Archivos para marzo, 2011

Troya

Publicado: 15 marzo, 2011 en Sin categoría

Generalmente no hay lucha, porque los que van a vindicar la justicia son más numerosos que los que acaudilla el ladrón. Contra la fuerza toda la resistencia es inútil, máxime si no se tiene razón.

L.V.M

Querido diario, 
Antes de rendir el examen final de una materia, los indios Sociales se reúnen en los pasillos que hacen las veces de antesala del aula. Allí, las conductas indígenas se modifican. La desidia con la cual enfrentan la vida el resto del año lectivo se convierte en una obsesión por el conocimiento que dura, cuanto mucho, esos diez minutos previos. Los indios Sociales en situación de examen final son seres extremadamente sociables. Comparten la información y están sedientos de recibir otra. Así como pasaron las últimas dos semanas sin hojear un apunte, ahora sienten que la diferencia fundamental entre el conocimiento y la ignorancia está en revolver unas mochilas plagadas de anotaciones y compartirlas con sus eventuales amigos indígenas. Porque el examen final en esa choza se vuelve un momento de rupturas de las convenciones sociales (en el sentido occidental y civilizado): los indios se respetan, intercambian pareceres, se auto-disculpan frente a otros indios por no haber leído tal o cual texto, como si eso importara. Hay, allí, también una forma de la justicia. El indio en situación de final habita el paraíso de lo justo. Allí la linda se enamora brevemente del feo que sabe mucho. El rico se arrodilla ante los designios del humilde que domina la currícula. El indio opinador, extrovertido, el indio que nos ha deleitado con sus irrelevantes opiniones sobre todos y cada uno de los autores existentes sobre la Tierra firme y sus alrededores, agacha la cabeza en señal de disculpa frente a nuestro indio favorito. El indio silencioso y aprobador serial de parciales.

Con fines descriptivos, como resultado de la práctica de la observación participante, y sin emitir un juicio de valor sobre ello, debo decir que el indio Social femenino suele acercarse a rendir el examen final de manera más colectiva que el indio masculino. Ello no quita que el indio masculino se pliegue a esa clase de grupos de estudio y autoayuda, que luego llegan en malón a rendir un examen. Paradójicamente, y esperemos que por mucho tiempo más, el examen final de los indios Sociales es todavía individual. El pasillo previo al ingreso del final es un lugar menos poblado de mates que lo habitual. La costumbre de sentarse en el suelo, sin embargo, no es abandonada tan fácilmente. Algunos biólogos aseguran que la estructura ósea del indio Social difiere de la de los humanos, y que eso obedece a que los indios suelen utilizar sillas en mal estado, producto de sus propios rituales que los llevan a destruirlas.

La materia que suele rendirse en el carácter de “Libre” (es decir, sin realizar la cursada) es el idioma inglés. Dicha currícula debe ser cursada obligatoriamente por los indígenas de todas las carreras. Con buen tino, la administración civilizatoria ha tercerizado el dictado del idioma, en manos de profesores de inglés que desconocen por completo la cultura indígena. Esta ajenidad, sostienen algunos teóricos, es lo que produce que el idioma inglés sea una de las currículas más odiadas por el indígena Social. Otros han vislumbrado un sentimiento chauvinista y antiimperialista en el rechazo del indígena por el idioma extranjero. Los suponen amantes y defensores a ultranza del cervantino español frente a las camarillas extranjerizantes del temible inglés.

Años de estudio me permiten disentir con semejantes conclusiones.

Lo verdaderamente cierto es que el dictado del idioma desnuda uno de los artificiales dogmas sobre los cuales el indio construye su proceso educativo. El idioma es. El idioma existe. No es un hecho natural, en tanto que objeto producido por el hombre. Pero es, mínimamente, inapelable. Y es esa inapelabilidad, es esa tendencia del idioma a existir amén de sus interpretaciones lo que evidencia una ley moral y religiosa del indio Social: que las cosas existen para ser interpretadas en Parque Centenario. Los griegos, a grandes rasgos, creían que las aventuras debían ocurrir para ser contadas. Los indios Sociales, en cambio, suponen que todo fenómeno existe para ser impreso en un apunte y subrayado con un marcador fluorescente. Las revoluciones, aseguran los indios, existieron para provocar debates respecto de sus características burguesas o proletarias, de 21 a 23, en algún aula perdida del cuarto piso. El idioma inglés los destruye en sus fundamentos, en sus esencias. Si hay cosas que pueden ser aprendidas (y, por qué no, aprehendidas) sin la necesidad del debate, sin poder discutir con el autor, sin realizar interpretaciones laterales, entonces quizás todo su método es puesto en cuestión. Alguien me dirá que las ciencias duras así lo demuestran. Yo les diré, a ellos, que las ciencias duras tienen la precaución de no ingresar en Parque Centenario.

Mas el inglés, valiente, lo hace. Todos los fines, princios y mitades de años, unos cientos de indígenas notan que hay algunas currículas que pueden ser aprendidas sin necesidad de interpretarlas. Memorizando (palabra que está prohibida dentro de la choza y que es a los Sociales lo que el tabú del incesto a las culturas occidentales). Los indios Sociales lograron que el idioma inglés no pueda ser cursado hasta bien entrada la carrera, como forma de combatir este avance cruento de la racionalidad. De esa forma, los indígenas que llegan a la cursada del idioma ya hubieron pasado por mecanismos de adoctrinamiento que no les permiten cuestionarse su ocioso estilo de vida interpretativo.

El idioma inglés es el caballo de Troya de la civilización occidental en la choza de Parque Centenario. Los indios Sociales lo saben y con esa actitud cascotean el intento artero del positivismo científico. Di, ese final de inglés, con cierto orgullo y mucho de respeto por ese civilizador que nos trataba con un merecidísimo desdén. Pocas veces escribí un final con tanta dedicación, intentado falicitarle en todo lo que pude, la labor a esos héroes. Entregué mi documento de identidad, escribí con letra prolija y anoté nombres, direcciones de e-mails y fecha en los lugares indicados por esas majestades.

La evaluación sobre el idioma inglés consta de ciertas preguntas referidas a la interpretación del texto. La tercer pregunta de la evaluación, recuerdo, exigía responder sobre la opinión de uno de los actores del texto. Las resolví con cierta rapidez y me levanté a despachar mi evaluación completa, cuando uno de esos indios, sus ojos encendidos de odio, estrechó su mano hasta lo más alto del cielo. El indio, con una lapicera en mano que actuaba como la piedra de una Intifada más pequeña en Parque Centenario, interrumpió el silencio sepulcral y expresó:

– En la tercera pregunta, ¿hay que poner la opinión del autor o la nuestra?

Sentí un estruendo. Un ruido metálico. Pudo haber sido un fluorescente que cayó en algún aula.

Creo, en verdad, que fue un piedrazo indígena golpeando el casco de la racionalidad.

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