Los indios Sociales viven en esa comunidad de Parque Centenario, aseguran, para estudiar una ciencia. El indio Social cree, por propia conveniencia, en la cientificidad de los hechos sociales. Llamativamente, durante mi estadia en esa comunidad, he logrado descubrir que el indio Social no cree, sin embargo, en la cientificidad de los hechos naturales. Para el indio Social las ciencias naturales son, tajantemente, mentira.

Amén de sus consecuencias, que luego pasaré a relatar, voy a explicar aquí la causa de dicho descreimiento en las ciencias. El indio Social ha sido adoctrinado en la idea de que el positivismo fue el hecho maldito de la ciencia social. A los tiernos 18, el indio Social ingresa a la universidad y el primer relato le explica que el positivismo fue el padre fundador de su ciencia, y que esa fundación implicaba trasladar la lógica de la ciencia natural a su propia ciencia virginal e impoluta. Luego, el indio Social odia las ciencias naturales, descree de tanta rigurosidad. El indio Social supone, en su fuero interno, que si le busca la vuelta, dos más dos no puede ser siempre cuatro.

El positivismo es malo, sospechan, porque los hechos sociales no pueden ser explicados con el mismo método que las ciencias naturales, toda vez que el objeto de estudio difiere. Bendita la hora en la que la fotosíntesis carece de intencionalidades. El objeto de la ciencia natural desconoce la noción de investigación, ahí donde el objeto de las ciencias sociales es tan sujeto como el investigador. Sin ir más lejos: no temo confesar que en mi estudio de los indios Sociales, me he encariñado con dos o tres de ellos.

Ante esa evidencia, la ciencia social creó la hermenéutica como crítica del monismo metodológico que supuso el positivismo. Mientras se creaba el Círculo de Viena, ajeno a ese proceso ocurría otro: a los indios Sociales no les bastó con repudiar el positivismo. Y se dispusieron -aún se disponen -a dar una lucha total contra las ciencias naturales en general. Porque al imperialismo, el indio Social lo sabe más que nadie, se lo combate a toda hora y en todo lugar.

Los indios Sociales son pre-científicos, reniegan del método científico con total franqueza, y hacen de esa actitud una forma de vida. Tomé constancia de esta situación, paradójicamente, de una forma empirista. Observando una actitud. Estaba cursando A*** en el último piso de Parque Centenario, uno de esos memorables días en que Buenos Aires se inundó completamente. La choza que habitan los indios Sociales en Parque Centenario no detiene el agua, por aquello de que los Sociales creen que la nominación caracteriza a los objetos, antes que los objetos a su nominación. Cursaba yo A*** cuando las primeras gotas comenzaron a sortear la barrera de cielo raso. Ningún indio Social modificó su actitud. Es decir, en el indio Social, estar sentando en un lugar cerrado en el que está cayendo agua desde el techo provoca la misma reacción que estar sentado en un lugar cerrado en el que no está cayendo agua desde el techo. La situación continuó su normal desarrollo, hasta que una de las gotas de agua comenzó a inundar el tubo fluorescente del aula. Digamos que la física no es mi especialidad pero hice los cálculos en mi mente:

Electricidad + agua = cortocircuito.

La inmovilidad de los indios Sociales ante tamaña situación de peligro me hizo dudar. Repasé rápidamente mis clases de secundaria: elementos conductores y elementos no conductores (que siempre se me confundieron, porque los conductores eran, en verdad, los malos). El agua lo era: conducía, efectivamente, electricidad. Fue ahí que me iluminé. ¿Por qué el indio no huía despavorido de la posibilidad efectiva de morir? Deseché la hipótesis de que el indio Social no quisiera desafiar la autoridad del docente tan rápido como deseché la idea de que la voracidad académica del indio permite desafiar a la propia Muerte. La verdadera explicación era otra. El indio Social descree de la electricidad, del agua como conductora eléctrica y del shock mortal en los órganos que provoca la misma. No desafía a la Muerte: simplemente, no cree que la electricidad con el agua la provoque. Son mentiras de la ciencia positivista.

Ese día salí y obtuve mi segunda comprobación empírica del rechazo por la ciencia. Hacía tres días que llovía y el coeficiente de paraguas por indio Social era de 0,2 (dos paraguas cada diez indios). La verdad es que pertenezco a esa clase de personas que no usa paraguas asiduamente. Pero mis motivos son otros (la incomodidad, por ejemplo, de ese objeto). El indio Social no usa paraguas porque descree del vínculo causal entre mojarse y, luego, enfermarse. Los supone fenómenos aislados. Como el agua y la electricidad. Como la gravedad y la caída de los objetos. Como la penicilina y la disminución de las muertes. El indio Social rechaza la ciencia que exige comprobaciones y métodos que coarten su libertad. Vi una vez dos indios Sociales mezclando fernét con Coca Cola. Mi amigo Quique dice que estaban haciendo un fernét.

Yo gusto de pensar, más bien, que también creen en la alquimia.

Ídolo

Publicado: 9 septiembre, 2010 en Sin categoría

La abnegación generosa de estos jóvenes misioneros, su paciente conformidad en los peligros, su carácter afable, su porte siempre comedido, sus mismas simpáticas fisonomías, todo, todo lo que construye la persona física y moral, inspiraba hacia ellos una fuerte adhesión.

L.V.M

Querido diario,

– …y ahora a las nueve, nos juntamos, estamos reclamando porque nos quieren desalojar del estacionamiento del bar de Marcelo T. Bueno, alguno tiene una pregunta, un comentario, alguna duda…no sé, ¿opinan algo?

El deber del indio Social es quedarse callado. Una mano levantada en ese instante habilita al trotskista interrumpidor de cursada a plantar bandera y permanecer en el aula por tiempo indeterminado. Mientras la chica y el chico de una de las izquierdas revolucionarias se daban vuelta y saludaban al profesor (el profesor y el trotskista entablan, a lo largo del tiempo, una relación), un murmullo vino del fondo:

– Acá…yo…eh, compañera….

La re puta madre, pensé (yo pienso puteando más de lo que puteo, en verdad). En el 2005 me había aprendido seis clases de discursos de izquierda universitaria distintos. Los ensayábamos con Quique en el bar del segundo y hasta habíamos sido almas de algunas fiestas, simulando trotskismo ante novios rugbiers de bellas señoritas. Así que ocho y media de la noche de un viernes, no estaba para escuchar algo que, si me esforzaba, podía recitar de memoria. La opinión del forro del fondo me tenía sin cuidado. No acostumbro a irme antes de las clases, salvo por razones laborales. Irme porque sí me parece un rasgo de adolescencia del indio Social que he intentado combatir… bueno, que no he intentado combatir pero del que me he mofado hasta las lágrimas. Pero el debate se suponía que podía durar media hora, así que fui guardando las cosas en mi mochila (que, orgullosamente, tiene un gran signo de Nike. Nike es, para los indios Sociales, la kriptonita de los morrales de tela). Estaba por levantarme cuando escuché al forro del fondo:

– Compañera, acá, acá…una cosa…

– Sí, compañero….

El murmullo todavía no dejaba escuchar al forro del fondo.

– No…quería decir que a mí el bar de Marcelo T. me parece espantoso.

Me senté. Yo lo había escuchado, pero otros Sociales no. La compañera trotskista tampoco.

– ¿Cómo compañero?

– Que es horrible. La extensión del bar de Marcelo T. en el estacionamiento es espantoso.

Ahí sí lo escucharon todos. Entre algunas risas cómplices, se escuchó la voz de la chica de la agrupación:

– Está bien, compañero, pero esa no es la discusión, acá la dirección de la carrera nos quiere echar para utilizar comercialmente el estacionamiento…

– No, pero vos preguntaste si teníamos opiniones, y mi opinión es esa: que el bar en el estacionamiento es horrible. Y tiene que ver mucho, muchísimo, con tu reclamo. No me podés pedir que yo te acompañe a una lucha por una cosa que es fea. No estoy hablando de si es legítimo o no, te estoy hablando de lo feo que es ir a tomar una cerveza en un estacionamiento al aire libre. Me da el sol en la cara en verano y me congelo en invierno. Sillas de aulas pusieron…¡de aula!, yo no puedo tomar una cerveza en un pupitre que, además, está torcido. Se me cae el vaso. La horizontalidad, compañera, es un requisito de las mesas, es, casi, su raison d’être

Cuando pronunció raison d’être en un perfecto francés, tuve ganas de levantarme a aplaudir. Pero me interrumpió la compañera trotskista.

– Bueno, compañero, esas son cosas que podés venir a charlar a nuestra mesa ahí en…

– No, lo quiero charlar ahora, porque vos abriste la discusión. Y porque no tiene sentido lo que me planteás. ¿No le pueden poner plantas, una mediasombra, mesas de verdad?, ¿cuánto es el presupuesto del bar?

– Si querés podés venir los jueves a las…

– No, no puedo los jueves, puedo ahora. Y ahora cambié de opinión. Ese bar no es feo, ni es lindo: no es un bar. No tiene nada que se le parezca a un bar. Es un supermercado chino que me deja tomar cerveza en su patio, tiene las mismas comodidades. Te pido que no me mientas: venime a convencer de que defienda tu pedazo de asfalto inhóspito, pero no me vendas un bar que no tenés.

– Bueno si queremos justificar el accionar de las camarillas que quieren explotar el estacionamiento…

– Pero claro que quiero justificar eso. Eso y cualquier otra cosa que pretendan hacer las camarillas con ese lugar. ¿Ves mucha gente movilizada por basurales? No, porque lo único que la gente quiere de los basurales es no tenerlos cerca. Como ese basural que ustedes venden como bar. Antes que ese lugar tan feo prefiero que estacionen autos, por lo menos genera un ingreso, y cumple su razón de ser: un cacho de asfalto sin nada es más reivindicable como estacionamiento que como bar. Si querés que te acompañe pedí el control del estacionamiento o transformalo de verdad en un bar, ponele sillas de persona adulta, por ejemplo.

– Está bien, compañero, me parece que son cosas que no se pueden discutir acá, le estamos quitando tiempo al profesor que tiene que seguir con su clase…

El tipo sonrió y pidió disculpas. Me lo quedé mirando los quince minutos que quedaron de clase. Quería hacerle saber que estaba con él, que éramos hermanos en un sentimiento. Rogué para que pasaran lista y el tipo escribiera su mail, para poder robárselo -como hacen algunos indios Sociales, generalmente, con los mails de otras indias Sociales -y mandarle un mensaje, más que de apoyo, de agradecimiento. Pero no.

Tiempo después volví a verlo, parado, esperando para entrar a cursar. Quería ir a saludarlo, recordarle ese momento inspirador, esa inyección de ánimo que sucede a veces, en la vida, y que nos motiva a seguir. Seguir porque sabemos que hay otros.

Pero decidí que no.

Decidí que a los ídolos hay que mantenerlos en el pedestal.

Bares

Publicado: 6 septiembre, 2010 en Sin categoría

Su interlocutor de un rato antes, al cruzar por mi enramada había tropezado, se había caído y con la tranca no había podido levantarse; había posado su cara sobre la mía y me había bañado con sus babas y sus erupciones alcohólicas.

L.V.M

Querido diario,

Que Parque Centenario tiene una biblioteca es como decir que Corea del Norte sostiene los valores republicanos porque su nombre es República de Corea del Norte. Lo único que asemeja a eso que tiene la facultad con una biblioteca es la existencia de sillas y mesas. Con ese criterio, la celda de un prisionero que tenga esos dos muebles es también una biblioteca. De hecho, la biblioteca de la facultad no tiene demasiados libros y los que tiene son tan conseguibles ahí como en un revistero. El bar es una extensión de Parque Centenario, el símbolo de que, donde el capitalismo ve una necesidad, se aviva y pone un negocio.

En una época la biblioteca era abierta, en un sentido arquitectónico. Lo separaba del pasillo una especie de reja. Su ubicación a menos de diez metros de la puerta de Franklin la convertía, en invierno, en un congelador de humanos o, en este caso, de indios Sociales (ahora está algo más cerrada, con unos durlocks empapelados con causas revolucionarias: “cuando los medios callan, el durlock habla”, es una buena consigna posmoderna). El estereotipo de la biblioteca es el silencio. La biblioteca de la facultad tenía, al respecto, un régimen de auto control, que por supuesto redunda en un bullicio constante. Sin libros, abierta al frío y con asistentes que discurrían en charlas rotundamente audibles al resto de los indios Sociales, la biblioteca era un oxímoron en sí misma: no tenía, más que el nombre, ninguna cualidad atribuible a lo que la palabra biblioteca denota.

Digresión. Hay un síntoma en eso. Los indios Sociales se declaran mayoritariamente ateos, y es cierto: no creen en niguna entidad superior. Sin embargo, los Sociales tienen una adoración casi mitológica por la palabra. Creen que nombrar algo es crearlo. Los hay saussureanos, los hay derridianos, los hay foucaultianos, los hay heideggerianos: pero todos creen, en el fondo, que las palabras institucionalizan a las cosas, independientemente de que las cualidades del objeto luego no respondan a su descripción nominal. Así, tienen una biblioteca que no es tal, un auditorio más pequeño que casi todas las demás aulas, salas de profesores sin profesores y departamento de atención a alumnos que no atienden, jamás, alumnos. (Un día te voy a contar de la burocracia de la UBA).

La inexistencia de un espacio razonable para ejercer la lectura en silencio, convirtió a la sede de Parque Centenario en un buen lugar para emplazar un bar. Mi bar preferido cerró, y hay en él una obra en construcción. Quedaba junto a la puerta de Ramos Mejía. Era enorme y esa característica le permitía a uno elegir su ambiente: la soledad y el silencio, el aire libre, el rejunte de grupos, los espacios para fumar. Cuando conocí a Quique nos mudamos al bar del segundo piso, en una actitud desafiante. El bar del segundo es espantoso, no está dividido con nada del pasillo y las mesas no permiten albergar a más de dos sin chocarse con el de al lado. A Quique le divierte tanto esa desidia como observar el odio que la señora del bar siente por los indios Sociales.

Por la puerta de Franklin, los indios Sociales cuentan con otro bar llamado “La cacerola”. En planta baja no tiene más que cuatro o cinco mesas dispuestas de manera muy incómoda, pero el centro de la aglomeración de indios Sociales se da en el segundo piso, donde los aborígenes pueden encender sus cigarrillos de tabaco. “La cacerola” expende bebidas alcohólicas con las que los Sociales entretienen sus ratos libres. Sus mesas están generalmente ocupadas por indios que esconden esa primera intención de embriagarse con una pila de cuadernillos fotocopiados que arrojan sobre la mesa, cual tótem que legitima su pésima e irresponsable conducta. En los últimos años, un cambio en la dinámica de ese bar, me expulsó definitivamente. Se trata de abonar previamente un ticket que luego debe ser canjeado, ante un eventual mozo (ir al piso de arriba es someter el tiempo propio a la disposición atlética del mozo), por el producto que uno desea. Como una especie de sobre-burocratización de las casas de comida rápida, una vuelta de tuerca que, por supuesto, es para peor. “Si querés ser Mc´ Donalds, por lo menos dame de comer esa exquisita porquería que me dan ahí”, le dijo una vez Quique a un mozo que le reclamó el ticket.

Casi todos los Sociales le tienen cariño al bar “La Barbarie”, que está dentro de la sede de Parque Centenario. La disposición de sus mesas se organiza de acuerdo al capricho de sus clientes. Sus tostados de pan árabe, hay que decirlo, son una exquisitez. Yo reivindico un costado de La Barbarie: nadie disimula segundas intenciones. Ir a estudiar a un bar es una impostura y una contradicción: es como ir a pelearse con una novia a un pelotero. El contexto conspira contra el objetivo. Los indios Sociales gustan de ir en malón a estudiar en los bares, aumentando aún más la posibilidad no sólo de no conseguir el objetivo de adquirir nuevos conocimientos, sino de discurrir en disquisiciones intrascendentes, práctica que si los Sociales exportaran les permitiría comprarse Harvard e ir a destruir esa universidad como hicieron con la que hoy ocupan. Al bar La Barbarie, el indio Social ingresa sin ninguna necesidad de impostar una suerte de falso compromiso con el estudio.

Es que en Sociales, justamente, la barbarie es un sinceramiento.