Archivos para enero, 2011

Dialectos

Publicado: 3 enero, 2011 en Sin categoría

Suspirar, creen que es hablar. Confieso que es un lenguaje demasiado místico para un ser tan prosaico como yo.

L.V.M

Querido diario,

Adaptarme a las costumbres de los indios Sociales no ha sido, nobleza obliga, una tarea tan monstruosa. Las vestimentas originadas en la lana, la portación de trastos y cacharros vinculados a la bebida del mate y una actitud de desidia frente a casi todos los acontecimientos, no son características difíciles de imitar y adquirir como propias en demasiado tiempo. Puede decirse que, al primer año de cursar en la choza de Parque Centenario, habíame logrado mimetizar de tal manera, que los indios me consideraban uno de los suyos.

 

Sin embargo, no fueron pocas las veces donde mi utilización del idioma occidental, provocara en mis indígenas interlocutores, una sensación de invasión del hombre blanco, y un estado permanente de sospecha. He charlado con centenares de indígenas sociales, especialmente en esos  Mc´ Donalds de la socialización del indio: la antesala del ingreso al aula. Si es cierto que, a medida que se acercan las evaluaciones, el indígena intenta derivar la conversación cada vez más a los temas de la currícula (a los fines de constituir lo que al indio le gusta denominar “grupos de estudio”, que consisten en la concurrencia a un bar a dispersar libros sobre la mesa y parlotear sobre temas ajenos al contenido de la currícula), lo cierto es que diversas conversaciones con el indio me han permitido conocer la lógica del idioma del indio Social.

Porque fácil sería que yo, aquí, realizara un compendio lingüístico, lo que el hombre blanco llama “diccionario”, reuniendo los principales términos de los que se vale el indio para la comunicación inter-indígena. Sería sencillo, para mí, relatarles cómo el indio resume palabras (de ahí el “Socio”, para referirse no a una de las partes de un contrato de sociedad, sino más bien a la ciencia que estudia, describe y analiza los procesos de la vida en sociedad, la manera enfermiza en la que el indio refiere su casa de estudios como “la facu” y la caprichosa reducción de la Sociología Política al término “sociopol”), o de qué manera el indio Social se arroga la potestad de convertir a las iniciales en parte del lenguaje coloquial (de ahí el TePéCé, de Teoría Política Contemporánea, el MT de Marcelo T. de Alvear, los indescifrables CeBeCé, CeCso, PO, Ués, Emeseté, o la simple inicialización de sustantivos tales como TePé para el vulgar trabajo práctico). Cometería un acto de pereza digno de un indio Social si les explicara la manera en la que el indio Social denomina sus chozas por la calle en la que se ubican, suponiendo que, ante la mención de la palabra “Ramos Mejía”, cualquier ser vivo de este planeta dará por sentado que se trata de la sede de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, y no una ciudad de La Matanza, un hospital del barrio de Balvanera, o el ministro de Obras Públicas y Agricultura de Roca, Quintana, Figueroa Alcorta y Roque Saenz Peña.

Mas bien, deseo, como el chinito del proverbio que exige aprender la técnica de la pesca antes que recibir el pescado del día, exhibir ante ustedes, hombres blancos y occidentales, la lógica que tras este tipo de lenguaje se esconde. Recorre la choza de Parque Centenario un hálito desparramado por textos de Bourdieu y Foucault que barnizan sobre el indígena el poder que empuña la palabra. Han de haber tomado nota, diría que por cercanía física más que intelectual con semejantes obras, los indios Sociales de dicha idea, y han creado un lenguaje a su propia medida. Sostengo la afirmación que precede en la siguiente situación.

De todas las denominaciones que los indígenas utilizan, la que no dejó de sorprenderme sino hasta el fin de mis días en esa choza, es aquella que refiere a los trabajadores de limpieza y administrativos de la universidad, que los indios Sociales dieron en denominar (de manera mágica para quien les escribe): “No docentes”. Fue tal mi sorpresa cuando escuché por primera vez esa palabra, que me animé a consultar acerca de a quiénes se referían con semejante denominación. Y la pregunta, a pesar de levantar sospechas entre el indio, tenía un sentido más que lógico. Porque no docente era yo, y no docente es mi padre, agrimensor él. No docente es el ministro de Turismo de San Juan, el bañero de un mar escondido en la costa bonaerense y Alfredo Alcón. La palabra, a excepción del docente, nos incluye a todos. Luego, carece de sentido, toda vez que no cumple la función específica, derridiana, del idioma: la de denotar unas características particulares por medio de las cuales se excluye al resto. Esta inversión, esta revolución idiomática, opaca, para mi, un rasgo anterior del indio Social.

El indio es, antes que nada, un ser culposo. Bajo ese manto de pulóveres y desidia, se esconde un individuo que ha tomado conciencia que vive un pasar absolutamente subsidiado por el resto de la Humanidad. A la culpa material de vivir financiado, el indio la balancea simbólicamente con palabras. Al eludir elípticamente la definición positiva sobre el carácter de empleado del hombre de limpieza, el indio supone que niega la relación de poder. No hace falta que reitere el poder creativo que el indio le arroga a la palabra.

El No, delante del docente, no es una negación del carácter docente del hombre de limpieza.

Es, más bien, un eufemismo.