Archivos para octubre, 2010

Baños

Publicado: 18 octubre, 2010 en Sin categoría

Tesis y antítesis de la vida de una república. Eso dicen que es gobernar y administrar.

L.V.M

 

Querido diario,

Tomados de la civilización occidental, afortunadamente los indios Sociales han incorporado una mínima noción de higiene que consiste en la adjudicación de uno o varios espacios de su choza a la instalación de que lo que nosotros conocemos como baños. Nobleza obliga, debe decirse que, así como las costumbres de comer, beber infusiones o simplemente sentarse, fueron adaptadas pero reinterpretadas por el indio Social, en cambio los baños son quizás el elemento occidental que más puramente ha sido incorporado por la choza de Parque Centenario. En ellos no se vislumbra, tal vez, ninguna de las extravagantes características que he descrito respecto a los indios Sociales.

Mas si mi descripción terminara aquí, sería infiel a lo que mis notas arrojan de aquella experiencia en la choza de los Sociales. Porque es cierto que los baños de los pisos superiores no presentan ninguna especificidad que valga la pena aquí relatar, como es cierto que el baño de la planta baja es, a simple vista, un baño que podría ubicarse en cualquier otro lugar del territorio argentino y pasar desapercibido. Como todo espacio compartido por cierto grupo identitario de personas, el baño de la choza de Sociales es también un espacio de comunicación entre sus miembros. Uno puede leer, en los baños de los pisos superiores, la adhesión sobre los azulejos a algún club de fútbol, alguna declaración de amor y, por qué no, la simpatía política por una tribu u otra. Sin embargo, los mensajes tallados en tinta sobre las paredes del baño de la planta baja, difieren en sus contenidos. Extrañamente largas, dichas exposiciones en fibra sobre azulejos, son afirmaciones generalmente racistas, muchísimas veces antisemitas y mayoritariamente fascistas.

El indio Social se fascina con dichas expresiones. Permanece, incluso, más tiempo de lo normal en el baño de planta baja, como si entrase en una especie de trance, absorto entre mensajes firmados por organizaciones ligadas al catolicisimo recalcitrante y/o las Fuerzas Armadas. El baño de la planta baja es una especie de antítesis de todo lo que el indio Social representa. Porque, digámoslo, ¿qué es una identidad que nunca se ve amenazada? No es nada. Una identidad que no logra delimitarse, que no encuentra un dique de contención en otra identidad, es un río que inunda todo y que, como tal, se diluye. Las tribus indígenas de otrora, generalmente ubicaban sus antítesis fuera de su territorio. Así, cada cierto período de tiempo realizaban expediciones a otros poblados a los fines de entrar en combate, saqueando los fortines de la civilización y tomando rehenes que luego intercambiaban por cabezas de ganado, caballos o territorio. El trasfondo de esa lucha material era, quizás, la formación de una identidad a través del contraste con sus propias costumbres. Pero el indio Social es más bien un ser pasivo, gustoso de la comodidad de su choza. Es por eso que ha logrado hasta construir su antítesis dentro de su propio territorio, a los fines de no tener que movilizarse demasiado para esa tarea esencial.

Aunque carece de duchas, puedo afirmar aquí que el indio Social ingresa al baño de la planta baja, cada cierto período de tiempo, a los fines de darse un baño. Un baño que es, metafóricamente, una ducha de identidad, una confirmación de los valores del indígena Social. Y merece aquí una breve, aunque no menos importante, consideración respecto de dicha identidad. La identidad del indio Social, en lo que a cuestiones políticas refiere, es difusa y errante. Y esa dispersión, esos millones de matices que diferencian a todos y a cada uno de los indígenas Sociales, es la causa de que el único Otro posible, la única identidad contra la cual se puede constituir algo así como la identidad del indio Social, sea el fascismo, el antisemitismo, el nacionalismo estúpido, o, mejor, un combinado recalcitrante de todas esas identidades.

Existen varias hipótesis acerca de la existencia de estos energúmenos fascistas y antisemitas. La más osada sostiene que dichos mensajes son producidos por los propios indios Sociales, en una construcción hegeliana y artificial de la idea de un Otro interno. Mi trabajo de campo descree de esta suposición, e incluso creo que hay, tras ello, una suerte de peligrosa apología de dichos mensajes.

Más bien, tiendo a creer que la choza de los indios Sociales es una reproducción a escala de la totalidad humana. De las pocas satisfacciones que me he llevado en la choza de Parque Centenario, tal vez esta sea la más esperanzadora.

Que hasta los indios Sociales han podido encerrar a la estupidez en un baño.

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Doctrina

Publicado: 15 octubre, 2010 en Sin categoría

¿Cuál es el orden de verdades al alcance de ciertas razas, vedadas para otras?

L.V.M

Querido diario,

No alcanzo a recordar -mis notas son confusas en ese período -cuál fue la circunstancia en la que di con el siguiente manuscrito, que constará como anexo en mi investigación sobre los indios Sociales. Intuyo que he accedido a estas veinte verdades sobre el indigenismo Social, de la manera en la que los indios tienden a comunicar sus mensajes: a través del tallado con lapiceras del mobiliario que luego los propios indios denuncian como obsoleto.

“1. La verdadera democracia indígena es aquella donde el gobierno hace lo que los indios quieren, y los indios no tienen ninguna responsabilidad para con el gobierno.

2. El indigenismo social es discursivamente popular, y objetivamente todo lo contrario.

3. El verdadero indígena no trabaja, cursa. El que en su nombre, porta traje y trabaja ocho horas en una oficina, lo es sólo de nombre.

4.  Para un indígena Social no hay nada mejor que otro indígena Social.

5. No existe para el indigenismo Social más que una sola clase de hombres: los que cursan.

6. En Parque Centenario el trabajo es un castigo, porque es injusto tener que producir, si la parte más linda es consumir.

7. Ningún indígena debe sentirse menos de lo que es, por eso hay que levantar la mano todo el tiempo y decir todas las cosas que se le pasan a uno por la cabeza, aunque esté dando clases Heidegger y vos hayas recursado el CBC.

8. En la acción política, la escala de valores de todo indígena es la siguiente: primero, el financiamiento, después la choza y, por último, los indios.

9. La política no es para nosotros un medio, sino el fin, que es la conservación de la choza y el financiamiento para sostenerla.

10 . Los dos brazos del indigenismo Social son el mate y el morral. Con ellos damos al indígena una infusión de amor.

11. El indigena Social anhela la lucha, y no la unidad nacional. Desea mártires, para tener nuevos nombres para crear otras tribus sociales y excusas para seguir luchando por esos mártires creando otros nuevos mártires y así sucesivamente.

12. En Parque Centenario, los únicos privilegiados son los indios, aún a costa del resto de los trabajadores a los cuales los indios decimos representar.

13. Un indio sin doctrina es un cuerpo sin alma. Por eso el indio tiene una doctrina hasta para ir al baño: el indigenismo Social.

14. El indigenismo Social es una nueva filosofía de la vida, simple, práctica, cómoda, profundamente vaga y profundamente subsidiada.

15. Como doctrina política, el indigenismo Social realiza el equilibrio entre el maximalismo de todas las luchas y la incapacidad de generar un hecho concreto.

16. Como doctrina económica, el indigenismo Social realiza la Economía Social, poniendo el capital al servicio indígena y fustigando, al mismo tiempo, al capital como causa de todos los males.

17. Como doctrina social, el indigenismo Social realiza la Justicia Social, que da a cada indio su derecho a hacer lo que considera pertinente en ese lugar y momento determinado.

18. Queremos una choza ediliciamente destruida, espantosamente desorganizada y políticamente anarquista.

19. Constituimos un desgobierno descentralizado (1 hombre = 1 gobierno), un Estado inexistente y una horda de indios libres.

20. En esta tierra, lo mejor que tenemos son los indios”.

Las precedentes verdades han sido fundantes, debo admitir, del marco teórico que he utilizado para el estudio de los indígenas Sociales, toda vez que la producción de este material me ha permitido comprender el espíritu, la esencia del accionar y la forma de sentir de mis objetos de estudio. Se me imputa, entre el mundo de la ciencia, la acusación de haber falsificado este documento.

Yo respondo cuestionando la capacidad de la ciencia de comprobar si Malinowski alguna vez salió de su casa.

Y me pregunto si ese dato es importante.

Burocracia

Publicado: 12 octubre, 2010 en Sin categoría

Le contesté que el Tratado obligaba a los cristianos desde el día en que el Presidente de la República le había puesto su firma al pie. Me contestó que él había creido que era desde el día en que me lo devolvió aprobado. Le contesté que no.

L.V.M

Querido diario,

Desorganizados, anárquicos, creyentes en una especie de sinergia cósmica que se parece más al Azar que a un Orden, los indios Sociales, sin embargo, debieron ceder ante el Estado nacional, y permitieron que crezca, para llevar un mínimo control sobre sus pasares, una burocracia. Padecida por todos y cada uno de los habitantes del suelo argentino, la burocracia de los organismos y servicios públicos y privados de la Argentina no son, empero, una pesadilla tan terriblemente weberiana como el resultado atroz que emergió de combinar, frankenstianamente (si se me permite la libertad poética), el empleado estatal con el indio Social: el burócrata Social, Can Cerbero de un Hades peor, no por tan eterno, sino por más lento. Si el camino al Infierno está plagado de buenas intenciones, el camino del indio Social se volvió intransitable por la militante desidia del burócrata Social.

En un principio, intentó el Estado traficar civilización a través de la imposición de unas formas burocráticas occidentales, pero, así como hay genes más fuertes que otros que neutralizan la potencia de los más débiles, así los indios Sociales aportaron sus características para convertir a ese intento de burocracia en algo mucho más diabólico: una burocracia carente de fines. Como aquellos conquistadores españoles que prontamente comenzaron a adquirir costumbres de los indígenas americanos, así estos burócratas que provenían de la civilización lograron combinar sus prácticas occidentales con los peores rasgos de los Sociales. El resultado es, a todas luces, funesto.

Su presencia se convirtió en clave para todos los indios Sociales, que así como ignoran cualquier tipo de legislación que provenga del Estado nacional, por otra parte sienten para con el burócrata Social una especie de devoción, que no es fruto tanto de la fe, como de la verídica certeza de que el burócrata Social controla la vida de cada uno de los indios Sociales. Con la caída del muro de Berlín, el único reducto donde la burocracia controla de manera tan cercana y dictatorial la vida de otros sujetos, es en la choza de Parque Centenario (aunque dicha práctica se extiende también a la choza de Marcelo T. y demás ocupadas por los indios Sociales). Allí donde la Unión Soviética diseñaba estratégicamente las profesiones con las que quería contar, y luego obligaba a sus ciudadanos a perfeccionarse en tales materias, aquí dicha política pública fue encomendada a hombres que ingieren facturas y litros de mate, y atienden en horarios escandalosamente arbitrarios.

He visto con mis propios ojos, hombres y mujeres encerrados en una oficina escasamente iluminada, con una mesa exageradamente grande en el medio y una birome; he visto esa clas de hombres cuya única razón de permanecer allí era dar a la firma un papel que habilitaba a la prosecusión de otro papel más. Realizar un trámite en Sociales es una continuación de un juego que se enseña a los potenciales indios Sociales cuando infantes: la búsqueda del tesoro. El burócrata Social es el iniciador, a veces a través de un simple gesto -puesto que la mezcla del lenguaje occidental y el Social lo convierte en un ser incapaz de armar sino frases enigmáticamente unimembres -de una serie de postas que el indio Social debe atravesar: una firma inconseguible que posee tal vez sólo una persona de las treinta millones que habitan el país; sellados misteriosos que duermen el sueño de los justos en oficinas cuyos horarios dependen, a su vez, del ánimo de apertura de un oscuro poseedor de una llave; requisitos que se suponen públicos y de sencillo acceso en fondos vetustos y ocultos de páginas de Internet que ni la propia NASA es capaz de descrifrar (¡ea, maravillosa ironía la de llamar a la forma de inscripción de los indios: SIU Guaraní!). Entrenados desde el momento de inscribirse para habitar en la choza de Sociales, los indios navegan dichas aventuras con una constancia espartana muy parecida a la resignación. Porque, en el fondo, el burócrata Social es el verdadero soberano de dicha choza, aquél que decide sobre la posibilidad o no de un indio de cursar determinadas materias, de adquirir la finalidad de dicha instancia (que los indios llaman “título”), de comprobar burocráticamente si el testimonio escrito que presenta el indio es verdadero o una maniobra falaz.

El trámite, como tal, no es concebido por el burócrata Social como una totalidad. No hay estadísticas al respecto, pero se dice entre los indios que nadie, nunca, se acercó a una de las ventanillas -hábitat del burócrata -y se alejó de allí con la satisfacción de haber finalizado correctamente aquello que en principio buscaba realizar. Esta imposibilidad es, tal vez, una enseñanza sobre la vida (y estudios anteriores al que aquí presento afirman que, así como cuando se está por liberar una ballena en cautiverio se le enseña a cazar animales vivos, el verdadero sentido de dicha burocracia no es ordenar nada, sino curtir el cuero del indio Social, hacerlo soportar cualquier clase de penurias para enviarlo a la cruel vida de la civilización. No hay aprendizaje mayor, en Sociales, que el de la certeza de que ante la ventanilla del burócrata no hay prerrogativas de sangre, ni económicas, ni de nada: no hay comunismo más desnudo que el de la impotencia del niño bien contra la negación de un mediocre gordo con un sello).

Los indios más veteranos gustan de relatar, mientras incendian mobiliario durante alguna toma, una leyenda kafkiana. Hubo una vez, dicen, un indio Social decidido a comenzar y terminar un trámite en una única ventanilla. Estudió eficazmente todos los requisitos, fotocopió, a color y en blanco y negro, todo aquello que se le pedía. Con los años, incluso, la leyenda dice que hasta hizo certificar por escribano público el carácter veraz de su documentación. Los más osados gustan de imaginar que intentó realizar el trámite de los trámites, el trámite total, el más imposible: la equivalencia de materias con otra carrera. Asume la leyenda que el valiente indio Social pasó días y noches frente a la ventanilla del burócrata Social, intentando completar formularios, haciendo el vano esfuerzo de explicarle la esterilidad de algunos requerimientos. Pasaron días, noches, tardes lluviosas, vacaciones de verano, pasillos desiertos, hasta que el burócrata Social comprendió que aquél indio estaba por morir frente a su ventanilla, y exclamó:

– ¿Qué quieres ahora?, ¿está legalizado eso?    -dijo el burócrata.

– Todos los indios queremos terminar un trámite, ¿cómo es que yo solo esté, hace años, en esta única ventanilla?

El burócrata Social lo miró, resignado, y deglutiendo una última factura que empujó con un mate, le dijo en una voz apenas audible:

– Nadie podía intentar este trámite, porque esta ventanilla estaba reservada para ti. Ahora, voy a cerrarla. Porque atendemos hasta las seis de la tarde.

Algunos estudios que abordaron la problemática de los indios Sociales desde una perspectiva psicologicista sostienen que, en verdad, el burócrata Social no existe. Que se trata, simplemente, de una creación del inconsciente colectivo Social para no terminar, jamás, su placentero paso por la choza de Parque Centenario.

Quisiera poder certificar dicha hipótesis, traer aquí mi testimonio de que en verdad el indio Social se para frente a inexistentes ventanillas que lo mandan a otras tan inexistentes como aquellas. Mas me he topado con algunos burócratas Sociales, y puedo dar fe de dicha realidad.

Aunque mi paso por Sociales pudo haber condicionado mi objetividad.

Tal vez yo tampoco quise irme nunca.

Aprendizaje

Publicado: 6 octubre, 2010 en Sin categoría

Pues bien, convertir una razón en dos, en cuatro o más razones, quiere decir, dar vuelta la frase por activa y por pasiva, poner lo de atrás adelante, lo del medio al principio, o al fin; en dos palabras, dar vuelta la frase de todos lados. El mérito del interlocutor en parlamento, su habilidad, su talento, consiste en el mayor número de veces que da vuelta cada una de sus frases o razones.

L.V.M

Querido diario,

Una de las primeras dificultades que se me plantearon a la hora de realizar un estudio sistemático sobre el indio Social fue la cuestión del idioma. Es cierto que los Sociales hablan una especie de idioma parecido al nuestro, el de los occidentales, pero las pequeñas divergencias culturales que surgieron con el proceso de sedentarización del indio Social en Parque Centenario, formaron un dialecto propio. En mis estudios, no me interesó tanto el idioma social, como la forma en la que los indios aprenden.

Se sabe que el idioma se aprende a través de la repetición. Más: el idioma es una repetición. Es muy interesante ver la dinámica por la cual el indio Social aprehende el idioma occidental de los docentes (o civilizadores). Así como los niños repiten la enunciación de la maestra en el jardín de infantes, los indios Sociales -un poco más adultos -practican un ejercicio similar que no consiste en repetir el mismo enunciado, sino la esencia del mismo con otras palabras. Esta es la manera del indio Social de conseguir cierto status entre sus pares, levantando su mano hacia el cielo durante el transcurso de una clase (así requieren los indios la palabra), repitiendo exactamente el mismo enunciado del civilizador con algunas palabras parecidas. Así, vemos:

– Y, como decía W***, en verdad los conceptos no se aplican totalmente a la práctica, sino que son herramientas para analizar…

– O sea -interrumpe el indio -que lo que dice W*** es que son elementos teóricos pero que no se ven siempre tan claros en la práctica…

– Claro.

Y allí el indio Social se siente realizado, no sólo por la aprehensión de un nuevo concepto, sino por unas ansias voraces de demostrar ante sus indios pares que él ha comprendido. El indio Social es, en general, un exhibicionista. Gusta de contar con la aprobación del otro. Pero hay una clase de indio, menos numerosa pero más notoria, que emprende otro tipo de demostraciones más pornográficas: el indio que complementa. El indio Social que repite es, por momentos, cansador. Pero el indio Social que complementa las palabras del docente es, simplemente, una tragedia. Podría seguir arrojando ríos y océanos de tinta en la inefable tarea de describir a estos sujetos, pero nada sería tan gráfico como la transcripción de este diálogo del que puedo jurar por los dioses que gusten que fui testigo observante:

– Es como si se promulgara una ley para que los perros no puedan ladrar de las diez de la noche a las cinco de la mañana -ejemplificó un docente, intentando graficar alguna cosa respecto a una ley.

– Claro, porque por más que vos hagas una ley para eso, el perro no va a dejar de ladrar -completó un indio Social, exponiendo brutal y estúpidamente su interpretación de una metáfora.

Las metáforas, como los chistes, mueren cuando se explican. Pero el indio Social sólo comprende aquello que deconstruye salvajemente, como un niño que destroza el control remoto en busca de una respuesta. Las metáforas, para los indios Sociales, son la cáscara que hay que pelar para acceder al conocimiento verdadero.

La repetición como forma de aprehensión ha sido estudiada e interpretada por las tribus sociales que pretenden el gobierno de la choza de Parque Centenario. De esa manera, centenares de mensajeros de las tribus recorren las aulas entonando siempre un libreto pre-diseñado que, más que convencer, busca machacar (de ahí el tono monótono, sin pausas, sin variaciones en los adjetivos, como si la condena a una invasión de un país caribeño no mereciera un tono de voz distinto al de “buenos-días-compañeros-los-molestamos-un-minuto”). Resulta digno de ser observado, además, la participación de indios Sociales en lo que ellos denominan asambleas, y cómo ese culto por la repetición se lleva al extremo cuando, ante distintos estímulos externos, los Sociales responden con la misma secuencia de palabras. Es un arte, un mérito, una habilidad, la que desarrollan los indios Sociales, de conversar horas y horas, a veces hasta violentamente, volviendo siempre al punto de partida. Como si caminar no fuese un medio para llegar a otro lado, sino un goce por secuenciar el movimiento de las piernas, el habla, entre los indios Sociales, pasó de ser una herramienta de comunicación efectiva, a una expresión artística.

Algunos antropólogos que visitaron Sociales revisaron estos apuntes y me advirtieron que la expresión artística también es una forma de la comunicación. Yo estuve de acuerdo con ellos, pero también debo decir que para ir a comprar facturas resulta más sencilla la expresión “vamos a comprar facturas” que tallar sobre mármol el David. Gran cantidad de los problemas de los Sociales tienen su origen en que, a la renuncia del habla como herramienta de comunicación, los indios no han encontrado otra herramienta más efectiva de comunicación. Los carteles con consignas pegados en la pared son una prótesis comunicacional que también carece de dinamismo. Mucho más cuando los indígenas todavía utilizan la témpera, unos tarros con pinturas para infantes que dejaron de usarse alrededor de 1998 en la civilización occidental.

Esta pérdida de tiempo los tiene sin cuidado. Los indios Sociales podrían, si tuvieran ganas, hasta dejar de hablar. El indio Social carece, como los animales, de la conciencia de su finitud.

La existencia del indio Social es solamente espacial. Atemporales, repiten las mismas secuencias porque se suponen eternos.

Trascendencia

Publicado: 4 octubre, 2010 en Sin categoría

No sentí lo que se siente en presencia de una profanación: no experimenté lo que se experimenta ante un sacrilegio; no me conmoví como cuando un sortilegio nos llena de estúpida superstición. Sentí y experimenté una impresión fenomenal, me conmoví de manera diabólica, como en la infancia me imaginaba que se estremecía el diablo cuando le echaban agua bendita.

L.V.M

Querido diario,

Corría el tiempo en el que Quique estaba enamorado de la que cobraba en la caja de La Cacerola, así que no sólo nos encontrábamos ahí para intercambiar pareceres sobre los indios Sociales, sino que Quique bajaba a hacer pedidos distintos cada quince minutos. Creo que fue la irritación que me provocó el hecho de que Quique comprara las medialunas de a una (“así la veo más veces”, decía el enfermo) lo que me llevó a discutir con un nuevo compañero que se nos sumaba. Toto, le decían, y era de un pueblo del Interior, cuyo nombre no quiero recordar. Me llevaba bien con Toto, cursábamos una materia juntos pero hasta el momento no nos conocíamos demasiado, por mi reticencia a entablar relaciones estrechas con los indios Sociales. Pero ese día discutimos fuerte.

La tesis de Toto era que en el traspaso de la educación secundaria a la universitaria, la angustia generada por la caída en el anonimato del alumno (debido a la diversidad de materias y la cantidad de alumnos), lo lleva a convertirse, por ejemplo, en un indio Social. Toto decía que ningún ser humano sale bien de pasar de ser “Rodríguez” o una forma de identificación subjetiva individual, a, con suerte y favor del Siu Guaraní, un número en una planilla. A partir de mis estudios entre los Sociales, yo me volcaba hacia una postura más esencialista: sostenía que indio Social se nace. El fragor de la discusión nos llevó a disquisiciones filosóficas cuya reproducción sería fútil, pero hubo momentos donde la cuestión adquirió tintes de violencia. En el fondo, comprendí después, yo no había logrado establecer la suficiente distancia científica respecto de los Sociales. Porque detrás de mi esencialismo, se escondía una forma del perdón. Si indio Social se nace, entonces no es reponsable. Si indio Social se nace, entonces el pulóver de lana, el morral, la desidia, la destrucción edilicia, el desvarío argumentativo sobre la nada, todo, todo podía ser perdonado. Los esencialismos son una forma de la impunidad, tal vez la más cómoda.

Quique, ajeno, bajó a pedir otro vaso de agua, el quinto que se tomaba. Fueron minutos de una tensa calma, donde ambos realizábamos dibujitos sobre los márgenes de unos apuntes que jamás ibamos a leer en ese contexto. Coincidió con el regreso de Quique, y una expresión del tipo “Dios, ¡qué buena está!”, el desafío arrojado por Toto.

– Te lo puedo demostrar -dijo, y no me molestó tanto el desafío en sí mismo, como la actitud sobradora.

– Ah, ¿sí?, ¿cómo?, ¿vas a entrevistar a la familia de todos estos indígenas para ver si cuando eran chiquitos guardaban los juguetes en mini-morrales de bebé, vas a ir a preguntarle a la vieja de alguno a ver si apilaban las sillas de la mesa de la cocina y se sentaban en el piso? – grité.

Cuando dije indígenas, algunos se dieron vuelta y me miraron. El dejo despectivo de mis palabras, impresionó a Quique quien, en vez de tomar partido, sabiamente bajó a comprar otra medialuna. Por suerte Toto no se lo tomó tan mal. Me explicó que él podía demostrarme científicamente la intrascendencia de los indios Sociales, cómo esa intrascendencia los condenaba a las prácticas detestables que realizan, y me tocó una fibra íntima cuando apeló a un concepto filosófico que me pareció, nobleza obliga, maravilloso:

– Te voy a demostrar -dijo, y empezó a juntar las cosas para irse -que no hay nada que un indio Social pueda hacer para llamar la atención. Nada. El indio Social es incapaz de conmover al resto de la Humanidad. Y esa es la tragedia de origen de esta raza.

Se paró y esperé que hiciese algo para demostrarlo. Pero no. Tomó las escaleras, se cruzó con Quique, a quien no saludó, y se fue.

A los pocos días lo llamé a Toto, un poco para pedirle disculpas, otro poco para pedirle explicaciones, y un poco más para pedirle unos apuntes de un parcial que tendríamos el miércoles siguiente. Toto no respondía el celular, y di por sentado que estaba enojado. Llegó el miércoles, y lo busqué en La Cacerola, pero sólo encontré a Quique nervioso. No tanto por el parcial como por los siete cafés que se había tomado. Le pregunté por Toto y balbuceó algunas incoherencias (se estaba alimentando a medialunas y tostados de árabe las últimas dos semanas), así que me fui a rendir sin escucharlo.

Cuando pasó la primera media hora del parcial y Toto no llegaba, entendí que lo había ofendido, y me prometí no volver a dar discusiones insólitas con gente que no conocía demasiado. En las chozas de los Sociales, las puertas carecen de cerraduras, las cuales son reemplazadas por otro mobiliario -las sillas, que originalmente sirven para sentarse, pero el indio Social no se sienta porque prefiere el contacto con la Pachamama- para darle a la puerta su función más natural, que es la de estar cerrada. Así, el exagerado ruido que provoca cada indio Social que ingresa a un aula, distrae la atención hacia ese evento, mucho más cuando se trata del silencio indígena ante un parcial.

El momento fue mágico. El ruido a metal se venía escuchando desde fuera, hasta que calmó cuando ingresó el primer pie. Y tras ese pie, que ya concentraba casi toda la atención, un buzo. Alguno me dirá que podría haber entrado un albañil, un médico, un tesorero y que dicha descripción no aporta más que un detalle estéril a la historia. Y tendría razón, sino fuera porque el buzo venía vestido con su ropa de trabajo. Una escafandra completa, con el traje impermeable, las patas de rana (elemento  más teatral, me enteraría luego, que no se usa con escafandra) que chancleteaban contra el piso y, maravillosamente, una máscara enorme completamente cerrada, con el agujero de cristal en el frente y los tubos que lo conectan al oxígeno, sostenidos por quien venía atrás del buzo: un teletubie morado. Que, luego me enteré, era Tinkie Winkie.

Algunas sonrisas de los indios y una mirada desconfiada del civilizador fueron inmediatamente censuradas ante la seguridad con la que el buzo y el teletubie pidieron disculpas por la demora horaria (creo que hasta dijeron que “había mucho tránsito”), se sentaron exactamente junto a mi banco y sacaron una hoja. El buzo abrió el agujero de cristal de su máscara, me miró y arrojó:

– Pasame las preguntas.

Tinkie Winki entregó en blanco, porque no sabía un carajo.

Toto, el buzo, se sacó un ocho.