Archivos para noviembre, 2010

Elecciones

Publicado: 24 noviembre, 2010 en Sin categoría

El cacique general de las tribus ranquelinas tendrá cuarenta y cinco años de edad. Pertenece a la categoría de los hombres de talla mediana. Es delgado, pero tiene unos miembros de acero. Nadie bolea, ni piala, ni sujeta un potro del cabestro como él.

L.V.M

Querido diario,

Habitantes de una choza corroída por el paso salvaje del propio indio, los indios Sociales son seres más bien apáticos y sombríos. Aunque realizan periódicas fiestas en la choza, en general las mismas carecen de ánimo festivo y resultan la contención general de grupos particulares. El indio es, ante todo, un ser gestáltico: supone que el todo es más que la suma de las partes.

Renegados de las maravillosas fiestas navideñas (debido a que el indio cree en muchos misticismos pero no, claro, en Papá Noel ni, mucho menos, en Dios) y abyectos a la idea de renovación anual (en el calendario Social, el año finaliza en el último exámen final y comienza el primer día de cursada. Si estos dos sucesos se invirtieran en el orden, es decir, si el indio comenzara a cursar sin haber rendido el final de una materia anterior, el mismo creerá que todavía permanece en el año pasado. El año indio es individual, contrariamente al tiempo como idea rectora de lo universal), los indios crearon su propio festejo anual. Dichos festejos se llaman elecciones y consiste en una competencia entre las diferentes tribus que abogan por la conducción política de los indígenas. Como los juegos romanos en los que los gladiadores demostraban sus habilidades, aquí los indios desarrollan diversas prácticas tendientes a convencer al resto de la indiada que son capaces de manipular una fotocopiadora con cierto éxito. Porque el objetivo final de conquistar la conducción política de lo que los indios denominan “el centro de estudiantes”, es el control del espacio de fotocopias de la choza de Parque Centenario.

Es extraño, pero a pesar de que ese objetivo está más o menos claro entre casi todos los estudiantes, las demostraciones de las tribus sociales al resto de los indígenas, no se vinculan con capacidades de fotocopiar, sino con otro tipo de prácticas. Durante la semana de festejos eleccionarios, los indios Sociales recorren incansablemente todos y cada uno de los cursos, impidiendo el normal desarrollo de las clases, manteniendo un público cautivo que escucha el relato de sus aventuras y pareceres sobre la vida en general. Esto es, quizás, lo más maravilloso de una campaña política en la choza de Parque Centenario: la misma no está ordenada por ejes temáticos. No estoy siquiera hablando de “propuestas concretas”, como le gusta decir al “indígena independiente”, y que algunas tribus toman para su discurso. Las tribus sociales son incapaces de debatir entre sí porque todavía ni siquiera hablan el mismo idioma. Dos tribus sucesivas que pasan por el mismo aula en un período de tiempo de seis minutos, pueden hablar tanto de algún desprendimiento edilicio como de la invasión de alguna tropa imperial a un país del subdesarrollo. Y, lo que es peor: ambos suponen que de esa manera convencerán al indígena social de que son mejores fotocopiadores que los otros.

A pesar de estos extraños sucesos áulicos, lo verdaderamente esencial ocurre en los pasillos de la choza de Sociales, donde la estética de por sí espantosa se vuelve simplemente estrafalaria. Por una reminiscencia de la infancia, el indio Social tiene una relación muy estrecha con el papel, especialmente con el papel de afiche, al cual le atribuye propiedades de convencimiento mayores a las de la palabra. Por eso, durante las fiestas eleccionarias, el indio Social empapela paredes, techos y hasta pisos (pisos, lo he visto con mis propios ojos: ¡afiches en el piso!) con sus llamados a ser votados para empuñar la fotocopiadora como bandera para la victoria. Pero el protagonismo del papel es todavía mayor. Si no alcanza con deslizarse sobre afiches, apoyarse sobre afiches, y correr el riesgo de morir calcinado si ese afiche que cuelga sobre una lamparita se prendiese fuego, las tribus Sociales también reparten papeles de mano en mano, de una manera casi compulsiva y amenazante. Las entradas y salidas (que no existen como tal, es decir, identificadas para una específica función, sino que son ambas y ninguna al mismo tiempo) de Parque Centenario funcionan como atolladeros donde las tribus sociales emboscan a otros indígenas para depositarles más y más papeles.

Desconozco cuál es verdaderamente esa relación casi hipnótica de los indios Sociales con el papel. Intuyo, sin embargo, que debe haber tras esa actitud algún mensaje subliminal que mi distancia objetiva me impide reconocer. Quizás tras ese papel pintado con témpera y pegado en la pared, hay un mensaje que reza algo así como: “si así pinto con témpera, imaginate lo que puedo hacer con una fotocopiador y tonner”. Pero es una de las respuestas que nunca pude extraer de la choza de Sociales.

No he sido, debido a mi necesidad de conocer objetivamente a los indios, un participante activo en estas fiestas. He concurrido y hasta he elegido a alguna de sus tribus para que conduzcan al resto. Alguna vez, incluso, indios cercanos me han pedido consejo respecto de qué podrían hacer para llegar a la victoria en las fiestas eleccionarias.

Alguna vez ideamos, con Quique, una gran campaña política para indios Sociales. Duraba una semana y costaba $1253,50. La campaña consistía en alquilar una fotocopiadora, adosarle unas ruedas para moverla y pasar, aula por aula, en silencio, solamente demostrando gran habilidad, rapidez y eficiencia en el sacado de fotocopias.

Con $1250 nos garantizábamos el alquiler de una semana de la fotocopiadora. Los $3,50 eran el costo del alargue para enchufarla.

Hubiéramos arrasado. Quique quería redoblar la apuesta, e instalar una fotocopiadora en el pasillo para regalar, durante una semana, fotocopias gratis a todo el mundo.

El clientelismo, también, tiene cara de hereje.

Elecciones

 

 

El cacique general de las tribus ranquelinas tendrá cuarenta y cinco años de edad. Pertenece a la categoría de los hombres de talla mediana. Es delgado, pero tiene unos miembros de acero. Nadie bolea, ni piala, ni sujeta un potro del cabestro como él. L.V.M

 

Habitantes de una choza corroída por el paso salvaje del propio indio, los indios Sociales son seres más bien apáticos y sombríos. Aunque realizan periódicas fiestas en la choza, en general las mismas carecen de ánimo festivo y resultan la contención general de grupos particulares. El indio es, ante todo, un ser gestáltico: supone que el todo es más que la suma de las partes.

 

Renegados de las maravillosas fiestas navideñas (debido a que el indio cree en muchos misticismos pero no, claro, en Papá Noel ni, mucho menos, en Dios) y abyectos a la idea de renovación anual (en el calendario Social, el año finaliza en el último exámen final y comienza el primer día de cursada. Si estos dos sucesos se invirtieran en el orden, es decir, si el indio comenzara a cursar sin haber rendido el final de una materia anterior, el mismo creerá que todavía permanece en el año pasado. El año indio es individual, contrariamente al tiempo como idea rectora de lo universal), los indios crearon su propio festejo anual. Dichos festejos se llaman elecciones y consiste en una competencia entre las diferentes tribus que abogan por la conducción política de los indígenas. Como los juegos romanos en los que los gladiadores demostraban sus habilidades, aquí los indios desarrollan diversas prácticas tendientes a convencer al resto de la indiada que son capaces de manipular una fotocopiadora con cierto éxito. Porque el objetivo final de conquistar la conducción política de lo que los indios denominan “el centro de estudiantes”, es el control del espacio de fotocopias de la choza de Parque Centenario.

 

Es extraño, pero a pesar de que ese objetivo está más o menos claro entre casi todos los estudiantes, las demostraciones de las tribus sociales al resto de los indígenas, no se vinculan con capacidades de fotocopiar, sino con otro tipo de prácticas. Durante la semana de festejos eleccionarios, los indios Sociales recorren incansablemente todos y cada uno de los cursos, impidiendo el normal desarrollo de las clases, manteniendo un público cautivo que escucha el relato de sus aventuras y pareceres sobre la vida en general. Esto es, quizás, lo más maravilloso de una campaña política en la choza de Parque Centenario: la misma no está ordenada por ejes temáticos. No estoy siquiera hablando de “propuestas concretas”, como le gusta decir al “indígena independiente”, y que algunas tribus toman para su discurso. Las tribus sociales son incapaces de debatir entre sí porque todavía ni siquiera hablan el mismo idioma. Dos tribus sucesivas que pasan por el mismo aula en un período de tiempo de seis minutos, pueden hablar tanto de algún desprendimiento edilicio como de la invasión de alguna tropa imperial a un país del subdesarrollo. Y, lo que es peor: ambos suponen que de esa manera convencerán al indígena social de que son mejores fotocopiadores que los otros.

 

A pesar de estos extraños sucesos áulicos, lo verdaderamente esencial ocurre en los pasillos de la choza de Sociales, donde la estética de por sí espantosa se vuelve simplemente estrafalaria. Por una reminiscencia de la infancia, el indio Social tiene una relación muy estrecha con el papel, especialmente con el papel de afiche, al cual le atribuye propiedades de convencimiento mayores a las de la palabra. Por eso, durante las fiestas eleccionarias, el indio Social empapela paredes, techos y hasta pisos (pisos, lo he visto con mis propios ojos: ¡afiches en el piso!) con sus llamados a ser votados para empuñar la fotocopiadora como bandera para la victoria. Pero el protagonismo del papel es todavía mayor. Si no alcanza con deslizarse sobre afiches, apoyarse sobre afiches, y correr el riesgo de morir calcinado si ese afiche que cuelga sobre una lamparita se prendiese fuego, las tribus Sociales también reparten papeles de mano en mano, de una manera casi compulsiva y amenazante. Las entradas y salidas (que no existen como tal, es decir, identificadas para una específica función, sino que son ambas y ninguna al mismo tiempo) de Parque Centenario funcionan como atolladeros donde las tribus sociales emboscan a otros indígenas para depositarles más y más papeles.

 

Desconozco cuál es verdaderamente esa relación casi hipnótica de los indios Sociales con el papel. Intuyo, sin embargo, que debe haber tras esa actitud algún mensaje subliminal que mi distancia objetiva me impide reconocer. Quizás tras ese papel pintado con témpera y pegado en la pared, hay un mensaje que reza algo así como: “si así pinto con témpera, imaginate lo que puedo hacer con una fotocopiador y tonner”. Pero es una de las respuestas que nunca pude extraer de la choza de Sociales.

 

No he sido, debido a mi necesidad de conocer objetivamente a los indios, un participante activo en estas fiestas. He concurrido y hasta he elegido a alguna de sus tribus para que conduzcan al resto. Alguna vez, incluso, indios cercanos me han pedido consejo respecto de qué podrían hacer para llegar a la victoria en las fiestas eleccionarias.

 

Alguna vez ideamos, con Quique, una gran campaña política para indios Sociales. Duraba una semana y costaba $1253,50. La campaña consistía en alquilar una fotocopiadora, adosarle unas ruedas para moverla y pasar, aula por aula, en silencio, solamente demostrando gran habilidad, rapidez y eficiencia en el sacado de fotocopias.

 

Con $1250 nos garantizábamos el alquiler de una semana de la fotocopiadora. Los $3,50 eran el costo del alargue para enchufarla.

 

Hubiéramos arrasado. Quique quería redoblar la apuesta, e instalar una fotocopiadora en el pasillo para regalar, durante una semana, fotocopias gratis a todo el mundo.

 

El clientelismo, también, tiene cara de hereje.

 

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Parciales

Publicado: 15 noviembre, 2010 en Sin categoría

¿Qué más podían hacer aquellos bárbaros, sino lo que hacían?, ¿les hemos enseñado algo nosotros, que revele la disposición generosa, humanitaria, cristiana de los gobiernos que rigen los destinos sociales? Nos roban, nos cautivan, nos incendian las poblaciones, es cierto. ¿Pero qué han de hacer, si no tienen hábito de trabajo?

L.V.M


Querido diario,

Cada cierto período determinado de tiempo, los indios Sociales se ven ante la tormentosa tarea de demostrar empíricamente la adquisición de una serie de conocimientos arbitrariamente pactados con el docente (o civilizador). A esta práctica generalmente bimensual, los indios Sociales la denominan “parcial”.

Si es cierto que a medida que transcurre el paso de los indios Sociales por la choza de Parque Centenario, el temor y la incertidumbre ante esta clase de prácticas decrece, también es cierto que durante los primeros años, los indios experimentan una suerte de alienación psíquica y física muy parecida al trance místico (mi hipótesis aquí es que este temor obedece a que los indios descreen de la relación de causalidad entre “estudio” y “éxito académico”, debido a que suponen que fuerzas divinas intervienen, condicionan y eventualmente modifican el proceso que transcurre entre la primera y la segunda variable). Aunque no todos los indios Sociales reaccionen de igual manera ante los parciales, sí es cierto que la mayoría de ellos padece una feroz angustia que puede llevarlos a cometer actos irracionales. Tal vez la consecuencia más significativa de dicha situación, sea aquella relacionada a la experimentación de un reverdecer primaveral de la socialización amistosa con el resto de los indios Sociales.

 

Al momento previo de la llegada del civilizador (ya que en el parcial es en la única fecha en la que el indio Social parece tener un hipócrita y dogmático compromiso con la puntualidad) el indio en situación de parcial siente verdaderamente una mancomunión con el resto de sus camaradas indígenas. Y remarco aquí el “verdaderamente” porque no se trata, como pudiera pensarse, de una pura impostura, sino de un sentimiento que es tan real como la transpiración de aquél que se despierta de un sueño en el que se está cayendo. Así como esa caída es falsa y la transpiración tan verdadera como cualquier otra, así el ánimo de socializar del indio es verdadero. Hay que decir, sin embargo, que dicho florecimiento de nuevas actitudes es, también, una contradicción con lo que hasta ese momento, los indígenas venían sosteniendo como forma de vida. Indígenas que tan sólo ayer se detestaban por alguna que otra actitud, ahora comparten solidariamente algunos conocimientos; indígenas que durante un cuatrimestre entero se levantaron quince minutos antes de algunas clases vespertinas y no alcanzaron a leer el material porque se distrajeron con el Olé, ahora cuentan sus proezas de haberse mantenido despiertos una noche entera, sus caras lagañosas entre los libros, para llegar a tiempo; y, aún peor: indígenas que sin ninguna clase de pudor, levantaron sus manos durante las clases del civilizador, emitieron opiniones a favor y en contra de casi todas las cosas, indígenas que ahora esconden, como las avestruces, sus cabezas en el piso de una humildad que es fingida, para agacharse ante la sapiencia del indio Social callado, modesto, pero que ha cumplido con los requisitos académicos y siente algo de seguridad sobre sus saberes. ¡Ea!, la furia de los dioses Sociales, recaiga contra el indio que opina en las clases y luego derrapa fulminantemente en la práctica de los parciales.

El pacto tácito entre el indio Social y el civilizador, consiste en acordar previamente algunos mecanismos de evaluación, ciertas modalidades y algunos temas específicos, delimitando la incertidumbre hasta lograr que el factor de riesgo de una evaluación sea cercano a cero. Multiplique ahora esta práctica por los miles de siglos que han transcurrido desde la aparición del indio Social, y tendrá una costumbre social tan difícil de modificar, que resulta digno de verse el espectáculo de un mínimo cambio en los parámetros de evaluación. He visto con mis ojos poblados de experiencias atroces, indignaciones de las más terribles ante el paso del mecanismo escrito al oral, cientos de indígenas manifestando al mismo tiempo una disconformidad, comenzando unos pequeños bullicios, como los de miles de indígenas de otras latitudes que golpean sus lanzas contra el piso antes de las batallas. He visto exclamaciones y huelgas in situ de lapiceras caídas ante la aparición de nuevos temas que los indios tenían por obligación leer pero que el civilizador no enfatizó fuertemente (a pesar de figurar, claro, en el programa de estudios) que iba a ser evaluado. El indio Social en situación de parcial se vuelve un ser absurdamente reglamentarista, al punto de cuestionar, ante la adversidad, la propia capacidad del civilizador de ser el sujeto evaluador. He hablado, alguna vez, del indio que exige la revisión de su parcial, quizás tanto o más detestable que aquél que, simplemente, entrega la hoja en blanco confesando no sólo su ineptitud, sino la desidia absoluta que obstaculiza el mínimo esfuerzo por disimular su condición.

No hubo, de todas maneras, situación que me asombre más que aquella en la cual he observado indios realizar pequeñas notas de ayuda en los bancos de sus chozas. Idean, como en la escuela secundaria, complicados mecanismos de transcripción de notas más complejas que los ayuden a saltear el proceso de evaluación de forma exitosa. El indio Social que así actúa, se equivoca. Se equivoca en ocultar del civilizador su actitud corrompida.

Grandes civilizadores son aquellos que no proponen ningún tipo de verificación respecto de la ubicación de los bancos para evitar las artimañas de los indígenas. Castigar un índigena por copiarse es condenarlo al indigenismo por el resto de la eternidad. Los hombres son, he descubierto en mi paso por la choza de Parque Centenario, menos hijos del rigor, y más primogénitos de la soledad ante el mundo. Esa es, quizás, la amenaza esencial que agrupa a los Sociales.

Los civilizadores que no controlan la honestidad de los indios comprendieron que, en el destino de un maduro indio Social que todavía se copia en los parciales, no hay ninguna intervención terrenal que logre devolverlos a la senda de la civilización occidental.

Carnero

Publicado: 1 noviembre, 2010 en Sin categoría

– ¿Y si los indios te conocen?, le observé. -Señor, repuso, yo no los he peleado a traición.

L.V.M



Querido diario,

Recuerdo de mi temprana adolescencia, un constante bombardeo de programas de televisión, psicopedagogas y asistentes sociales que, complotados entre sí, intentaban instalar en nuestras existencias, un diagnóstico respecto a nosotros mismos. Porque ya no se trataba sólo de la complejidad del mundo adolescente con el que uno debía lidiar a golpes de pelos recién crecidos y sensaciones hormonales primigenias: también, ahora, ese comando para-estatal se había propuesto como objetivo de vida, que supiéramos y fuéramos conscientes que vivíamos un momento contradictorio de nuestras vidas. Como si, claro, los que fuesen a venir luego hubiesen sido un baño de claridad y certezas repentinas.

Pero de esa dictadura del psicologismo social, no odié tanto su imposición, como la falsedad sobre las que se asientan sus premisas. La temprana adolescencia es el estadio del ser humano donde, contrario a lo que estos sujetos mal advierten, se tienen más en claro los objetivos. A los quince años, todo está claro: que no se quiere ir a la escuela, que el futuro no existe, que la revolución se hace a los bombazos, y que esa compañera de banco es el amor de su vida.

Y todo este preludio sirve apenas para decir que, con la mayoría de edad, con la renovación del Documento Nacional de Identidad, devienen una serie de responsabilidades, entre las cuales acontece la responsabilidad académica de la formación. Y entonces un grupo de esos adolescentes ingresan a la choza de Parque Centenario, colgados como Tarzán de la liana de una pubertad irresuelta. Y es ahí donde se necesitarían miles y miles de psicopedagogas que ayuden a resolver las contradicciones de un proceso arduo que implica el abandono del sentimiento de grupo que los emparenta con los demás estudiantes. La vida académica es cruelmente individual, y la conformación de tribus Sociales no es más que un intento vano por perpetuar el pelotudeo juvenil.

Sin embargo, no hubo situación que me haya conmovido tanto, como aquella vez en que advertí in situ el pasaje de la adolescencia a la madurez. El indio Social es, de acuerdo a su conveniencia, un ser estrictamente reglamentarista o un anarquista. La cotidiana suspensión de clases, por ejemplo, lo pone en esa disyuntiva. El indio, por ejemplo, adhiere al espíritu de su reglamento cuando cuestiona que una evalución no puede suceder si no se han cumplido una serie de clases previas que le expliquen el contenido de la currícula a ser evaluada (toda vez que el indio Social es un ser más bien oral, incapaz de leer y comprender por sí mismo el material escrito).

Una de esas tantas situaciones me tocó vivir mientras cursaba P***. Las dos clases previas a la evaluación, que era domiciliaria, habían sido suspendidas por motivos que no vienen al caso. La clase siguiente figuraba, en el cronograma de cursada, la entrega de esa evaluación. Se había demorado la llegada del civilizador (o docente), y corría en el aula un murmullo de incertidumbre. El indio Social que duda es, generalmente, un sujeto harto comunicativo, extremadamente sociable y carente de timidez. He visto indios Sociales hacerse de una amistad fraterna para correr a un cyber-café cercano y anotarse como miembro de monografías desconocidas. La llegada del civilizador terminó con las especulaciones: “los que tienen el trabajo, me lo dejan arriba del banco”.

No era, sin embargo, una afirmación asertiva, allí donde dejaba la puerta entreabierta, con la utilización de “los que tienen…”. Si existía la posibilidad manifiesta de que existiesen los que no la tuvieran, entonces, sólo entonces, se podría legal y legítimamente aducir alguna excusa que el civilizador estaba ocultando. Entonces la disyuntiva se volvió atroz, especialmente para quienes sí tenían la evaluación en mano. Porque, cuando adolescente, el espíritu de grupo prevalece siempre sobre el del individuo. Porque, en la escuela, siempre es más importante formar amistades que conocimiento académico. Pero ahora, la situación es diferente. Entregar la monografía es convalidar el carácter verídico del cronograma. El dilema del prisionero se encarna dentro de un aula.

Y mientras muchos dudaban, mientras algunos cobardes escondían sus trabajos enfoliados bajo un cuaderno, mientras otros susurraban indignaciones, uno de ellos, un indio Social de pulóver de llamas y morral bajo las axilas, esgrimió su monografía como quien desenfunda el sable, y la colocó, valiente, sobre la mesa del civilizador.

Entonces los indios Sociales que todavía navegaban los mares de la adolescencia, descubrieron la endeblez de sus embarcaciones, y lo odiaron. Cruzó miradas altaneras en el regreso a su banco, y para evitar provocaciones, decidió bajar la vista. Atravesar el puente de la adolescencia es de un heroismo posmoderno que hace desear la existencia de un Homero que nos relate esa tragedia.

Lo miré, asentí con la cabeza, y tomé mi monografía para subirla al cadalso.

No iba a consentir que se cometa el delito de matar así a un valiente.