Teóricos

Publicado: 17 febrero, 2011 en Sin categoría

La conversación familiar es como la nuestra, llana, fácil, sin ceremonias, sin figuras, con interrupciones del o de los interlocutores, animada, vehemente, según el tópico o las pasiones excitadas. La conversación en parlamento está sujeta a ciertas reglas; es metódica, los interlocutores no pueden, ni deben interrumpirse: es en forma de preguntas y respuestas.

L.V.M

Querido diario,

Las materias que cursan los indios Sociales se dividen, por lo general, en dos cursadas semanales. Los indios denominan a una de esas dos tipos de clases “teóricos”; a la restante, le cabe el mote de “prácticos”. En Occidente, esa distinción significa que, en las primeras, se tratarían los temas desde un punto de vista abstracto, y que en el segundo tipo de clase, se vería su aplicación práctica. Mas los indios, sabemos, modifican las acepciones de los conceptos que toman de la civilización occidental y los resignifican.

Pero en la choza de los indios Sociales, la distinción obedece a otras características. Las clases teóricas se distinguen de las prácticas por una particularidad: en aquellas la intervención del indígena es más riesgosa. La clase teórica es el ideal occidental de la pedagogía moderna: un docente se para frente a una masa de individuos y expone las herramientas necesarias para acercarse a un tema o, generalmente, a un autor en particular. La dificultad de poner en práctica la disciplina que estudia el indígena Social, no surge sólo al tener que encontrar un trabajo digno y decente en la civilización occidental, sino también en el momento de abordar el estudio desde las clases prácticas. Allí los indios han optado por considerar una clase como “práctico” cuando la misma es permeable a ser interrumpida con cualquier tipo de comentario referido – o no- a aquello que se discute en la materia. Esa definición habla mucho del indigenismo Social: han descubierto, allí, que su única practicidad, y luego, su única utilidad, consiste en dominar algunas artes de la retórica y el razonamiento. Podríamos definir entonces, más taxativamente, la distinción: una clase es “teórica” si, y sólo si, el docente, dentro de un determinado territorio (el aula), reclama (con éxito) para sí el monopolio de la palabra legítima. No considerarán los indios, a las clases como prácticas, allí donde no puedan ejercer legítimamente sus derechos a opinar a mansalva sobre temas que pueden, o no, conocer.

Las clases prácticas son, por supuesto, tierra de nadie. Así lo demuestra el hecho de que el plantel de civilizadores que se destinan a dicha homérica tarea consista en jóvenes y optimistas héroes ad honorem. El solo hecho de plantarse frente a esa turba de indígenas ávidos por expresar sus opiniones los convierte inmediatamente en héroes de la modernidad y la vida en sociedad y, debo advertir, algunos de ellos logran el cometido de llevar adelante algo así como una verdadera clase. Pero muchos sucumben ante una terrible evidencia que recorre la choza de los indios Sociales. No es un fantasma, pues éste podría eventualmente combatirse, lo que recorre esa aldea pre-moderna, sino un virus incombatible: el partipacionismo radicalizado. A pesar de la alimentación irregular a base de sandwiches de pan árabe, las dosis salvajes de tabaco, mate y alcohol que consumen los indígenas, los indígenas tienen buena salud física. Sin embargo, hay una enfermedad desarrollada en los últimos tiempos (cuya responsabilidad obedece pura y exclusivamente a las reformas aplicadas por trabajadores sociales y psicopedagogas en el nivel primario y secundario de la educación argentina) que promete terminar con cualquier posibilidad de reinsertar al indio en la vida occidental.

El indio Social ama y desea de manera enfermiza la participación en clase. Las instituciones del Estado cometieron no sólo el error de dejar ingresar semejante virus, sino también de fomentarlo. En algún momento de nuestra historia, ejércitos de psicopedagogas salieron a la vida pública a manifestarse abiertamente en favor de la participación del alumno en clase. Años de fantástica educación sarmientina y positivista fueron derribados por este neo-revisionismo que dejó un saldo cruento: la participación comenzó a ser valorada, per se, como un valor positivo, independientemente de sus límites, contenidos y regulaciones. El resultado es funesto. El resultado es la radicalización de la esencia del indio Social. Si antes había un mínimo de pudor, ahora la ética pos-moderna habilitaba a los indígenas a explicitar uno de sus peores rasgos. He visto a los mejores indígenas de mi generación, convertidos en Titíes Fernández. Los he visto poner sus brazos en alto para realizar afirmaciones difrazadas de preguntas, al estilo de “jugaste un gran partido”. Suponiendo que toda participación resulta satisfactoria, el indio Social se sintió libre para compartir con el resto de la Humanidad sus consideraciones respecto a toda clase de acontecimientos. Los he escuchado proponer nuevos temas de debate, aportar datos biográficos irrelevantes de autores, los he observado, y mis manos tiemblan mientras escribo esto, llevar recortes de diario, cual niños de primaria, para proponer actividades relacionadas a ello.

Ante ese panorama, las clases teóricas se han convertido en el lugar de resistencia del conocimiento realmente posible. Trincheras de ideas que alojan a los últimos de los positivistas, frente al relativismo invasor que amenaza con igualar a indígenas y civilizadores. Las clases prácticas son más concurridas -en cuanto a asiduidad y no a número, ya que los teóricos convocan a indios de todos los prácticos – y sin embargo, durante mi estancia en la choza de Sociales, he tenido una asistencia casi perfecta a todos los teóricos. Me suponía, ese voluntarismo, una manifestación en favor del conocimiento y la civilización.

He experimentado situaciones de pánico físico en Sociales. Cualquier indio que haya viajado en esos vacilantes ascensores de la choza de Parque Centenario puede dar fe. He cursado materias con evidentes y empíricas pruebas de que las estufas se encontraban emitiendo gases mortales. Hemos descendido por escaleras que han resistido el peso de indios en situación de campaña electoral, más por gracia divina que por procesos físicos. Y, sin embargo, ninguna de estas situaciones límites, produjo en mí tanto temor, tanto pánico, tanta incertidumbre respecto al futuro, como cuando presencié un intento de invasión participacionista en un teórico.

Debo decir, aquí, que no se trataba de cualquier teórico. Debo decir, también, que así como grandes civilizadores logran mantener un mínimo de cordura en clases prácticas, así también algunos civilizadores de teóricos han decidido abandonar sus banderas y permitir el desbande Social. Pero esta vez, me encontraba ante una de las torres, o más. Podría decirse que me encontraba en el teórico a quien el Estado Nacional Argentino había designado como la roca para edificar la trinchera del positivismo en la choza de los indios Sociales. A capa y espada, el profesor N***, importado de otra facultad para evitar el choque de intereses y la empatía con esa clase específica de indios, defendía con valentía y entereza cualquier intento de ingreso del participacionismo. Grandes causas requieren métodos atroces, y así como el profesor N*** había minado su castillo de sabiduría verdadera con grandes prácticos que aguantaban la avanzada participacionista, así también amuralló sus propios teóricos, impidiendo el ingreso, sin ponerlo a consideración de la indiada, de indígenas ajenos a su cursada que promocionaban posturas políticas y productos.

Fue en ese teórico, que permitía disfrutar de bellezas tales como clases de una hora y cuarenta y cinco sin ningún tipo de interrupción, donde por primera vez sentí temor. El profesor N*** discurría en explicaciones sobre su materia, sin permitir preguntas al respecto. Los indios desarrollaban estrategias ante esas murallas, y disfrazaban sus opiniones personales de preguntas. Rápido de reflejos, el civilizador los remitía a partes del texto y seguía con su clase sin perder, jamás, el eje. La salida era inapelable: no sólo que era cierto que las respuestas a las preguntas indígenas se encontraban en los textos a leer, sino que ninguno de los indígenas podría haberlo sabido (puesto que el indígena no lee, jamás, antes de una clase teórica, porque el indígena encuentra que el único motivo para estudiar es poder manifestarlo en una clase).

Un día trascendental, dibujado de cualquier otro día, como suelen hacer los días trascendentales, un indio Social osó levantar la mano para realizar un comentario. El civilizador N*** hizo, como era su costumbre, caso omiso de la requisitoria. Los minutos fueron pasando y la mano en el aire interrumpía ese clima de paz social que garantizaba el civilizador. Entonces el indígena, abombado por los vahos de la soberbia, decidió tomar la palabra sin el permiso correspondiente y realizó una serie de consideraciones sobre algún autor. Pero ya no era importante el contenido de sus palabras, sino el hecho de que la disputa por el monopolio de la palabra estuvo a pasos de convertirse en realidad.

Entonces pensé en la destrucción. Me grafiqué, imaginariamente, la choza de Parque Centenario implosionando cual la casa Usher, con sus indios disparando en todos los sentidos, e infestando de participacionismo radical al resto de la civilización occidental. Indigenas participando alocadamente en reuniones de consorcio, en debates senatoriales, manifestando sus opiniones en la cola del colectivo, en plazas, parques, pequeños indiecitos, hijos de indios mayores, cuestionando las reglas del jardín de infantes. Y temí. Temí que el civilizador N***, aún en toda su grandeza, no pudiera  con la presión de salvar a la Humanidad de su propia destrucción.

Sólo entonces el civilizador se quitó los lentes, miró al indígena que estuvo a punto de terminar con la Humanidad, y lo invitó, con voz firme y cansina, a retirarse del aula.

– Vuelva cuando sepa de qué habla el autor -fueron, tajantes, sus palabras.

Y el indígena quedó en evidencia. Sus piernas temblaron y, aunque no se retiró, se desplomó sobre su silla e intentó esconder su vergüenza con cierta cara de solemnidad y supuesta valentía. A pesar de que había dado en el clavo, de que había desnudado la naturaleza arbitraria del cuestionamiento indígena, la actitud del civilizador fue reprobada por la mayoría de quienes se encontraban en el aula. El profesor N***, se diría después, había censurado a un indígena por opinar distinto. Ciertamente, el civilizador hizo frente a una especie de tribunal de disciplina, donde los indios participacionistas reivindicaron su derecho a conquistar los territorios de la ciencia sin ningún tipo de fundamente. El civilizador fue levemente advertido.

Poco le importaban las consecuencias que sobre él hubiesen recaído.

Los dragones que, a escupitajos de fuego, cuidan los castillos, jamás se preguntan por la salud de sus gargantas.

Sólo saben que su tarea es repeler a los invasores.

Anuncios
comentarios
  1. tato dice:

    che vieja no te comenta nadie!

  2. nadie dice:

    excelente

  3. tato dice:

    mi orgullo fue tocado

  4. Mariela dice:

    No te comenta nadie por varias razones posibles: una, los indios sociales se van de vacaciones y en esos casos se desconectan de todo, hasta los más militantes aprovechan el verano para irse a la costa. Me han llegado a comentar que vieron a algunos troskos en el recital de Chraly en el Conrad.

    dos, muchas/os indias e indios sociales nos quedamos anodados con el post y estuvimos mascullando respuestas (de hecho hasta nos reunimos a tal propósito para elaborar una contestación lo cual es muy paradójico porque ¿cómo responder a la acusación de exceso de participación, participando?) Y esto me lleva a salir del paréntesis y a, no sólo disentir con la teoría del indio participativo, sino a postular que el indio (e india) es por naturaleza (si eso es posible) apático.

    Ahora, tu post es una verdadera provocación porque al acusar de participativo (o participativa) al indio (o india) social estás, de alguna manera, invitando a que nadie comente tu post por exceso de participación, ya que eso sería darte la razón. La respuesta ante tal provocación sería escribir una réplica más larga que tu post. No sé si lo he logrado, pero a eso iba tanta cháchara.
    Saludos de una india (o indio) participativa (o ivo)
    M

  5. Mariela dice:

    Y otra cosa, no logré hacer un post más largo que tu exposición, pero alguien debería hacerlo (¿No podría hacerlo otro? Homero dixit) porque tal como el cuento de —Walsh Nota al pie— que va invadiendo la escritura hegemónica hasta apoderarse de la página, el blog al igual que la clase teórica, es la voz dominante y el resto, quienes comentamos, somos esas interrupciones molestas y necesarias para demostrar quién tiene el poder. Ya sé me estoy yendo al carajo, pero es que soy una india participativa y la voz del autor del blog es hegemónica con respecto a otras formas de intervención. A qué no?
    M

    • facusoc dice:

      Mariela, india larguera.

      • la-que-no-antropologea dice:

        Con el comienzo del nuevo cuatrimestre puedo agregar un detalle que había olvidado. La primera clase de prácticos (luego de la presentación de la materia) redunda en un híbrido entre su propia escencia y lo que es un teórico: indios que aún no han articulado el discurso pertinente ante los conocimientos propuestos por la materia miran sus hojas ante cada pregunta del profesor para evitar se les solicite cualquier respuesta. Y lo más terrible de esto es que el cuerpo docente en vez de disfrutar y acostumbrado a otra realidad, no logra disfrutar de esta situación.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s