Silencios

Publicado: 17 octubre, 2011 en Sin categoría


Se viaja por instruirse.

Se viaja por hacerse notable.

Se viaja por economía.

Se viaja por huir de los acreedores.

Se viaja por olvidar.

Se viaja por no saber qué hacer.

Vamos, sería inacabable el enumerar todos los motivos por qué se viaja;

como sería inacabable decir para qué se viaja.

L.V.M

Querido diario,

Observé, durante mi estancia con los indios Sociales, un tipo de indio particular. Contaba estética y actitudinalmente con todas y cada una de las características del indio medio: usaba extraños tejidos de tela a la manera de una mochila, llegaba sistemáticamente tarde al inicio de las cursadas, vestía religiosas ojotas y pantalones cortos luego de octubre, perdía la concentración luego de unos escasos treinta minutos de cursada, era incapaz de cumplir una tarea asignada si la misma no tenía como sanción la pérdida de la regularidad…en fin, un indio Social con todas las letras. Había algo, sin embargo, que me llamaba poderosamente la atención.

Una clase de indios similar al resto de los indios en cada uno de los detalles. El mismo rostro de la impunidad cuando llegaban a cursar materias a las seis de la tarde luego de haber dormido la siesta. La misma voluntad de formar «grupos de estudio», esos antros de ineficiencia académica que se reúnen en bares. Pero había algo, en ellos, que los diferenciaba. Una ínfima falta que sólo podía notar quien, como yo, realizaba un estudio de campo, alguien que sistemáticamente los observara. Estos indios caían en todas las tentaciones del indio medio, excepto por una que, por singular, no merece menos atención: eran indios que no opinaban durante las clases.

La aparición de esta nueva clase de indio albergó en mi un nuevo temor. Un indio capaz de no manifestarse cotidianamente acerca de todo contradecía los cimientos de mi trabajo. Esos indios, tan parecidos a los otros, representaban para mi una amenaza. Los observé, durante meses, repetir todos los comportamientos del indio Social. Los vi sentarse en el suelo aún con disponibilidad de sillas; los vi levantarse en medio de una explicación, a la busqueda desaforada de un café en vaso de telgopor y un sanguche de pan árabe; los vi asumir como axioma que el tiempo de espera a un profesor es de cuarenta minutos y los vi huir como ratas de un barco que se hunde, cuando el minuto cuarenta y uno se cumplía. Y, sin embargo, estos indios entraban a la cursada y no emitían una sola opinión. Pasaba Marx, pasaba el post-estructuralismo, pasaba la teoría del Estado, se discutían tópicos que al indio común le provocaban unos deseos irrefrenables de expresar su opinión, y estos tipos nada.

Caí en una profunda depresión. Mi trabajo de años encontraba un contra ejemplo que me obligaría a desarrollar una hipótesis ad hoc, a convertirme en un sofista de la ciencia social. Estuve cerca de abandonarlo todo, de dejar de visitar los reductos infernales del Parque Centenario. Fue una tarde como cualquiera, un día soleado que se prestaba a la costumbre incivilizada de cursar en pantalones cortos, cuando vi venir a uno de ellos. Lo tenía marcado, era mi sujeto de prueba C y llegaba tarde a la misma materia que estudiaba yo. Pertenecía a este estadio superior que había encontrado de los Sociales, los capaces de guardarse una opinión, los que amenazaban ya no sólo mis investigaciones, sino la esencia misma del Social. Entonces un halo de valentía me invadió, me sentí el representante de todos los Sociales, el guardián cósmico de aquellas formas de vivir y me paré frente a él. La valentía pronto dio paso a la timidez que me caracterizaba entonces y, disimulando todas mis intenciones, apenas me animé a un:

– ¿Esta es Historia II?

– His…tori…aryentina – me respondió, su cabeza asintió mucho más rápido de lo que su idioma, su idioma original, el inglés, le permitió.

Y entonces comprendí. Entre los indios Sociales, hay una clase de indios que cumplen con todos los requisitos, desde la impuntualidad hasta la violación de las normas de vestimenta entre los adultos, pero que no son capaces de emitir su opinión constantemente. Estos indios son extranjeros. Provienen de otros países, de los Estados Unidos, de los más cercanos Colombia, Venezuela, México y hasta algunos europeos. No opinan de todos los temas especialmente por barreras idiomáticas, pero también por la abrumadora rapidez con la que el resto de los indios se abalanzan sobre el monopolio de la palabra.

Lejos de estar incómodos, los indios Sociales extranjeros asimilan, mejor que nadie, el espíritu festivo de la choza de Parque Centenario. Rápidamente comprenden la noción de flexibilidad en las reglas, las modifican a gusto y piacere y hacen de su estancia el verdadero objetivo de todo viaje, aún el que está maquillado con el falso objetivo de estudiar: vacacionan. Una temporada en la choza de Parque Centenario es una opción semi-turística, como aquél que elige vivir un período vacacional en una aldea africana. Poco a poco, el indio Social extranjero emparda la desidia con la que los nativos Sociales viven su pasar por la choza.

Yo he vivido unos largos años junto a los indios Sociales como infiltrado y jamás he logrado hacerme con sus costumbres de la manera en la que los estudiantes extranjeros lo hicieron. Es llamativa la velocidad con la que el indio extranjero comienza pronto a llegar tarde a la cursada, a faltar a ellas regularmente, a buscar resúmenes de parciales en la Internet. Semejante fenómeno de asimilación deberá ser alguna vez objeto de estudio.

Mi hipótesis es que los indios Sociales extranjeros asimilan velozmente porque pisan el Aeropuerto Internacional de Ezeiza con el mismo espíritu con el que los indios ingresan a la choza.

El espíritu de un turista.


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comentarios
  1. Julia dice:

    Fantástico, como siempre.

  2. Karina dice:

    Gracias mamita por favor facusoooooooccccccccccc

  3. Patricia dice:

    Impresionante!!!! A veces cuando camino por la sede observo a algunas personas tratando de descubrirte. No sería tan difícil!! En fin, un blog imprescindible para no deprimirme! Saludos

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