Archivos para julio, 2011

Indiópolis

Publicado: 18 julio, 2011 en Sin categoría

Poetas y hombres de ciencia, todos se han equivocado. El paisaje ideal de la Pampa, que yo

llamaría para ser más exacto, pampas, en plural, y el paisaje real,

son dos perspectivas completamente distintas.

Vivimos en la ignorancia hasta de la fisonomía de nuestra Patria.

L.V.M

Querido diario,

Han pasado algunos años desde la última vez que pisé la choza de Parque Centenario. Algunos viajeros con los que me he cruzado por el camino me comentan que los indios, tan sedentarios que parecían, se han mudado a Eldorado que persiguieron durante siglos. Movidos vaya a saber por qué, llegaron al horizonte que parecía más un apelativo emocional y mítico que una realidad arquitectónica: el Edificio Único. De haber vivido entre los Sociales para ese momento, la noticia me hubiera conmovido. Vuelto a la civilización, gozando de cuatro comidas calientes, una ducha diaria y café en taza de loza, la buena nueva apenas me provocó unos gestos.

No me había costado regresar al mundo civilizado. Mis costumbres comenzaron a cambiar de manera radical. El contacto con el indio Social me había dejado marcas indelebles que tardé apenas unos años en rasquetear desde lo profundo. La civilización sabe lo que quiere y las normas culturales pronto hicieron sus efectos: me volví, de pronto, un ser más silencioso, menos cuestionador de todas y cada una de las cosas que acontecen a mi alrededor. Ya no creí tanto que la autoridad era una amenaza constitutiva en tanto que tal y, contrariamente, comencé a pensar que algunas cosas, como abonar por una fotocopia mal sacada, no era un hecho dado de la naturaleza sino una falla humana que podía ser revisitada.

Lo que terminó de romper mi vínculo con los Sociales fue, evidentemente, mi ingreso al mundo del empleo rentado. Algunos indígenas realizan este controvertido paso aún en su condición de indígenas y la lucha interna que se desata en su alma indígena se puede ver en su exterior. El indio combina vestimentas formales de trabajo con actitudes indígenas como sentarse en el suelo o beber la infusión del mate manchando una corbata. El mundo laboral es una ruptura con el indigenismo más puro de los Sociales toda vez que implica una serie de formalidades como la puntualidad o la burguesa idea de responsabilidad. No especificaré aquí los detalles de mis tareas emprendidas a a la salida de la choza de los Sociales mas si diré que esta vez mis esfuerzos habíanme llevado a la inauguración de una muestra sobre ciencia y tecnología en la localidad de Villa Martelli. Diré también que había transformádome en el cronista de un pequeño diario. Que esa noche, entre luces y aparatos que realizaban proezas científicas, recogía testimonios entre los más pequeños, las señoras que contemplaban fascinadas y los jóvenes que titubeaban entre atracciones y atracciones. Pensé en que sería posible realizar un paseo por la totalidad de la imponente muestra cuando emprendí la larga marcha hacia el sur.

De a poco las luces fueron quedando lejos, a mi espalda. Me esperaba una alambrada, quizás un guardia de seguridad, algún accidente geográfico que demarcara el límite. Intuí que podría seguir caminando en esa dirección indefinidamente y me divirtió la idea de que, quizás, era un truco que formaba parte de alguna muestra. Algún científico podría haber inventado una línea recta que no terminase jamás. Todo eso pensaba cuando, a lo lejos, entre unos pastizales, lo ví. Ahí estaba.

Un ejemplar de un indio Social lejos de su hábitat. En Villa Martelli. En Tecnópolis.

Sentado sobre una roca, tras unos pastizales, el indio fumaba y bebía incansablemente su mate. Su aspecto chamánico, el morral incólumne, la mirada perdida, el pulóver de llamas manchado con tiza. El Social me saludó con un gesto de la cabeza y a continuación me pidió que lo siga. A medida que nos alejábamos de las luces de Tecnópolis, la oscuridad se volvía más tremebunda hasta que arribamos a un páramo finalmente mal iluminado. Allí estaba: la otra muestra. Más austera, menor su grandeza, humildes sus pretensiones.

Hacia mi izquierda, un indio Social contemplaba absorto una fotocopiadora totalmente recubierta por un plástico transparente, que permitía observar libremente el proceso desde que el apunte entraba, de un lado, hasta que se duplicaba, del otro. Frente a ese stand, el hippie que atiende en La Barbarie, dueño absoluto de la mirada de las damas, mostraba a los curiosos Sociales de qué manera el fuego interactuaba con el pan para dar con ese mágico y científico resultado: el árabe de jamón y queso. En el fondo, una especie de anfiteatro permitía recrear, cada unos cuarenta minutos, una clase del CBC, donde los nostálgicos indígenas podían participar como miembros activos.

Contemplé durante unos segundos un stand sólo constituido por una enorme máquina, símil a las primeras viejas computadoras, con algunos botones en el medio. El indio me explicó que era un aparato, diseñado perfectamente por el indio Social, capaz de dar una discusión ad eternum, sin contemplar la menor posibilidad de resolverla. Una máquina en la cual se introducía una inquietud y la misma era barnizada con el relativismo de todas las perspectivas teóricas posibles del mundo hasta agotar a cualquier ser humano. Aún los indios más duchos en el bello arte de la polémica estéril fracasaron ante el intento de confundir a la máquina, una especie de Biblioteca de Babel con todas las derivaciones posibles de una misma discusión.

Como simulando el centro de un panóptico, en el medio de la pequeña muestra unas computadoras dispuestas en un círculo permitían a los visitantes navegar durante horas y horas por el Sistema SIU-Guaraní sin lograr inscribirse en la materia deseada. Casi pasando el límite del lugar donde llegaba el último haz de luz, un indígena Social vestido de guardapolvo blanco explicaba la razón mitológica por la cual el agua, en la choza del indio Social, no entraba en cortocircuito cuando caía encima de los tubos fluorescentes. Algunos, los menos temerosos, eran invitados a experimentar por ellos mismos la suspensión de las reglas básicas de la física en determinados espacios aislados de la choza de Parque Centenario.

Una choza reconstruida a escala, allí, para demostrarle al mundo las bondades de esa vida. De lo que había sido, también, mi vida. Me di vuelta, buscando al indio que me había acompañado. Quería zamarrearlo, preguntarle desaforadamente por qué no compartían estos secretos con todos los curiosos que, a unos escasos metros de allí, contemplaban las bondades de otras ciencias más serias y productivas, sí, pero también menos fantásticas. Comencé a cobrar dimensión de mi descenso a estas funestas tierras cuando las cosas a mi alrededor desaparecieron fugazmente hasta devolverme a Villa Martelli. Era Adán Buenos Ayres. Era Alicia, en el país de los Sociales. Era Dante, en algún círculo del infierno.

Quise preguntarme por qué aquella otra muestra no se sumaba a esta, a la que me albergaba ahora, a Tecnópolis.

Comprendí que hay mundos que nacieron para ser paralelos. Que la racionalidad y lo fantástico coexisten. Pero no conviven.

Y que el mal del indio es la endogamia. 

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