Bolita

Publicado: 9 febrero, 2011 en Sin categoría

Cuando creemos llegar a la cumbre de la montaña con la piedra nos derrumbamos a medio camino. Nos creemos al borde de la playa apetecida y nos envuelve la vorágine irritada. Esperamos ansiosos la tierna y amorosa confidencia y nos llega en perfumado y pérfido billete un ¡olvidadme! Ofrecemos una puñalada y somos capaces de humillarnos a la primera mirada compasiva.

L.V.M

 

Querido diario,

En un lugar de la choza de Parque Centenario, cuyo nombre no quiero recordar, existe una materia diferente a todas. Es una materia que los indígenas ansiosos por llegar al final de su carrera, utilizan a la manera del comodín en el juego de naipes. Fue de las últimas materias que cursé y lo hice, efectivamente, con mi amigo Quique. Él había conseguido un pasaje para irse a Europa, y necesitaba recibirse cuanto antes. La materia termina con un trabajo final que se puede entregar en el mismo cuatrimestre, no lleva demasiado tiempo, nos habían dicho, y es de cursada sencilla. Al menos, eso creímos.

Estuvimos un par de semanas sin vernos con Quique, así que nos encontramos media hora antes del horario de inicio de la clase. Lo cual nos permitió casi una hora de charla, puesto que la primer clase en la choza de los indios, comienza siempre con un buen retraso, a los fines de demarcar la relación de sujeción del indígena con el civilizador. Le manifesté a Quique mi acuerdo con dicha práctica, quien coincidió en que sólo se puede domesticar un lugar con semejante horizontalidad en el poder, por medio de pequeñas manifestaciones violentas de poder, como llegar tarde, cambiar arbitrariamente las fechas de parciales y elegir autoritaria y maravillosamente la fotocopiadora donde se ubicarán los apuntes. La charla discurrió por esos menesteres, además de contarme que estaba cansado de su trabajo en la subsecretaría y que tendría una entrevista en una reconocida consultora política. Al rato comenzamos a imaginar de qué se trataría la materia. El título, que no recordaré aquí, prometía al menos algo hilarante. Las referencias que habíamos recibidos, hablaban de cierto relajamiento en el curso de las mismas. Yo me negué a creer que hubiera un escalón más alto que el relajamiento generalizado de la choza de Parque Centenario. Lo que no sabía era que no había un escalón más. Había que tomar algunos ascensores para llegar a semejante grado de desidia educativa.

De por qué terminé besando en el cachete a un indignado Quique, es algo que todavía no puedo recordar. Me dijo que si volvía a hacerlo, debería tomar la decisión de cagarme a trompadas o dejar trunca la amistad, y que ambas variables, a saber, ser amigos y no cagarme a trompadas por besarlo en el cachete, eran excluyentes. Le señalé el frente de la clase en una especie de disculpa improvisada. Lo que quería decir, en verdad, era que la joven profesora, había requerido que los alumnos se besaran, como forma de presentación. Quique tomó mis cosas, aprovechó el tumulto que se había generado, y nos movió sin mi consentimiento a unos bancos en el fondo del aula, a los fines de evitar cualquier otro tipo de contacto físico con el resto del obediente malón, que procedía casi sin cuestionamientos a semejante práctica.

Quique dibujó dos palotes grandes en su hoja, tachó uno de ellos y me acercó la hoja. Años cursando juntos me permitieron comprender al instante la metáfora gráfica: le daría una oportunidad más a la materia. La siguiente clase transcurrió sin novedad, aunque los tópicos y la voz aniñada de la joven civilizadora nos irritaban por igual. La tercer clase, sin embargo, terminó de desmadrar la situación. La civilizadora repartió entre nosotros una fotocopia mal sacada, con imagenes de seres humanos en distintas posiciones. Como un mago berreta, eligió al azar un grupo de indígenas entre los cuales designó a Quique. Una calma chicha, aquella anterior a la tormenta, suerte de ojo del huracán donde las cosas parecen estables, comenzó a circular en el ambiente, cuando todos los participantes pasaron al frente del aula, a excepción de Quique, quien miraba al frente como si nada estuviese ocurriendo. Entonces le dije por lo bajo que piense en Europa, y accedió a acercarse al frente. De todas formas, no había forma que la experiencia culmine satisfactoriamente.

Los ojos de Quique comenzaron a llenarse de sangre (él no me cree, pero yo vi una gota de sangre salir de su boca) cuando vió cómo la civilizadora hizo que varios de los índigenas practicaran una serie de posturas ante la agresión de un policía imaginario, representado por un ayudante de civilizador. Él ni siquiera reía, y si bien yo lo intenté, tenía más ansiedad por ver su reacción que por disfrutar ese extraordinario momento. Entonces llegó la hora señalada, el turno de Quique.

– Hacete bolita – le dijo la civilizadora.

Y por un segundo, el mundo fue un lugar perfecto para vivir. Sentí lo que era la verdadera alegría en su máxima expresión, con esa mezcla que la endulza, ese sentimiento de querer detener el mundo ahí y vivir para siempre ese momento.

– Así, bolita -refirió la civilizadora, suponiendo que la pasividad de Quique se debía a una incomprensión.

Y cuando todo podría haber terminado en verdaderos episodios de violencia, en cambio pude ver el clímax menos esperable para semejante suceso. Un señor de casi 27 años, vestido de traje, fingiendo ser un bicho bolita en el suelo, mientras otro señor no mucho más grande, hacía las veces de policía que lo golpeaba con un palo imaginario. La sorpresa fue tal, que luego le pregunté a Quique por qué, de todas las reacciones posibles que imaginé, había decidido acceder al petitorio. Me manifestó que grandes agravios requieren grandes respuestas, y que necesitaba enfriarse un poco para pensar la contraofensiva. Que así, en caliente, sólo le quedaba prender fuego su pasaporte, abandonar la materia y olvidarse de Europa.

Al revés de lo que supuse, Quique no volvió a aparecer por las clases. Lo imaginé ofuscado, incapaz de enfrentar semejante humillación, no con los indígenas, sino consigo mismo. Sin embargo, me llamó un día y me pidió que firme por él, una práctica extendida entre los Sociales, que consiste en asumir la identidad ajena a la hora de pasar la lista de los presentes, y que habíamos llevado adelante en una multiplicidad de materias a las que nos turnábamos para ir. No volvió a darme otra directiva, salvo esta. Me pidió le averigue si el trabajo final podía ser presentado en video y fue entonces cuando me preocupé. Tuve miedo que su experiencia como bicho bolita humano lo hubiera convertido al indigenismo Social, que haya tenido algún tipo de revelación que lo lleve a una vida de mate y pulóveres de lana. Era muy de indio Social proponer alternativas de evaluación. Casi, pensé, un sacrilegio. Pero le debía a mi amigo, al tipo que me había hecho pasar semejante momento de gratitud, ese pequeño favor. La civilizadora accedió al pedido con muchísima efusividad, y tuve ganas de incendiarme a lo bonzo el día que comentó, delante del resto de los indios, la propuesta que llevaríamos con Quique, de una evaluación final en video.

El día de la evaluación, Quique no llegaba. Aproveché esos quince minutos que tardó para pensar que debía dejar de seguir los impulsos de cada limado que conozco, cuando la civilizadora pronunció nuestros nombres. Las imposibilidades tecnológicas de la choza, me dieron unos minutos más (pasar un video, en Sociales, es una tarea de una épica mayor a la de la conquista de Jerusalén).  Sin más excusas para dar, estaba a punto de renunciar a la materia, previo pedido de disculpas, cuando Quique entró, triunfal, por la puerta del aula, luego de correr una silla que hacía, claro, las veces picaporte. Levantó, como una bandera de la victoria, un VHS y lo introdujo en la rústica videocassettera. Aproveché la oscuridad y me acerqué para preguntarle qué debíamos decir, cuál era, por lo menos, nuestro tema. Me dijo que espere.

Entonces arrancó el video, que constaba de dos escenas.

En la primera, estaba Quique en una situación de entrevista laboral. Era una consultora política reconocida por todos rápidamente. Un empleador le hacía a Quique las preguntas de rigor, y pasando por su vida académica, preguntó:

– Estudiaste en la UBA, ¿cómo pensás que podés aplicar tus conocimientos acá?

Un in crescendo (intuyo que era Mozart) acompañaba musicalmente la escena en la que Quique se arrojaba al piso frente al empleador y simulaba ser un bicho bolita. El empleador corrió su silla hacia atrás, y le preguntó a Quique si se sentía bien.

– Me siento bárbaro, le estoy mostrando las cosas que aprendí a hacer.

La escena cortaba ahí y se iba a negro, cuando vimos que la civilizadora se acercaba a cortar la transmisión. Pero entonces, comenzó la segunda escena. Quique se encontraba en un evidente edificio público, cuando un hombre que se identificaba como subsecretario de algo le pedía que apure un expediente que debía salir en ese instante. La escena, por repetitiva, no dejaba de ser hermosa. Quique se arrojaba nuevamente al suelo, y comenzaba a arrastrarse, cual bicho bolita, a los pies del subsecretario. Cuando llegó a él, además, lo besó en el cachete.

El nerviosismo fue mayor cuando pude ver que el subsecretario existía de verdad, que era el verdadero jefe de Quique, y que las situaciones no habían sido recreadas, sino filmadas con cámaras ocultas por mi amigo. Entonces terminó el video y la civilizadora, aunque lo intentó, no pudo no reprender la actitud de Quique, y expresó que ambos deberíamos recursar la materia. Quique no lo escuchó, porque ya había tomado sus cosas y se acercaba a la puerta. Pero entonces se volvió y dijo a viva voz:

– Les dejo una segunda enseñanza: si viene un policía, un representante del Estado, prueben con entregarle el DNI y colaborar. A veces es más efectivo que hacerse bolita, y no se les ensucia la ropa.

Lo agarré afuera y le pregunté si era pelotudo. Me pidió disculpas y se ofreció a inscribirme, firmar mi presencia y hacer el trabajo de una materia en el próximo cuatrimestre. Le pregunté por su trabajo, y me dijo que lo habían echado, que ya conseguiría otro. Le pregunté si había pensado lo de Europa, y me dijo que Europa seguirá estando allí por cientos de años más. Entonces amagó con irse y completó la frase. Me dijo que el trabajo y Europa continuarían allí independientemente de lo que él haga. Pero que lo que no podía soportar, era que más indios Sociales vivan con ese tormento que nosotros, de no ser por su actitud heroica, íbamos a sufrir.

Como quien juega al chin-chón y emplea el comodín para cerrar una conga, los indios que se reciben con esta materia reconocen, en lo más profundo de su ser, que no han alcanzado la verdadera pureza.

Piedras en el zapato que les recordarán, todos los días, mientras caminan, que nunca, nunca, se deja de ser un indio Social. Que no hay traje, ni portafolio, ni trabajo decente que los reconvierta en otra cosa diferente a la que son.

Indios.

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comentarios
  1. JorgeVillacrespense dice:

    Excelente puesta en escena. Aunque me permito dudar de la verosimilitud del relato, porque nosotros como indios que mantenemos la tradicion oral gustamos de reproducir tales rebeliones.
    Pero mas alla de eso me queda una duda. La docente de voz aniñada, por ser eufemisticamente magnanimo, era una chica que explicaba la modernidad con el libro de teoria 2 de Boron en su mano?

  2. DanielGB dice:

    Dejo de lado la veracidad del relato para apañarme en su verosimilitud.
    Nunca debí hacerme bolita, ni besar el cachete de mi compañero, pero muchas veces, hombre grande yo para esas cosas, pensé…”Si hago eso, en 5 minutos el Negro me raja”

  3. Gaby dice:

    Aplausos maestro!!!

  4. Javier dice:

    Debo confesar que cursé esa materia en mi último cuarimestre. Si bien no hubo que hacerse Bolita, quizás gracias a la patriada de Quique, si tuve que aprender que es la técnica del fideo para resistirse a la autoridad. Este blog mejora con cada post. felicitaciones

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